Edificando Filadelfia
  Los Vencedores y la Salvación
 

Capítulo 1

LOS VENCEDORES Y LA SALVACIÓN


Las Tres Partes del Hombre
Para comprender mejor lo que significa ser un cristiano vencedor, es necesario conocer que el hombre está compuesto, no de dos, sino de tres partes: espíritu, alma y cuerpo.
Cuando Dios hizo al hombre, varón y hembra, lo hizo pensando en Su Hijo, y pensando en la Iglesia, porque no era bueno que Su Hijo estuviese solo, sino que tuviese una esposa idónea; Dios hizo al hombre para llegar a tener una familia, un hogar, y edificarse una casa para morar eternamente; y Dios hizo al hombre con un propósito definido y dotado de las partes convenientes para que pudiera cumplir ese propósito.  Dios quería que el hombre fuese semejante a Cristo.  Dice Génesis 2:7:
Entonces Yahveh Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vidas, y fue el hombre un ser viviente”.
Analizando un poco, tenemos que del polvo de la tierra formó el cuerpo del hombre; en su nariz sopló aliento (hebreo neshamaj, viento, espíritu) de vidas (en el original está en plural, jayim), porque al soplar el espíritu y reaccionar con el cuerpo, tuvo origen el alma, y el hombre vino a ser entonces un ser viviente (hebreo nephesh hayah, ser viviente o alma viviente).  Por lo tanto, en la regeneración el hombre vino a tener varias clases de vidas: vida biológica (en el cuerpo), vida psíquica (en el alma) y vida zoé o pneumática (en el espíritu), que es la vida divina, la vida increada, la vida eterna que nos dio Dios el día de nuestra regeneración, pues sin la vida del Señor, el espíritu humano existe pero no tiene vida divina.  Leemos en 1 Tesalonicenses 5:23:
Y el mismo Dios os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo”.
Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Heb. 4:12).
En estas citas y en otros lugares de la Biblia, vemos que Dios nos hizo, a los seres humanos, dotados de tres partes o principios bien diferenciados, que son: espíritu, alma y cuerpo; partes con las cuales estamos capacitados para tener relación con Dios y los seres espirituales, conciencia de uno mismo y comunicación con el mundo que nos rodea, respectivamente.  Mediante los sentidos del cuerpo biológico y sus operaciones vitales nos comunicamos con las cosas físicas; mediante el alma tenemos conciencia de nosotros mismos, pues en el alma están asentadas el conjunto de funciones psíquicas propias de nuestro ego, y que determinan nuestra personalidad, tales como la mente que genera los pensamientos, la voluntad para tomar las determinaciones, y las emociones, que están relacionadas con el amor, el odio, la tristeza, la alegría, la amargura, el gozo, la introspección, etcétera; es decir, la mente determina lo que pienso, la emoción lo que siento y la voluntad lo que quiero. Mediante el espíritu tenemos comunicación con Dios, cuando somos regenerados por el Espíritu de Dios con base en haber creído en la obra redentora del Señor Jesús en la cruz. Una vez que hemos creído, somos regenerados, nacidos de nuevo en el Espíritu, porque Dios nos hace partícipes de Su vida eterna, de Su naturaleza divina (2 Pedro 1:4), y viene a morar en nuestro espíritu por Su Espíritu.  Nuestro espíritu humano, para tener esta relación íntima con Dios, está provisto de ciertas facultades tales como la intuición, la conciencia y la comunión.
El Espíritu Santo mora en el espíritu del creyente.  El espíritu humano fue diseñado para que more en él Espíritu de Dios.  Dice en Romanos 8:9-10: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros.  Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia”. De conformidad con la Palabra de Dios, hemos sido hechos así por el Señor, para que de entre todos los hombres, los que crean en el Señor Jesucristo, los redimidos por la obra del Señor Jesús en la cruz, y resurrección y ascensión, y que componen la Iglesia, sean un templo santo de Dios; y el Señor Jesús está edificando ese tabernáculo entre nosotros los redimidos. “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Co. 3:16). El Nuevo Testamento habla de la construcción del tabernáculo verdadero. Por ejemplo, Efesios 4:11-12 dice: “11Y él mismo (Cristo) constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, 12a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”. En el Antiguo Testamento  encontramos un tipo, o una maqueta o figura de este verdadero templo del Señor. Esa figura la encontramos en el tabernáculo, o templo portátil que Yahveh ordenó a Moisés que le hiciera en el desierto; y más tarde en el templo que Salomón le construyó en Jerusalén. En el libro de Éxodo encontramos en detalle la descripción del tabernáculo, el cual constaba de tres partes principales: el atrio, el Lugar Santo y el Lugar Santísimo.
