Edificando Filadelfia
  El estadio del Reino
 

EL ESTADIO DEL REINO

Por Arcadio Sierra Díaz


Desde la diáspora

En el mes de octubre del 2006, el hermano Gino Iafrancesco nos enseñaba sobre un tema muy importante acerca de los estadios de la restauración de la Iglesia; y hora podemos recordar esos estadios así por encimita. Se toma para ello la figura del cautiverio del pueblo de Israel, y concretamente del reino de Judá, y su regreso a la tierra santa. El primero es el estadio de la diáspora. Se refiere a cuando todavía el pueblo estaba lejos, en tierras de Babilonia y Persia; países extranjeros, pero surgió de parte del Señor un despertar espiritual entre muchos de los hebreos, y había quienes oraban por el propósito de regresar a su tierra de origen, como en el caso del profeta Daniel (cfr. Dn. 9). Vemos, pues, que aún estaban en un estadio lejano para la restauración del templo de Dios en Jerusalén, la ciudad misma y la nación en general; de manera que a ese estadio se le llama diáspora. En lo que se refiere a la Iglesia, se refiere a los creyentes cristianos que todavía están en una posición denominacional, lejos de lo que es realmente la restauración de la unidad del cuerpo de Cristo. Pero cuando ya el Señor dispuso las cosas, empezó a regresar un remanente al mando de Zorobabel, Josué y demás hermanos, y es cuando el Señor habla en Su Palabra de un tizón encendido que había sido arrebatado del fuego del juicio de Dios; se refería a Josué, el sumo sacerdote. “¿No es este un tizón arrebatado del incendio?” (Zac. 3:2). Tenemos así el segundo estadio, el estadio del tizón encendido.

Con ese tizón encendido ya hay una base para la construcción del altar. Se refiere al arca, que es la figura de Cristo. Si no está Cristo, la construcción de la casa de Dios no tiene ningún valor, pues Cristo es la piedra angular de esa casa. Sin Cristo, toda supuesta casa de Dios es mera religión. De manera que, ya con el altar, el arca, si está Cristo en el Lugar Santísimo, entonces es cuando viene el estadio de la construcción de la casa de Dios, de Su templo. En consecuencia viene el establecimiento de la iglesia en la localidad, el candelero. Después viene el trabajo del testimonio en la ciudad. Pero para que se pueda hacer el trabajo en la ciudad, la iglesia debe vivir una madurez espiritual, que realmente es el estadio del reino; porque lo que hay que presentar al mundo, que tiene que testificar la iglesia, el testimonio que tiene que dar la iglesia en la localidad, como representativa de la Iglesia universal del Señor, el cuerpo de Cristo, es el Reino. Dios es el que reina, y la iglesia, como punta de lanza, tiene la encomienda de realizar ese trabajo.

Pero, hermanos, quisiera que meditáramos un poquito acerca de cuáles son las condiciones para que podamos vivir ese estadio del Reino en el candelero de nuestra localidad. Le rogamos al Señor que por Su Espíritu nos dé esas palabras apropiadas para que lo podamos expresar lo más comprensible que sea posible, por causa de los hermanos que apenas están comenzando, y también porque esta noche tenemos el agrado de contar con la presencia de algunas personas que nos visitan, a fin de que no regresen a sus hogares vacías, sino que lleven algo de alimento de la Palabra de Dios.


El ejemplo de los corintios

Entrando en materia, vemos que una iglesia local bíblica puede tener la experiencia de haber vivido todos esos estadios de restauración y edificación; incluso puede haberse enriquecido con mucha doctrina, y haber recibido dones espirituales, todos si es posible, pero puede estar en una situación espiritual donde todavía no alcance a vivir el estadio del reino. En la Palabra de Dios tenemos típicamente un ejemplo donde se contempla este caso. Es la iglesia en la localidad de Corinto, en Grecia. Porque para vivir el reino, para obedecer los principios que rigen el reino de los cielos como están registrados en el sermón del monte, para uno poder dar un testimonio de lo que es el Reino de Dios, el Señor debe reinar primeramente en nosotros. Si Dios no reina primeramente en nosotros, mal podemos dar un testimonio cierto del Reino de Dios, de Su autoridad y poder. Podrían ser meras palabras, como las que se suelen usar en tantos medios religiosos.

