Edificando Filadelfia
  El camino de la unidad
 

EL CAMINO
DE LA UNIDAD

Por Arcadio Sierra Díaz

Lectura: La oración sacerdotal del Señor: Juan 17:1-26.

El verbo encarnado es el templo de Dios
En este capítulo de la Escritura hay un énfasis del Espíritu, que es la unidad de la Iglesia. Estas son palabras que el Señor en su oración pronuncia al Padre en intercesión por aquellos que el Padre le dio, y también por nosotros que estamos en el tiempo y que hemos recibido la Palabra por la palabra de los apóstoles y los que escucharon a los apóstoles. Nosotros vemos, hermanos, cuando dice: “Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti”. El Verbo, el Hijo de Dios tomó carne para manifestar a los hombres el conocimiento de un único Dios creador del cielo y de la tierra; tomó carne para que el hombre pudiera conocer a Dios; y esta Palabra dice que al encarnar en un cuerpo humano, el Señor nos ha dado a conocer a Dios. El Verbo encarnado manifiesta la gloria de Dios, manifiesta el poder de Dios, manifiesta la unidad y la trinidad de Dios, manifiesta los planes de Dios, la voluntad de Dios. ¿Cómo fue eso? Lo dice Juan 1:14: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”. Eso significa que el Hijo de Dios tomó carne para ser el verdadero templo de Dios aquí en la tierra. La verdadera traducción del griego sería que Cristo al tomar carne, tabernaculizó; fue el verdadero tabernáculo, la verdadera morada de Dios sobre la tierra. Y al ser la verdadera morada de Dios, Cristo manifiesta el carácter de Dios, la gloria de Dios, los íntimos deseos de Dios.
Cristo vino a manifestarnos a los hombres cuál es el plan de Dios para con nosotros. Para qué estamos en esta tierra. Por eso en el versículo 3 nos dice: “3Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. De manera que el Señor Jesús manifiesta que así como Él glorifica al Padre, así como Él manifiesta la gloria del Padre, Él que es la morada, el tabernáculo de Dios en la tierra, así como el Hijo da a conocer al Padre, entonces nosotros, la Iglesia de Cristo, los que gozamos de la vida eterna y del conocimiento de Dios por Jesucristo, estamos llamados a glorificar al Hijo, a glorificar al Verbo de Dios encarnado, y a darlo a conocer a los hombres.

Fuimos bautizados en un mismo cuerpo
El Señor, en su oración, empieza a rogar por sus discípulos; más tarde ruega por la Iglesia; y en la parte donde ruega por sus discípulos, en el verso 11 dice que “ya no estoy en el mundo”; aquí el Señor, aunque todavía no había pasado por la cruz, da por sentado y efectuada esa gloriosa obra de Él en el Calvario; la da por hecha, pues Él está seguro que va a pasar por la cruz, y que pronto Él va a resucitar, y va a ascender dejando este mundo. Por eso le dice al Padre: “11Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros”. Ahí comienza a hacer énfasis en la unidad de la Iglesia. Nosotros, cuando leemos la historia, cuando contemplamos el panorama que vive hoy la cristiandad, vemos a una cristiandad que se fue llenando de mitos en el curso de los siglos. Hay muchas realidades espirituales, y aun históricas que fueron desvirtuadas, que fueron mutiladas de su excelencia y su verdad bíblica y revelacional; y también mezcladas con las leyendas generacionales. Hubo un desprestigio de la verdad, y hoy se viven mitos. Un aspecto de la verdad que fue desprestigiado fue la unidad del cuerpo de Cristo. La Iglesia comenzó siendo una, pues la Iglesia no es una organización de tipo humano. La Iglesia es un organismo vivo de origen divino. La Iglesia es el cuerpo de Cristo. La Iglesia es la misma vida de Cristo, pues es Su cuerpo. Dice 1 Corintios 12:12-13: “12Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. 13Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu”. La Escritura declara enfáticamente que nosotros somos el cuerpo de Cristo. No hay dos cuerpos de Cristo. El Espíritu, al bautizarnos en un solo cuerpo, nos hace partícipes de ese único cuerpo; venimos a ser miembros de ese cuerpo. Se trata de un cuerpo vivo cuya cabeza es Jesucristo.
Pero ese hecho, que es una realidad espiritual e histórica, se fue desvirtuando a través de la historia. Al comienzo la Iglesia vivía esa realidad, como lo declara el libro de los Hechos, donde habla las intimidades de la Iglesia en su estado primitivo e incontaminado. “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común” (Hch. 4:32). Hasta ese grado llegaba la unanimidad de los hermanos; vivían en ese mismo sentir, en ese mismo pensamiento; es lo que vivía el cuerpo de Cristo en ese tiempo, tanto que aquí dice que “ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía”. No conocían el egoísmo, no había intereses particulares. Los intereses de la Iglesia eran los intereses del Señor. Entonces, así como esta mano se preocupa por esta otra, por la cabeza, todo mi ser, todos los miembros de mi cuerpo se preocupan los unos por los otros. Eso es la auténtica vida de la Iglesia del Señor, por el Espíritu, por lo que el Señor quiere que vivamos. Es eso, que ninguno diga ser suyo nada de lo que Dios haya puesto en sus manos. Los hermanos de la primera etapa de la Iglesia vivían ese fervor, ese calor del Espíritu de Cristo. Dice el versículo siguiente: “33Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos”. Pero, hermanos, ¿qué pasó a lo largo de los siglos? Que en la historia empezó a tergiversarse y a mitificarse esta verdad, y la Iglesia empezó a recibir la influencia del mundo y de las religiones mitológicas.