Nosotros, la Iglesia, en el Nuevo Testamento somos el verdadero tabernáculo que Dios está construyendo para Su morada eterna. Somos el verdadero templo de Dios. Si comparamos las tres partes del hombre con las tres partes principales del tabernáculo, encontramos sus correspondientes similitudes.  Hasta el atrio tenían acceso todas las tribus de los israelitas y aun gentiles prosélitos; era la parte más abierta del templo; corresponde a nuestro cuerpo, que es la parte más externa de nuestro ser, por medio del cual nos comunicamos con todo lo que nos rodea por medio de los sentidos.
Al Lugar Santo del tabernáculo sólo podían entrar los sacerdotes, y es comparado con nuestra alma, que es la parte que le sigue al cuerpo, la cual ya no puede ser penetrada por otros seres; el alma tiene su intimidad, la intimidad de nuestra propia personalidad.  En el Lugar Santo del tabernáculo estaba el candelero de oro, la mesa y los panes de la proposición y el altar de oro del incienso.  Hasta allí podían entrar los sacerdotes a ministrar al Señor, y ofrecerle aceite, incienso y pan; pero no el resto de los israelitas.  En nuestra alma residen, como hemos dicho, nuestra voluntad humana, nuestra mente y las emociones, que caracterizan nuestra personalidad e individualidad, y hasta donde, en condiciones normales, no tienen acceso las demás personas, como sí lo pueden hacer con nuestro cuerpo por medio de los sentidos: vista, olfato, gusto, oído, tacto.
Pero en el tabernáculo había una tercera parte aun más íntima, el Lugar Santísimo, donde estaba el arca del pacto de madera de acacia cubierta de oro por todas partes, y dentro de la cual estaba una urna de oro que contenía un poco de maná, la vara de Aarón que había reverdecido, y las tablas del pacto traídas del Monte Sinaí por Moisés.  Encima del arca estaban dos querubines de gloria, que cubrían con su sombra el propiciatorio; es decir la tapa del arca, en donde era ofrecida la sangre de los sacrificios. Estos querubines eran guardianes de la gloria y de la justicia de Dios, y velaban, simbólicamente, que el sumo sacerdote se acercara al propiciatorio no sin sangre. Pero analice el lector las siguientes palabras de Hebreos 9:7-8:
7Pero en la segunda parte (aquí se refiere al Lugar Santísimo del tabernáculo), sólo el sumo sacerdote (entra) una vez al año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo; 8danto el Espíritu Santo a entender con esto que aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie”.
Al Lugar Santísimo no podía entrar nadie; era el lugar central y más íntimo del tabernáculo; allí sólo podía entrar el sumo sacerdote una vez al año, en el Yon kippur, el día de la expiación, que era el día décimo del mes séptimo judío.  El Lugar Santísimo estaba separado del Lugar Santo por medio de un velo, tipo del velo que separa a los hombres de Dios, y mientras no haya revelación o se quite el velo, el hombre no tiene capacidad para conocer a Dios ni a Su Cristo.  En el Lugar Santísimo se manifestaba la gloria de Dios, la Shekiná, la habitación o presencia de Dios.  Nuestro espíritu es el Lugar Santísimo de nuestro ser humano, hecho por Dios para Su habitación.  Así el Señor lo hace Su habitación corporativa, Su Iglesia.  Luego dice en los versículos 9 y 10:
9Lo cual es símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios que no pueden hacer perfecto, en cuanto a la conciencia, al que practica ese culto, 10ya que consiste sólo de comidas y bebidas, de diversas abluciones, y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas”.
Dice aquí la Palabra de Dios que llegaría un tiempo de reformar las cosas, y que el antiguo tabernáculo es apenas símbolo para el tiempo presente. ¿Símbolo de qué?  Del verdadero templo de Dios, Su Iglesia, la vida corporativa de la Iglesia.  Para entender el delicado tema de la doctrina bíblica de la salvación es necesario, pues, hacer una clara diferenciación entre el cuerpo, el alma y el espíritu en el hombre.  Si no se hace una clara diferencia sobre esto, la confusión es grande.  No confundas el alma y el espíritu.  El hombre es un ser tripartito. ¿Cuál es el objetivo de Dios al hacer al hombre compuesto de tres partes? Al respecto la Biblia dice en Zacarías 12:1: “Profecía de la palabra de Jehová acerca de Israel.  Jehová, que extiende los cielos y funda la tierra, y forma el espíritu del hombre dentro de él”.  Aparece el espíritu del hombre como si para Dios fuese lo más importante de toda su creación.  Va de lo mayor a lo menor: del cielo y su inmensidad concentra su atención en la pequeñez de la tierra, y luego en el espíritu del hombre.  El Señor tiene un especial interés en el espíritu del hombre.
El espíritu es el lugar secreto del Señor, donde la luz es Dios; allí el hombre se une y se comunica con Dios.  Las funciones del espíritu son: la conciencia, es decir, la luz y guía de Dios para discernir lo bueno de lo malo, independientemente de todo conocimiento de la mente y opiniones exteriores (Romanos 8:16); la intuición, que se relaciona con la voz y la enseñanza de Dios en el espíritu humano para percibir los movimientos del Espíritu Santo y las revelaciones de Dios (Hechos 18:25); y la comunión, por medio de la cual adoramos y servimos a Dios en el espíritu y tenemos intimidad con Él (Juan 4:23; Romanos 1:9).