Tenemos, pues, el caso de los corintios. Para ello tomamos como base la primera carta de Pablo a los Corintios; allí vemos que ellos eran poseedores de todo el conocimiento necesario para vivir mejor su fe. Según los cálculos que se hacen, tomando los datos del libro de los Hechos y cartas del apóstol Pablo, sumando sus estadías en Corinto, este apóstol permaneció alrededor de dos años con los hermanos de esta ciudad griega. Eso nos indica que los hermanos corintios recibieron mucho conocimiento; y fíjense en lo que dice el versículo 4: “4Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús; 5porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él (en Cristo), en toda palabra y en toda ciencia (en todo conocimiento)”. El apóstol había llegado allá guardando cierta prudencia, como midiendo un poco sus pasos, como él mismo lo dice en el versículo 3 del capítulo 2: “3Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; 4y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, 5para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”. Es posible que esto se deba a que el ambiente moral de los habitantes de Corinto era supremamente corrupto; el trabajo de evangelización allí fue arduo. Es más, reinaba tanto la inmoralidad en las costumbres de esa ciudad en ese tiempo, que se llegó a acuñar un verbo para señalar aquella relajación, el verbo “corintianizar”, es decir darse a las costumbres inmorales de los corintios. Esto significa que los hermanos corintios tenían una batalla frente a sí.

Entonces, Pablo fue con esa expectativa; pero, sin embargo, el Señor lo llevó a enseñarles a estos hermanos, y fue tal el empeño del apóstol, que dice que ellos fueron enriquecidos en toda palabra y en toda ciencia, y se refiere al conocimiento de Dios. Pero de acuerdo al contexto de esta carta, parece que la Palabra se les quedó casi toda en el intelecto, y no profundizó en ellos. Entonces dice: “6Así como el testimonio acerca de Cristo ha sido confirmado en vosotros, 7de tal manera que nada os falta en ningún don, esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo”. Cuando el apóstol, en el capítulo 12 de esta misma carta, hace una relación de los dones del Espíritu, todos esos dones eran ejercidos por la iglesia de los corintios. Pero, como se ha dicho, y se les dice a las personas que están comenzando, que están dando sus primeros pasos con el Señor y que escuchan por primera vez estas cosas, que una persona puede haber recibido muchos dones del Espíritu Santo, y no por ello ser espiritual. Un creyente puede hablar en lenguas, un creyente puede inclusive llegar a orar por un enfermo de cáncer, y esa persona enferma puede llegar a recibir sanidad, y aquel que ora puede ser todavía un niño en la fe.


Las divisiones son de la carne

¿Por qué? La respuesta nos la dan los mismos santos de Corinto. Miren lo que dice el apóstol a partir del versículo 10, y lo dice en el Espíritu: Ya que ustedes tienen todo lo que tienen, todo lo que el Señor por Su gracia les ha concedido, “10Os ruego, pues, hermanos (es un ruego del apóstol ante esa amarga situación), por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa (o sea, los hermanos no eran unánimes; ellos no tenían el mismo parecer al hablar muchas cosas tocantes a la iglesia y al Señor), y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. 11Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. 12Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. 13¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?”

Una división religiosa es lo que en teología llaman cisma. Los cismáticos, que le llaman, son lo que dividen el cuerpo de Cristo. Eso es grave. Pablo le dice a Tito: “Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo” (Ti. 3:10). Y pensar que los hermanos que militan en denominaciones cristianas no creen que están dividiendo el cuerpo de Cristo, que son sectas. Entonces un cisma es un desgarramiento del cuerpo del Señor en sectas o partes que incluso llegan a oponerse, a rivalizar y hasta a luchar entre sí. Cuando hay desgarramiento del cuerpo en sectas, en divisiones, es porque no hay consenso de las cosas. Todos tienen la misma Palabra, pero unos dicen una cosa y otros dicen otra, de manera que se apartan, y aveces se separan con odios. Los odios religiosos son odios de tanta raigambre y profundidad, hermanos, que han sido motivo y causa de mucho derramamiento de sangre a través de la historia. Son odios engendrados incluso por personas que dicen seguir y representar al Señor.

Entonces, ¿qué motivaba aquel ruego del apóstol? Porque dice aquí Pablo que él había sido informado de algo grave que estaba ocurriendo entre los santos corintios. “11Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos...” Cuando Pablo escribió esta carta, lo hizo desde Éfeso. Recuerden que él permaneció más o menos unos tres años en Éfeso cuando él estuvo allí al frente de la escuela de la obra instalada en una antigua escuela filosófica que había tenido un hermano llamado Tiranno; allí estuvo Pablo enseñando a líderes de diferentes localidades de Asia Menor; y desde allí, más o menos en el año 55 d.C, escribe esta carta a los corintios, porque lo que estaba ocurriendo en tre los hermanos de la iglesia de los corintios era grave.


Revelación y consagración

Hermanos, qué dicha que el Señor nos dé a nosotros los medios para recibir profundo conocimiento de Él, de Su obra, de Su propósito, de Su economía. Pero tengamos en cuenta que al conocimiento, para que pueda ser útil a nuestra vida espiritual, le falta algo más, le hace falta revelación. Cuando hay revelación de Dios, el conocimiento profundiza en nosotros; pero la revelación no la puede haber si no hay cruz. No puede haber revelación en tu vida si tú no te consagras al Señor en el altar de bronce, a fin de que seas pasado por la cruz. Tu alma, mi alma necesitan ser remitidas a la muerte, al sacrificio; y solamente por la cruz eso puede efectuarse; y eso depende de tu propia decisión, pues tomar la cruz es voluntario. Somos salvos debido a que Cristo voluntariamente fue a la cruz. Para que nosotros tomemos nuestra propia cruz, Él no nos lleva de los cabellos ni de las orejas; Él no nos obliga. Él nos dice que vayamos a la cruz, que tomemos nuestra propia cruz, que lleguemos a negar nuestro yo, y nuestra alma sea llevada a la muerte, si es que queremos seguir en pos del Señor.

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mt. 16:24). Recuerden que Él se enfrentó con Pedro, el mismo hombre que había recibido del Padre la revelación de la identidad de Cristo. El Señor le había preguntado a Sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Y según aparece registrado en la Palabra, el único que le contestó fue Pedro, diciéndole: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Entonces el Señor le aclaró a Pedro de dónde le provenía esa revelación. Pedro, eso no te lo ha revelado una persona humana; no te reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Pero Pedro todavía no había sido conducido al altar de bronce. Pedro todavía era un creyente que ponía la mira primeramente en los intereses de su alma; su interés primaba en las cosas por las que se preocupan todos los hombres del mundo. Y cuando uno, como creyente, aún vive así, aun cuando tenga la revelación de quién es Cristo y sea salvo, es presa fácil de la conducción satánica.

Por eso, el mismo Cristo, al enfrentársele a Pedro cuando este discípulo le reconvino para que el Señor no se sometiera a la cruz, el Señor no le llama Pedro, sino que le habla a Satanás: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mt. 16:23). Seguidamente se dirige a todos sus discípulos, no sólo a Pedro, pues el asunto es serio y concierne a todos. Si alguno quiere venir en pos de mí, no ponga su mira, su atención, en los intereses del alma; pónganlas en las cosas de Dios. Eso es lo que quiere decir en ese contexto. Tienen que negarse a sí mismos y tomar su cruz cada día. Nosotros debemos tomar nuestra propia cruz cada día. El Señor la tomó una sola vez, y una sola vez fue crucificado, pero nosotros tenemos que tomarla diariamente. ¿Por qué? Porque el trabajo de crucifixión del alma es continuo. ¿Hoy me decido a tomar mi cruz, y ya soy crucificado, y ya muere mi alma? No. El alma está ahí en espera de más tratamiento, y voluntariamente hay que ir al altar de bronce y ser sometido a la cruz.

Por ello los hermanos de Corinto no veían que eran de Cristo, que crecían en Cristo, que la Iglesia es de Cristo, sino que sólo veían el liderazgo de unos apóstoles que habían estado allí visitándoles. Claro, el primero de ellos había sido Pablo, quien había fundado allí la iglesia local, y les había dedicado mucho tiempo; pero, de acuerdo al contexto, también habían recibido la visita del apóstol Pedro, como también la de Apolos. Seguramente los habían visitado otros apóstoles de menor perfil. Con todo eso, los corintios, en su inmadurez espiritual cada uno se cuidaba de lo suyo propio, y a diario surgían las desavenencias entre ellos; y todo eso se fue agravando hasta que llegó a una situación en que empezaron a tomar partido por esos líderes, y a decir: Bueno, en últimas, yo soy de Pablo. Ah, pues, entonces yo también tengo mi líder, yo soy de Pedro, Y otro grupo decía: Yo soy de Apolos; y otros, que pensaban que no hacían divisiones, decían: Yo soy de Cristo. Entonces, ¿en qué paró todo eso? ¿Qué hizo el Señor ante esa situación de amago de división del candelero de Corinto? Entonces el apóstol Pablo se dirigió a ellos por medio de esta carta a fin de reprenderles en el nombre del Señor.