El alma es el yo de la persona, pues allí está la sede de su personalidad, dado que es el asiento de la mente (pensamientos), voluntad (facultad de decidir), de donde emana su responsabilidad y su poder de decisión, y las emociones del alma, que son sus afectos, sus sentimientos y sus pasiones; es decir, nuestras simpatías y antipatías.  En el alma están todas las facultades que determinan nuestra individualidad y nuestra personalidad.  El alma, como sede de la voluntad y personalidad del hombre, enlaza y fusiona al cuerpo con el espíritu, y por medio del alma el espíritu puede someter al cuerpo a su obediencia, a fin de sublimarlo.  Pero puede suceder lo contrario, por medio del alma el cuerpo puede atraer al espíritu para que ame al mundo y las cosas que están en el mundo.  Pero lo anterior depende de la voluntad del hombre, asentada en el alma.
El cristiano debe tener claridad, y saber diferenciar y separar las funciones del espíritu y las del alma; no confundir, por ejemplo, los meros pensamientos del alma con la intuición del espíritu (Hebreos 4:12).  Antes de la caída del hombre, el poder del alma estaba totalmente bajo el dominio del espíritu.  El espíritu era el amo, el alma era apenas el administrador, y el cuerpo era el siervo.  Esto hay que tenerlo muy presente para comprender todo lo relacionado con nuestra salvación, y la victoria o derrota en el andar con el Señor.

Las tres etapas de la salvación
La Biblia dice que el hombre que Dios creó cayó en desobediencia y vino a ser esclavo del pecado.  La serpiente antigua, el diablo mismo lo tentó y pecó.  Primero el diablo engañó a la mujer, y ella comió del árbol del conocimiento del bien y del mal; la estrategia era hacerle creer que sería como Dios, que se independizara de Dios; luego comió el hombre deliberadamente, por el afecto que le tenía a su mujer.  Fue entonces cuando el espíritu del hombre quedó sin vida.  Cuando Satanás hizo caer al hombre, empezó a trabajar de fuera hacia dentro; empezó por la carne, usó los sentidos del cuerpo, la emoción del alma, con lo cual se apoderó de la voluntad; hinchó al alma y le asestó un golpe tan fuerte al espíritu, que lo mató.  Así sigue trabajando el diablo en la humanidad.  En cambio el Señor trabaja de dentro hacia fuera.  Su labor empieza en el espíritu, y de acuerdo con el fortalecimiento del hombre interior, va iluminando el alma en su mente, con influencia estimulante en sus emociones, a fin de que la voluntad del hombre ejerza dominio sobre su cuerpo, hasta lograr que el cuerpo obedezca al espíritu y se haga la voluntad de Dios, que ya ha venido a morar en el espíritu.  El Señor Jesús ya hizo la obra en la cruz, pero debemos tener en cuenta que la salvación completa, la que integra las tres partes del hombre, consta de justificación, santificación y redención, y que la justificación está relacionada con la salvación del espíritu, la santificación con la salvación de nuestra alma humana, y la redención con la salvación de nuestro cuerpo. En la medida que la vida de Dios en Cristo se vaya ensanchando y fortaleciendo en nosotros, se va incrementando el radio de acción en la salvación del hombre. Después de la caída, el hombre fue evolucionando negativamente hasta convertirse totalmente en carne (Génesis 6:3), y la carne no puede heredar el reino de Dios (1 Corintios 15:50), ni puede salvarse por sí misma. De lo anterior se deduce que la salvación completa es un proceso que requiere tres etapas.

La salvación del espíritu
Así como el hombre tiene tres partes, cada una de esas partes tiene su tiempo de salvación.  El hombre hereda de Adán un espíritu muerto, un cuerpo que envejece hacia la muerte, y un alma inclinada a la carne, saturada de maldad, depravada, incapaz de hacer lo bueno y obedecer la voluntad de Dios. Nuestra salvación tiene, pues, tres etapas.  El día que creemos en Cristo como nuestro Salvador, es salvo el espíritu, y el Espíritu de Dios viene a morar en nuestro espíritu eternamente.  “16Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: 17el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (Juan 14:16-17).  La salvación del espíritu está relacionada con la justificación y regeneración.  En Romanos 8:10,16 leemos: “10Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia...  16El Espíritu (el Espíritu Santo) mismo da testimonio a nuestro espíritu (el humano), de que somos hijos de Dios”.  “El Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (Juan 14:17).  Dios está construyendo Su templo con el objetivo de habitar en él; pero para que el templo sea construido, lo primero que debe ser construido en el tabernáculo es el arca en el Lugar Santísimo (Éxodo 25:10); es decir, la salvación de nuestro espíritu para que pueda morar Cristo mismo en nosotros. El arca del pacto que estaba en el Lugar Santísimo del tabernáculo era símbolo de Cristo, pues el arca del pacto en el tabernáculo es una analogía de Cristo formado en la Iglesia, que es Su templo.
Téngase muy presente que cuando se habla de la salvación del espíritu, hay dos elementos importantes que considerar: (1) la Palabra de Dios siempre se refiere a ella como un regalo inmerecido, y (2) siempre habla en tiempo pasado.  Medita en las siguientes citas bíblicas, aunque hay más.
3Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, 4según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, 5en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad” (Ef. 1:3-5).
1Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestro delitos y pecados... 4Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús... 8Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef. 2:1,4-6,8-9).
11Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. 12El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5:11-12).
29Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.  30Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. 31¿Qué, pues, diremos a esto?  Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?  32El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? 33¿Quién acusará a los escogidos de Dios?  Dios es el que justifica. 34¿Quién es el que condenará?  Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. 35¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?  36Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero.  37Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.  38Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir (¿sabes tú lo que en el futuro te va a acontecer?), 39ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada (tu salvación no depende ni de ti mismo) nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:29-39).
La Biblia dice que la salvación es un regalo de Dios, que nadie la ha merecido ni puede hacer algo para recibirla; lo recibe por fe, y la fe misma nos la da Dios.  Si el hombre fuera el autor y generador de la fe, tendría algo de qué gloriarse en relación con su salvación.  No hay nadie que haga lo bueno (Ro. 3:12-18).  El Padre es quien nos revela a Su Hijo Jesucristo, por Su Espíritu, el cual es quien nos da la convicción y la capacidad de arrepentirnos.  El hombre por sí mismo no tiene luz ni capacidad para escoger al Señor Jesús; nadie lo puede hacer.  El hombre no puede dar de lo que no tiene; aun la iniciativa de la salvación proviene de Dios.  Dice Mateo 7:18: “No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos”.  Nadie por sí solo tiene la capacidad para entender lo que Dios dice.  En Juan 8:43, leemos: “¿Por qué no entendéis mi lenguaje?  Porque no podéis escuchar mi palabra”.  Dios pone en el hombre la capacidad de creer en Jesús.  Por favor, medite en los siguientes versículos bíblicos:
Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13).
Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo:  ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida! (Hechos 11:18).
Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan. 6:44).
15Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?  16Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. 17Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mateo 16:15-17).
Esa salvación, la eterna, la del espíritu, no está condicionada a obra alguna de parte de nosotros, ni buena ni mala, y de ella no nos separará ni lo presente ni lo porvenir (cfr. Ro. 8:38). Un muerto no puede tener vida por sí mismo; quien da vida es Dios, tanto la biológica, como la psíquica, y cuánto más la eterna, la del Espíritu (en griego, zoé).  “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados” (Col. 2:13).  Esta salvación corresponde al espíritu; y de esa salvación hay que tener absoluta seguridad.  Dice Romanos 8:1-2: “1Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.  2Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte".  Aquí la Palabra se refiere a una condenación subjetiva, pues se refiere a una derrota de la ley del pecado por parte del Espíritu de vida que ya mora en el espíritu de la persona salvada objetivamente por la obra de Cristo en la cruz.
Dice Romanos 10:8-10: “8Mas ¿qué dice?  Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón.  Esta es la palabra de fe que predicamos: 9que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.  10Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación”. Cristo es la Palabra viviente y glorificada que viene a morar en nuestro corazón cuando por fe le recibimos, creyendo en Su vida de resurrección.  Cuando creemos que Dios levantó de los muertos a Jesús, implícitamente manifestamos que el Verbo de Dios se encarnó, vivió como cualquier humano (excepto que no pecó), murió por nosotros, y resucitó y fue glorificado; sólo creyendo que Él fue glorificado, podemos confesar que Jesucristo es el Señor.  Al creer somos justificados delante de Dios,  pero al confesarlo somos salvos delante de los hombres; cuando invocamos y proclamamos el nombre y el señorío del Señor Jesús, somos salvos aun de presiones y problemas temporales.

La salvación del alma
El alma también debe ser salvada.  La salvación del alma se relaciona con la santificación.  Debemos ocuparnos de la salvación de nuestra alma, de nuestro yo, con temor y temblor.  “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Flp. 2:12).  “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?" (He. 2:3a).  La salvación eterna, la del espíritu, es un regalo inmerecido, por gracia, aplicando una fe que también nos da Dios, para lo cual no es necesario que intervenga nuestra conducta y nuestras obras; pero la salvación del alma tiene que ver con obras; debemos ocuparnos en la salvación de nuestra alma, porque el alma es la que peca.  “El alma que pecare, esa morirá” (Ez. 18:4b).