Dos tipos de creyentes

Parece que esta epístola, la llamada primera a los Corintios, es en realidad la segunda que él les escribiera a los corintios. Conforme 5:9, él ya les había escrito una anterior; no obstante, allí persistía un problema. Y parece que no había cómo abordarlos, pues cuando Pablo quiso hablarles a los corintios, no pudo. Lo constatamos en el capítulo 3, cuando Pablo les declara: “1De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo”. Está registrado, pues, que en la Iglesia hay hermanos espirituales, y hay hermanos no espirituales, los cuales son guiados, no por el Espíritu, sino por la carne; entonces son carnales: son los que en griego son llamados sarkikos, no sometidos a Cristo plenamente, y viven principalmente dominados por su naturaleza carnal. En cambio los espirituales (gr. pneumatikós) son aquellos cuya vida está rendida a Dios, como también su voluntad sujeta a la del Señor; éstos son guiados por el Espíritu de Dios, el cual mora en el espíritu del creyente. Luego les sigue diciendo Pablo: “2Os di a beber leche, y no vianda”. Ustedes saben que a los bebés hay que alimentarlos con leche; sobre todo con leche materna, pues en ese período de la vida, a los bebés no se les puede alimentar con comida para adultos. La comida para adultos son las profundidades de la Palabra de Dios.

Al respeto miremos las revelaciones de Dios en Hebreos 5:12: “Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo...” ¿Ustedes no creen que siendo que la Palabra de Dios declara que poseyendo los corintios tanto conocimientos y dones espirituales, no era hora que ya fuesen maestros? Pero eso no podría suceder hasta que ellos se despojasen de todo lo que tenían que ser despojados. “12Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos (la leche simboliza esos rudimentos) de los oráculos de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. 13Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño”. La palabra de justicia es ya la palabra del reino; es el alimento sólido, en la cual hay más profundidad sobre los propósitos de Dios. Luego continúa así: “14pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal”. Aquí habla de los sentidos ejercitados.

Alguien me decía en estos días que Dios nos había hecho así como somos, y que así seguiremos siendo siempre. Por ejemplo, que si venimos a Cristo con un carácter revestido de mal genio, así continuaremos siendo durante toda la existencia; o si somos extremadamente melancólicos, patéticos, irascibles, sin dominio propio, vengativos, etc., así quedaremos. Pero no, la Palabra no dice eso. Sí seguimos, hermanos, con nuestro intelecto, con nuestra voluntad, con nuestros sentimientos, pero son facultades del alma que deben ser transformadas por el Señor. Ahí dice: “sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal”. Dios quiere, hermanos, que también nosotros le adoremos y le sirvamos con el alma. Dios quiere que la adoración sea integral; pero Dios quiere que esa adoración y ese servicio se ofrezca con la participación de un alma renovada, con un alma que haya sido salvada, pues Dios no quiere que la salvación sea solamente para el espíritu, sino que la salvación llegue totalmente al alma. La adoración y el servicio deben ser también racional.

Uno también debe usar sus sentimientos, pero deben ser sentimientos renovados. Hay amores en el alma, pero los amores naturales del alma, los amores que traemos en nuestra herencia adámica, no le sirven a Dios. Esos amores se desbordan hacia lo que no es de Dios, e inclinan a la persona hacia preferencias que ponen a Dios en un plano inferior. Por eso es que el Señor reitera en Su Palabra, pues es muy importante para nosotros, diciendo que quien no aborrece a su padre, a su madre, a su cónyuge, a sus hijos y demás seres queridos, no es digno del Señor. Ese aborrecimiento se refiere a que nosotros no debemos seguirlos amando con el amor del alma, sino con el amor del Señor en nosotros. Debemos amar a nuestros parientes, pero con el amor del Señor. El amor del Señor no prefiere a nadie por encima del Señor mismo. Por eso dice la Palabra que debemos tener los sentidos ejercitados.