Cuando habla de la salvación del espíritu, la Palabra de Dios habla en pasado; pero cuando se trata de la salvación del alma, usa el verbo en tiempo presente.  “Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas” (Stg. 1:21).  Si tenemos en cuenta que la salvación del espíritu no es por obras, note lo que dice la siguiente cita relacionada con creyentes: “19Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, 20sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados” (Stg. 5:19-20).  Aquí se trata de creyentes extraviados, salvos en el espíritu pero no en el alma.
En 2 Corintios 4:16, la Escritura dice que un creyente consta de un hombre exterior y un hombre interior. Podemos explicarlo someramente así: Así como una persona normal está compuesta de un cuerpo, que es su órgano, que es la parte física, y de un alma, que es la parte espiritual (como su vida y persona), por explicarlo así, de manera similar el hombre exterior del creyente está compuesto del cuerpo como su órgano físico y del alma como su vida y persona; y el hombre interior está formado por el espíritu humano regenerado y habitado por Dios, como su vida y persona, y del alma renovada como su órgano.  El apóstol Pablo ora al Padre a fin de que ese hombre interior de los efesios, donde ya mora Dios por Su Espíritu, sea fortalecido con poder “para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones”.  En esto vemos que primero recibimos la salvación en nuestro espíritu, y que luego Dios empieza a trabajar con nosotros en la salvación de nuestra alma, que se relaciona con nuestro corazón.  La connotación bíblica de corazón es nuestra alma humana más la conciencia de nuestro espíritu.  Cuando la salvación empieza a fluir del espíritu al alma por la acción subjetiva del Espíritu Santo en nosotros, empezamos a experimentar un proceso de cambio, de carnales a espirituales, y el Señor Jesús viene a habitar en nuestros corazones, a sentirse realmente en su casa; el Señor se posesiona de nuestro ser con toda confianza.  A partir de ese momento, y con todos los hermanos unidos corporativamente empezamos a comprender todas las dimensiones del Señor, a conocer mejor al Señor, a entender cuál es Su propósito.  Cosas que nuestra carnalidad no nos permitía comprender.  En la medida en que el Señor Jesús habite confiadamente en nuestro corazón, mejor podremos conocer el corazón de Él.
Por tanto, es necesario que nuestro hombre interior, ya salvo, sea fortalecido con el poder del Espíritu Santo, para que en consecuencia habite Cristo por la fe en nuestros corazones, que es otra forma bíblica de llamarle al alma junto con la conciencia (cfr. Gá. 2:20 ), y llegue a ser Él viviendo en nosotros y no nosotros mismos (cfr. Gá. 2:20 ). Cuando esto ocurra, hemos sido perfeccionados por el Señor, hemos salvado nuestra alma. Lo espiritual depende de Dios; lo anímico es independentista, es del hombre, y por lo tanto debe ser trabajado por el Espíritu Santo con la colaboración del hombre, porque la caída es fruto de una rebelión en busca de independencia.
Para salvar el espíritu sólo hay que creer, y aun esta fe nos la da Dios; pero para salvar el alma hay que cumplir ciertos requisitos. ¿Como cuáles? Por ejemplo, negarse a sí mismo, obedecer al Padre, tomar la cruz cada día y seguir al Señor Jesús. En el capítulo 16 de Mateo vemos que el apóstol Pedro ya era salvo, ya había recibido la revelación del Padre de que el Señor Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente, ya era una piedra viva para la edificación de la Iglesia, y sin embargo tenía que trabajar en la salvación de su alma. Pedro tenía mucho amor propio, mucha confianza en sus propias fuerzas y capacidades, no estaba dispuesto a pasar por ningún sufrimiento; no podía comprender la obra de Dios en Cristo. Para Pedro la obra de la cruz era una locura, y hasta el mismo Satanás habla por su boca para decirle al Señor: “22Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca”. Por esa razón el Señor le dijo a sus discípulos: “24Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. 25Porque todo el que quiera salvar su vida (en el original psiquis, alma), la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. 26Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mt. 16:22-26). La salvación eterna depende de la voluntad de Dios, pero para seguir al Señor y andar con Él, debemos llenar ciertos requisitos como negarnos a nosotros mismos, no centrarnos en nosotros mismos ni en nuestra propia forma de pensar, sino buscando estar de acuerdo con la mentalidad de Dios. Lo que nosotros somos está en nuestra alma; de manera que debemos ocuparnos en la salvación de nuestra alma. Dice Lucas 21:19: “Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas”.
Como lo veremos después, la salvación del espíritu es eterna, tiene que ver con el cielo nuevo y la tierra nueva; pero la salvación del alma se relaciona con nuestra actual conducta, con nuestras obras, y tiene que ver con el reino de los cielos en el milenio.  Nuestros actos hoy y nuestro grado de sufrimiento y adversidad, deciden nuestra participación en el reino; y de ahí que, después de hablar del juicio de la Iglesia, Pedro dice: “18Y: Si el justo con dificultad se salva, ¿en dónde aparecerá el impío y el pecador? 19De modo que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador, y hagan el bien” (1 Pe. 4:18,19).  Dice el hermano Watchman Nee:
La salvación del espíritu es tener vida eterna, mientras que la salvación del alma es poseer el reino. El espíritu es salvado mediante el hecho que Cristo llevó la cruz por mí; el alma es salvada por el hecho que yo lleve la cruz. El espíritu es salvado por el hecho que Cristo da su vida por mí; el alma es salvada, porque yo me niego a mí mismo y  sigo al Señor” (Watchman Nee. La Salvación del Alma. CLIE, 1990, pág. 16).

La salvación del cuerpo
La salvación del cuerpo es en el futuro, cuando ocurra la resurrección de la Iglesia, y se relaciona con la redención.  Para verlo en la Biblia, nos basta unos pocos versículos.  “20Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; 21el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil. 3:20-21).  “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Ro. 8:11).  “Y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Ro. 8:23).
Habrá un tiempo en el futuro en que gozaremos de una completa salvación. Dice 1 Pedro 1:5: “Que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero”. También en Romanos 5:9 nos habla de una justificación en tiempo pasado y de una salvación futura, cuando dice: “Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira”. De acuerdo con esto, es fácil concluir que nuestra salvación tiene tres tiempos, a saber: pasado, presente y futuro. Como ya lo hemos visto, el creyente en Cristo, en el pasado ya ha sido redimido de la culpa y pena del pecado, pero en el tiempo presente se está librando del poder del pecado; y en el futuro, cuando se efectúe la resurrección, será librado de su presencia, y así ser perfectamente conformado a la imagen del Hijo de Dios, que es nuestro Redentor.

Las tres clases de hombres
En la Biblia se diferencian tres clases de hombres: los judíos, los gentiles y la Iglesia.  Pero además de eso encontramos otras tres clases, que en principio son dos, los creyentes y los incrédulos, pero los creyentes se dividen a su vez en carnales y espirituales; de manera que tenemos el hombre natural, el creyente carnal y el creyente espiritual.

El hombre natural
Al incrédulo la Palabra de Dios le llama hombre natural, incapaz de percibir la cosas de Dios.  Dice 1 Corintios 2:14: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. Este hombre natural es el hombre psychikós, dominado por su psiqué, o alma natural que, como hemos dicho, es el principio vital o de individualidad, asiento de su carácter.  Es el hombre caído, adámico, nacido una sola vez, muerto en delitos y pecados, el que sigue la corriente de este mundo por sendas de completa oscuridad, sin Dios y sin esperanza.  Al hombre natural, no regenerado, lo tiene cegado el príncipe de este mundo, tiene la mente entenebrecida.  En la caída del hombre, el alma deliberadamente se opuso a la autoridad del espíritu, y el resultado es que no tuvo en realidad ninguna independencia, sino que llegó a esclavizarse al cuerpo con sus pasiones y deseos.  Meditemos en los siguientes versículos:
3Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; 4en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Co. 4:3-4).
Para que (los gentiles) abran sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados” (Hech. 26:18).
Teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón” (Ef. 4:18).
Hay un velo que obstaculiza que el hombre entienda a Dios.  El hombre no regenerado ni entiende el bien ni lo desea.  Aun los judíos, siendo ellos el pueblo terrenal escogido para manifestarse Dios, el pueblo de los pactos, el pueblo por medio del cual el Señor nos dio las Escrituras, el pueblo por medio del cual nació nuestro Salvador, aun ellos no pueden ver por ese velo.  Leemos en 2 Corintios 3:13-15: “13Y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de ser abolido. 14Pero el entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto, el cual por Cristo es quitado. 15Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos”.  Si el Señor Jesús no quita ese velo, continúan en la oscuridad, sea judío o gentil; viendo no ven, y oyendo no oyen, porque son cosas del espíritu, que no se pueden ver ni oír con los sentidos naturales, ni entender con la mente natural del alma.
Los no regenerados no pueden agradar a Dios.  Dice Romanos 8:7-8: “7Por cuanto la mente carnal es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede; 8y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios”. Es necesario que Dios abra el corazón del hombre, a fin de que pueda comprender el mensaje del evangelio. Lo vemos en la ciudad de Filipos, con ocasión de una enseñanza que impartía Pablo a la orilla de un río. “Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía” (Hech. 16:14).
Cuando el hombre quiere ser bueno por sí mismo, no tiene capacidad de serlo. El hombre trata de ser bueno, pero no puede; y en un esfuerzo por parecer mejor delante de la humanidad y de su propia conciencia, el hombre a menudo no comete lo peor, o puede que en ocasiones no llegue a ser todo lo malo posible, pero eso se debe a que Dios en Su misericordia le ha provisto de un testimonio de Sí mismo.  El hombre lleva el testimonio de Dios en su propia conciencia; pero eso no significa que en ocasiones el hombre es bueno. Dice la Escritura que “lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó” (Ro. 1:19; ver también Hechos 14:17). Entonces, según esto, y de acuerdo con Romanos 2:14, el hombre por sí mismo hace un bien relativo.