Volviendo a 1 Corintios 3, dice: “2Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, 3porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?” En el mundo religioso cristiano, refiriéndose a ciertas corrientes al parecer pseudocristianas, dicen: Tales y tales movimientos son sectas. Pero, ¿por qué piensan que son una secta? ¿Acaso solamente porque no enseñan la “sana doctrina”? Pero de acuerdo a la Palabra de Dios, el sectarismo proviene de lo que divide el cuerpo de Cristo. La secta divide el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, así se crea que estén enseñando la “sana doctrina”. Esas son las sectas.

Nosotros somos poseedores de la Palabra de Dios. Pero con la Palabra sólo en la mente no podemos conocer el reino de Dios. No lo podemos distinguir. La Palabra debe profundizar en nosotros por el Espíritu. Veamos las declaraciones de Dios en Hebreos 4:12. El autor viene hablando del reposo de los hijos de Dios, y toma el ejemplo del pueblo de Israel bajo el liderazgo de Josué, cuando los introdujo en la tierra prometida. Pero Josué no les pudo dar el reposo; había mucha tarea que ejecutar conquistando las localidades, antes de que ellos alcanzaran a vivir en reposo en la tierra que mana leche y miel. Por ejemplo en Hebreos 4:8-10 dice: “8Porque si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día. 9Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios. 10Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas”. La tierra prometida es tipo de Cristo. ¿Quién puede reposar en Cristo? Nadie puede reposar en Cristo mientras el alma no haya sido sometida, procesada en la cruz. Mientras eso no haya sucedido, uno no reposa en Cristo. Uno sigue intentando reposar en sus propios pensamientos, íntimas ilusiones, planes, y lo sigue haciendo porque sigue creyendo que lo está haciendo bien, y eso se debe a que no ha aprendido a reposar en Cristo.

Dice Hebreos: “10Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas”. Uno no puede esperar en el Señor mientras su alma no haya sufrido ese proceso de muerte en la cruz; mientras tanto no puede reposar en el Señor y esperar en Él. “11Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia. 12Porque la palabra de Dios (los corintios tenían un amplio conocimiento de la Palabra de Dios) es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”.

En el Antiguo Testamento los sacerdotes, cuando sacrificaban los animales en el altar de bronce, usaban unos cuchillos muy cortantes, y a los animales para el sacrificio los seccionaban y lo dividían con mucho cuidado, detalle y profundidad penetrando en las carnes para conocerle por dentro en tal magnitud que llegaban hasta dividir las coyunturas y los tuétanos. Y el animal se inspeccionaba por dentro con toda claridad, en sus entrañas y demás. ¿Cuál es el efecto de la Palabra de Dios en nosotros? La Palabra de Dios descubre nuestra vida íntima; y el Espíritu de Dios quiere por la Palabra mostrarnos exactamente cómo somos, cómo estamos, cómo ve Él nuestro ser. Porque nosotros por nosotros mismos no nos conocemos rigurosamente, y a menudo nos valoramos mal: nosotros solemos juzgarnos mal. Entonces la Palabra de Dios es el cuchillo que va seccionando y mostrando cada aspecto de nuestra alma, de nuestro carácter. Dice: 12Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu”. En el espíritu del creyente ya reside el Espíritu de Dios; pero en el alma reside nuestro yo; el alma es la sede de nuestra personalidad; allí permanece toda la herencia humana ancestral; allí están arraigadas las costumbres; allí están los gustos, los amores, los odios, las inclinaciones, las aberraciones; todo lo que somos está ahí latente. Es necesario que todo sea descubierto en los hijos de Dios. ¿Para qué? Para ser llevado voluntariamente a la cruz. Por naturaleza, nosotros le tenemos pavor a la cruz; no queremos sufrir ni ser descubiertos. Incluso hay personas que les produce temor pedirle al Señor que les dé paciencia; pues piensan que el método que usa el Señor para equiparnos de paciencia es por medio de pruebas; entonces, para evitar problemas y sufrimientos, pues mejor no pedirle paciencia a Dios.


Consagración en sacrificio vivo

Entonces, si nosotros no vamos a la cruz, ¿cómo vamos a andar en pos de Cristo, si con Cristo no podemos andar sin que sea crucificado nuestro yo? Nuestro yo reside en el alma, y ésta debe ser seccionada, todo lo nuestro debe ser perfectamente dividido, para poder ver bien claro lo que es del alma y lo que es del espíritu. Nosotros podemos ser muy buenas personas; y a veces creemos que somos buenas personas, pero sólo Dios sabe que somos buenas personas o no; y la Palabra tiene que llegar hasta allá, por el Espíritu, a fin de descubrirlo todo. Por eso es que la Palabra no debe quedar solamente en el entendimiento. Cuando Pablo dice en Romanos 12 que presentemos nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, eso nos indica que tiene que ser sacrificado nuestro ser delante de Dios. Si no nos ofrecemos en sacrificio vivo y nos consagramos al Señor como Sus sacerdotes, difícilmente lograremos entender qué es el Reino de Dios. Y si no lo entendemos, no podemos vivirlo, y si no lo vivimos, no lo podemos transmitir. Y para entrar en el futuro reino milenial de Cristo con los vencedores, es necesario que lo vivamos ahora; y tenemos que difundirlo ahora. La Palabra de Dios habla de los hijos del reino. En la parábola de la cizaña, el Señor explica, diciendo: “El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo” (Mt. 13:38). Pero no todos en la Iglesia tienen ese conocimiento y mucho menos esa vivencia del reino de los cielos en este momento. Observen no más la parábola de las diez vírgenes.


Revelación de los misterios

12Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. Pero eso sólo lo hace la Palabra de Dios cuando penetra hasta lo profundo de nuestro ser. Como lo enseñaba el hermano Gino Iafrancesco en su serie sobre el reino de Dios en las parábolas, vemos entre las más significativas, que son las parábolas del capítulo 13 del evangelio de Mateo, allí, en la primera parábola, la del sembrador, encontramos tres aspectos: el sembrador, la semilla y la tierra. Algo sencillo, del campo, del trabajo de la gente humilde. “1Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar. 2Y se le juntó mucha gente; y entrando él en la barca, se sentó, y toda la gente estaba en la playa. 3Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí, el sembrador salió a sembrar”. Y el Señor les relata la parábola del sembrador a las gentes. Pero ¿cuál es el motivo de las parábolas? ¿Por qué el Señor habla a veces en parábolas? ¿A quiénes van dirigidas estas parábolas? Miremos la reacción de los discípulos del Señor ya en privado con Él: “10Entonces, acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas?” La Palabra de Dios dice que el Señor les respondió a ellos, a sus discípulos privadamente; tal vez ya habían llegado a la casa, y a ellos, a los hijos del reino sí les podía hablar las cosas claras. “11El respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado”. Es como si les hubiera dicho: Ellos tuvieron su oportunidad y no la aprovecharon; ahora a ellos no les es dado saber los misterios del reino.

¿Por qué habla de misterios? Sencillamente porque si aquí no hubiese esta explicación del Señor, no entenderímos esta parábola. Tiene que haber una revelación de Dios por el Espíritu para que la Palabra penetre en nosotros. ¿Cómo? ¿Acaso nosotros no somos ya hijos de Dios? ¿Acaso nosotros no hemos venido año tras año aprendiendo la Palabra de Dios? ¿Acaso nosotros no buscamos del Señor orando, reuniéndonos, hablando en lenguas? Pero aveces también debemos orar y suspirar y decirle al Señor: Señor, ya no queremos seguir siendo unos creyentes mediocres; dame tu mano y tu revelación. Hoy aprendí algo sobre la cruz, pero ¿cómo es eso, Señor? Lo dice en tu Palabra, pero no lo entiendo mucho. Yo te clamo a ti, Señor; quiero vivir la cruz, quiero tomar mi cruz cada día; quiero dar un paso más adelante en mi vida contigo, y poder conocer tus secretos, tus misterios, y saber cómo es tu reino en este momento en la Iglesia y sobre la tierra.

El Señor ya reina. Cristo es el Rey. Pero yo no comprendo cómo se manifiesta el reino del Señor en la Iglesia, a menos que Él me lo revele. Porque se puede vivir un cristianismo sin Cristo y sin Su reinado. Hay partes de la Biblia que dicen que el Señor está por fuera de la iglesia degradada, y que la puerta está cerrada para Él; pero el Señor insiste, y Él está llamando. Esto es serio. “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Ap. 3:20), juntos. “Si alguno quiere venir en pos de mí”. Son textos sagrados en los que el Señor está buscando gente que ande en pos de Él, que quiera trabajar con Él, que conozca, viva, lleve y difunda el evangelio del Reino de los cielos. Pero no se puede recibir el evangelio del reino si no hay revelación. Puede haber mucho conocimiento de la doctrina; uno puede ostentar incluso un doctorado de divinidades, pero sea con poco o con mucho conocimiento intelectual, debe recibir revelación del cielo.