El creyente carnal
Dice en 1 Corintios 1:18: “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios”. Este versículo se refiere a los incrédulos, pero en algo también se le puede aplicar a los creyentes carnales.  La palabra de la cruz (el evangelio) es una locura para la humanidad no regenerada, debido a que su mente está sumergida en las tinieblas de la ignorancia, la superstición y el engaño.  La sabiduría del mundo no puede ni siquiera medio vislumbrar la obra de Dios a favor de los hombres.  La palabra de la cruz y la sabiduría de Dios están enteramente relacionadas con Jesucristo, el Hijo de Dios. Aun en el cristiano carnal, el auténtico evangelio, el que enfatiza la cruz de Cristo, no es bien comprendido; porque hay dos maneras de andar del pueblo cristiano: la una es carnal y la otra es espiritual.  Hablemos ahora del cristiano carnal.  Por ejemplo, en Romanos 8:4, la Escritura hace la diferencia entre andar en la carne y andar en el Espíritu, cuando dice: “Para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”.  Luego los versículos siguientes enfatizan esa diferencia.  Leamos:
5Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. 6Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. 7Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede; 8y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (vs.5-8).
La palabra “carne” en el Antiguo Testamento es basar en hebreo, y en el Nuevo Testamento es sarx en griego.  El cristiano carnal a veces no se diferencia mucho del hombre natural (psychikós) o almático, pues el creyente carnal (sarxkikós) no ha alcanzado madurez ni sometimiento pleno a Cristo; es a menudo dominado aún por su naturaleza carnal, porque participa del carácter de la carne.  Le dice Pablo a los hermanos corintios: “1De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. 2Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, 3porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? 4Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales?” (1 Co. 3:1-4).  Un creyente carnal no tiene la capacidad para disfrutar y experimentar plenamente la vida del Señor en nosotros.  Hoy en día muchos cristianos le atribuyen al espíritu lo que en realidad es apenas del alma; hay mucha confusión sobre eso.  Una cosa es recibir los dones (1 Corintios 12:4-11) del Espíritu sin que necesariamente haya crecimiento espiritual, y otra es vivir y expresar el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23), lo que ya supone una madurez espiritual en el creyente.  Los corintios, como buenos griegos, se interesaban por la sabiduría humana, y no habían pasado a desear alimentarse de la sabiduría de Dios.  Los corintios habían sido enseñados pero no alimentados; pues el alimento se relaciona con la vida y la enseñanza con el mero conocimiento.
A veces solemos pedirle al Señor más conocimiento de las cosas y mucha sabiduría, y hasta le llegamos a pedir que podamos tener la mente de Él; pero ¿qué haríamos con ese conocimiento si Él no habita en Su plenitud en nuestro corazón? ¿Emplearíamos ese conocimiento con nuestras habilidades y mezquindades naturales, sin que hayan pasado por el proceso de la cruz? ¿Emplearíamos ese conocimiento con nuestros sentidos extraviados por las artimañas del diablo?  Dice Pablo: “2Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo.  3Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo” (2 Co. 11:2-3).   ¿Qué es conocer al Señor?  Conocer al Señor es más del conocimiento de lo que Él hizo en Su encarnación, en Su ministerio terrenal, en Su cruz. Conocer al Señor involucra conocerlo íntimamente; conocer lo que Él piensa, conocer Su corazón, conocer Sus secretos, Sus intimidades.  Para que eso ocurra debemos acudir a Su llamado, andar con Él, tener íntima comunión con Él, ser Sus amigos.

El creyente espiritual
De acuerdo con la Palabra de Dios hay creyentes maduros, espirituales (pneumátikós) (Efesios 5:18), cuya vida está rendida al Señor, en la cual se refleja y expresa el fruto del Espíritu.  “22El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, 23mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (Gá. 5:22.23).  La voluntad del creyente espiritual está sujeta a la voluntad de Dios, porque su espíritu está íntimamente unido al Espíritu de Dios.  El cristiano cuyo hombre interior ha sido fortalecido y está Cristo habitando por la fe en su corazón, sabe por experiencia lo que es ser llenos de toda la plenitud de Dios; llega a profundizar hasta comprender que sólo en la perfecta expresión de la unidad del Cuerpo de Cristo es como se puede entender todo lo grande que es Dios, Sus propósitos, Su amor y Su misericordia para con nosotros.  Sólo el cristiano espiritual llega a ser un vencedor. ¿Cómo determinar la madurez espiritual de un creyente?  Para que haya espiritualidad debe haber disposición en el creyente; la espiritualidad no se adquiere por inercia.  La madurez espiritual siempre se determina por la disposición de sacrificar nuestros propios deseos, intereses y comodidades, en bien del reino de los cielos y de los intereses del Señor y de los demás hermanos, y esa disposición de sacrificio se traduce en que se debe pagar un precio, como las vírgenes prudentes.  Toda vez que nuestra prioridad sea nosotros mismos y nuestros propios intereses, somos vírgenes insensatas y andamos caminando en derrota.