Por eso la Palabra habla de los misterios. Qué fácil es leer que llega un sembrador, toma la semilla y va a la tierra y la siembra, y mientras la siembra, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron; parte cayó en pedregales, pero las planticas se quemaron por falta de profundidad en la raíz; parte cayó entre espinos y la ahogaron; pero parte cayó en buena tierra, y dio su fruto. Todo eso se ve muy fácil, claro. Señor, ¿Por qué les hablaste en parábolas? Tampoco nosotros, tus discípulos, entendemos. Dinos, pues, el significado de todo eso. ¡Ah! ¿ustedes quieren saberlo? ¿Quieren revelación? Bueno, a ustedes les es dado conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no les es dado. ¿Por qué no les dado? “12Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. 13Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden. 14De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dijo: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis. 15Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane”. A cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun la poca luz que tenga, le será quitada. En ese momento se refiere a los judíos que se han opuesto al Rey de los cielos y lo rechazan. Pero el que tiene y se le da más es aquel que recibe y sigue al Señor; a ese seguidor se le dará en abundancia la revelación que se refiere al reino. Alguien puede decir: Bueno, ¿yo para qué quiero más? Yo me quiero quedar así. ¡Cuidado! Puedes perder la poca revelación que tengas. Debes avanzar, hermano. Con el Señor hay que avanzar. Nosotros tenemos una responsabilidad; y cada día el Señor nos lo va descubriendo con mayor claridad. Nosotros tenemos una gran responsabilidad. "13Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden”.


Los afanes de la vida diaria

Tenemos el asunto de la vida nuestra mientras estamos en esta tierra. Nuestra cotidianidad, que dicen. ¿Cómo la estamos viviendo? Tomemos, por ejemplo, las declaraciones del Señor en el capítulo 6 del evangelio de Mateo. Allí en el versículo 25 habla el Señor de nuestras preocupaciones y prioridades; de esas preocupaciones diarias. Porque en verdad hay que comer todos los días, y pagar las facturas de los servicios, y las mensualidades escolares y muchas otras cosas; entonces hay que trabajar, hay que moverse en muchos afanes; hay que asistir al colegio, a la universidad; de pronto hay que ir a meter hojas de vida para procurar un empleo, etc.; eso es una lucha diaria. Pero, ¿qué dice el Señor sobre todo eso? ¿Cuánta de nuestra atención e interés le dedicamos a todas esas cosas, en esos afanes? ¿Cuál es el grado de tu fuerza anímica? Si conocemos lo del reino, si tenemos revelación de Dios, todo lo eso lo vamos a ver en otra dimensión.

Sí, nosotros tenemos que trabajar; el que no trabaja, que no coma, dice la Palabra de Dios. Pero para nosotros ¿cuál es la importancia de buscar las cosas para nuestra subsistencia y confort, y que la vida, el mismo ser nuestro nos reclama, y nos atrae, y nos conmina el mismo mundo en el que vivimos, maltrecho y vagabundo? Esto es serio. La iglesia santa está aquí; y todos los días tenemos que vernos con el mundo y sus espectáculos, sus engaños y apariencias, sus injusticias. Todos los días sentimos los coletazos del violento, del político corrupto. ¿Cuál es, pues, nuestro interés y vinculación en todo esto?

Entonces, en Mateo 6 leemos desde el verso 24: “24Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas”. Cuando uno realmente no tiene la suficiente revelación, y no ha pasado por un proceso en el altar de bronce, no tiene capacidad espiritual para hacer una clara diferenciación entre un señor o el otro. ¿Entendido? Analicemos cómo dice: “Ninguno puede servir a dos señores (dos amos)”. A veces nosotros, si seguimos en la condición de los corintios, no podemos discernir bien si servir al uno o al otro. Ah, pues, yo le puedo servir al uno y al otro simultáneamente. Pero el Señor dice que no se puede, que le sirvamos sólo a uno de los señores, a Dios o a las riquezas, pues es imposible servir a los dos al mismo tiempo. Y eso hay que discernirlo por la Palabra y por el Espíritu. Dice: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro”. El hermano que ama lo que tiene y lo que es, no solamente no estima al Señor, sino que lo menosprecia; y cuando uno realmente conoce a Cristo y lo sigue, y le sirve como es, con consagración, aborrece lo que no es de Cristo. Hay cosas en la vida que hay que tener, sí; pero no debemos darle la categoría de señor, sino darle de lo que meramente es, un medio; porque la verdadera comida, y la verdadera bebida es el Señor Jesucristo (cfr. Juan 6:55). El verdadero vestido es el Señor (cfr. Ef. 4:24). Él es el que hace llover el maná. Quiera el Señor que lo podamos comprender. Dice: “No podéis servir a Dios y a las riquezas”. Más bien se debe servir a Dios o a las riquezas. ¿Verdad? A uno de los dos. O se es frío o caliente.

¿Qué dice? Son palabras del Señor. “25Por tanto (habiendo escuchado lo anterior) os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?” Esta declaración no contradice los textos sagrados que dicen que debemos ser responsables. Aquí lo que está diciendo es: ¿Dónde está tu corazón? ¿Cuál es tu verdadero interés? Si nuestro interés es el Señor, Él cumple Su parte. Él cumple todo en lo que se compromete. Porque fíjense, ya al final del contexto, dice: “31No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? 32Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. 33Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Hay que buscar primeramente el reino de Dios. Lo demás hay que buscarlo; pero hay que buscar primeramente el reino de los cielos. Ese es el meollo, ese es el punto, buscar primeramente el reino. Estamos aquí, somos hijos de Dios, nuestra patria está en el cielo, dice la Palabra; estamos con el Señor. Entonces,  ¿cuál es realmente nuestra economía? ¿cuál es la administración de los bienes que hemos recibido del Señor? ¿Cuál es nuestro interés? ¿Cuál es nuestro negocio? Pronto estaremos con el Señor. Queramos o no, estaremos pronto con el Señor. Es un evento que no tiene vuelta de hoja.


El Reino de Dios primero

Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Si tú le eres fiel al Señor, todas esas cosas te serán añadidas. Que yo no entiendo ahora cómo es buscar el reino de Dios; pues plantéaselo al Señor. Él sí te lo dice. Nosotros no vamos a hacer un esfuerzo almático, y vamos a decirle al Señor: Señor, aquí estoy yo listo; tomo mi cruz, y me niego a mí mismo. Yo no le puedo decir eso al Señor, pues yo no puedo tomar mi cruz solo, ni me puedo negar a mí mismo por mi sola cuenta; esa es una obra del Señor en mí. Yo me consagro a Él; pero para ello debo estar dispuesto, y estar atento y en vela, porque el Señor va a manejar mi vida a fin de llevarme a esa posición. El Señor me va a llevar al altar de bronce. Yo voluntariamente voy al altar pero con Cristo. Pero yo debo decirle: Señor, dame valor para enfrentar las cosas que se van a presentar. El Señor fue a la cruz, pero antes de que penetraran los clavos en su carne, ¿qué había sucedido con el Señor? ¿Cuántos enfrentamientos tuvo que sufrir el Señor? Hasta uno de sus doce lo traicionó y lo vendió, y fue llevado a la ignominia, a los azotes, a la corona de espinas, al escarnio; y lo trasladaban de un funcionario del gobierno a otro, en medio de burlas. ¿Tenemos miedo? ¿Hay temor en nosotros por lo que nos pueda suceder? Que el Señor nos ayude, hermanos. El Señor está obrando ahora.

Esta es una reunión de la obra y hay hermanos de casi todas las iglesias de las localidades del Distrito Capital. ¿Nosotros ya estaremos viviendo el estadio del reino? ¿Hay en nosotros responsabilidad  espiritual con el Señor frente a lo que vivimos? ¿Estamos nosotros entendiendo lo que quiere el Señor para nosotros? ¿Estamos ya viviendo el rol que el Señor determinó para nosotros? Son obras, como dice en Efesios 2:10, que el Señor determinó desde antes de la fundación del mundo para cada uno de nosotros; pero esas obras no se pueden realizar a menos que nosotros hayamos pasado por una verdadera consagración; y la verdadera consagración nos lleva al altar de bronce, y ese altar en el Antiguo Testamento es la cruz en el Nuevo, en la Iglesia. Allá era altar de bronce, y aquí es la cruz; y la cruz es muerte, muerte del yo, muerte del alma, muerte de nuestros propios programas y de nuestros deseos, muerte de nuestras vanidades e ilusiones, muerte de todo lo que no proviene de Cristo por Su Espíritu. Bendito el nombre del Señor.

 
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