La primera promesa
Desde el primer siglo de la Iglesia, muchos hermanos abandonaron el primer amor (Apocalipsis 2:4), y el mejor y primer amor es el Señor mismo en nosotros, no necesariamente es aquel amor que sentimos por el Señor en los días en que fuimos salvos, en esa luna de miel.  Casi siempre cuando se acaba la luna de miel y empiezan las pruebas, en muchos hay un bajón espiritual de gran envergadura.  El Señor nos manda que venzamos el abandono del primer amor.  ¿En qué sentido habían dejado el primer amor los hermanos del primer siglo?  Por ejemplo, muchos se dejaron fascinar, no por el Amado habitando en sus corazones, sino por las doctrinas de los judaizantes (Gá. 3:1; 5:7; Col. 2:16, 20-21), por la filosofía mística en su relación con el naciente gnosticismo y la adoración de ángeles (cfr. Col. 2:8,18).  Pasados los siglos, vemos a muchos católicos con su corazón inclinado, no a Cristo y a Su Palabra, sino al papa romano y a lo que dice “la Iglesia” (refiriéndose a la Iglesia Católica). Uno puede tener a Cristo sólo de nombre, pero sin tenerle amor ni afecto personal.  Si Cristo es nuestro primer amor, eso significa que nos seguimos alimentando de Él como fruto del árbol de la vida.
El hombre cayó por haber creído a Satanás y haber participado de una rebelión, por haber desobedecido y comido del árbol del conocimiento del bien y del mal; pero el Señor nos ha redimido y nos llama a que seamos vencedores.  El hombre comió y desobedeció, pero hay una recompensa al vencedor, y es: "le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios" (Ap. 2:7).  El árbol de la vida es Cristo mismo, nuestro verdadero alimento.  La Nueva Jerusalén venidera será el paraíso de Dios en el milenio.  El árbol de la vida se presenta como una enredadera que está a uno y otro lado del río de agua de vida en medio de la calle de la Nueva Jerusalén, la ciudad esposa del Cordero de Dios (cfr. Ap. 22:1-2).  "Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador" (Jn. 15:1).  El comer del árbol de la vida era el propósito original de Dios, y ahora lo restaura con Su redención. Es un banquete ofrecido por el Señor, porque el camino al árbol de la vida fue abierto de nuevo, un camino nuevo y vivo que nos abrió Cristo a través del velo (Hebreos 10:19-20).
La historia ha demostrado fehacientemente que la Iglesia le ha fallado al Señor, y ha dejado de ser la expresión del amor de Dios; es por eso que hay promesas para el individuo vencedor.  El hombre cayó porque participó en la comida de algo que no tenía que comer, y que le trajo la ruina.  Pero al comer del árbol de la vida, es restaurado a un lugar más privilegiado del que perdió Adán.  Es necesario afianzarnos en nuestra vocación, abandonar el legalismo y la apariencia externa y alimentarnos de nuevo de Cristo, disfrutarle, volviendo a Él con el primer amor.  El Señor es nuestro pan de vida (Juan 6:35, 57).  Es bueno el conocimiento, pero según Dios.  No es lo mismo alimentarse sólo de enseñanzas doctrinales que de Cristo como nuestro pan de vida.  Con esta promesa el Señor incentiva y estimula a los creyentes para que no dejen el primer amor, le sirvan siempre en amor y disfruten al Señor desde ahora, y se hará efectiva como galardón en el reino milenial; pero todo vencedor puede empezar a disfrutarlo desde ahora, porque la vida de la Iglesia hoy es un gozo anticipado de la Nueva Jerusalén.  El vencedor es el cristiano que se alimenta de Cristo hoy, y como consecuencia la promesa es que se alimentará del Señor como árbol de la vida en la Nueva Jerusalén.  Necesitamos vencer el abandono del primer amor.
La gran mayoría de los hermanos no tienen suficiente claridad sobre el reino venidero de Cristo, y a raíz de ese desconocimiento ignoran las responsabilidades que se relacionan con ello y se suele confundir el cielo (vida eterna), con el reino.  Desde ahora, quiero hacer hincapié en que los galardones son muy diferentes de la salvación.  Los galardones, como su nombre lo indica, son premios para los que trabajan, para los que luchan, para los que obedecen, para los que se niegan a sí mismos, para los que llevan la cruz, para los que velan, para los vencedores, para recibirlos en el reino milenial; en cambio la salvación es un regalo de Dios para sus escogidos desde antes de la fundación del mundo, y un regalo ni se gana, ni se merece, ni se pierde.

 
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