Comienza la distorsión
Cuando los hermanos aún vivían aquel fervor, el único Señor de la Iglesia y de cada hermano, de cada creyente en Jesucristo, era el Señor Jesucristo. Después fueron surgiendo otros señores humanos, e incluso otros señores representados por cosas, situaciones, posiciones. Se sabe que aún en tiempos del Señor Jesús y sus discípulos había un poder terrenal, diabólico, que estaba representado por el César romano, con pretensiones divinas; y por eso se dice que el saludo entre sus súbditos tenía obligadamente que ser: César es el señor; y en ese tiempo ningún cristiano admitía que el César fuese su señor, pues Jesucristo es el Señor; y eso era encarado aun a costa de su propia libertad y vida. Cuando los de mundo escuchaban de los creyentes esa aseveración, de que no creían en la divinidad del César y en el señorío del César, de que no creían ni adoraban los dioses mitológicos del Estado, entonces el Estado y los paganos declaraban que los cristianos eran unos ateos. ¿Cómo les parece, hermanos? Los verdaderos ateos acusando de ateos a los verdaderos creyentes. Los creyentes en Jesucristo no adoran al César ni a sus dioses.
Entonces la Iglesia verdaderamente empezó a vivir lo que el mismo Señor en esta misma secuencia de enseñanzas, después de haber tomado la última cena con ellos. Él se los había dicho con toda claridad, a fin de que no fueran sorprendidos. Después de más de tres capítulos de promesas, aclaraciones, consuelos y advertencias, les dice: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). Entonces la Iglesia lo comprendió y pudo enfrentarlo con Su ayuda. No importó que sobrevinieran las grandes persecuciones, los martirios en masa. La Iglesia lo vivía porque estaba segura que la verdadera patria de nosotros no es este mundo, que nuestra patria es con el Señor. “Para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3). Ellos lo sabían perfectamente. Pero se fue perdiendo aquello, se fue ahogando. El mismo Estado que perseguía a la Iglesia, optó por ofrecerle su mano; y le tendió la mano a la Iglesia, y la Iglesia empezó a asirse de la mano del Estado, una mano mucho menos fuerte que la del Señor, y empezó a mezclarse el mito existente con la Iglesia, y se fue mitificando la Iglesia, y se fue desbordando aquella mentira.
Entonces surgieron nuevos mitos a raíz de ese romance saturado de infidelidad. Por ejemplo, es verdad que el Señor le había dicho al apóstol Pedro: “Y a ti te daré las llaves del reino” (Mt. 16:19); es verdad que Pedro, con su predicación el día de Pentecostés, abrió las puertas del evangelio a los judíos, y después Pedro, por mandato expreso del Señor, asimismo le abrió las puertas de la salvación a los gentiles en la casa de Cornelio. Entonces es verdad que él tenía las llaves para abrir las puertas del reino; pero no se trata de las llaves para que en la historia se mitificara y llegara alguien a declarar que Pedro había recibido una silla de rey terrenal, y que Pedro y sus supuestos “sucesores” eran los únicos representantes de Dios sobre la tierra. Era la cristiandad llenándose de mitos. Y de esa falacia montada, sobrevino un poderoso rey terrenal a declarar y dogmatizar que él era el legítimo representante de Dios sobre la tierra; pero el verdadero vicario del Señor sobre la tierra en la Iglesia es el Espíritu Santo.
Hermanos, nosotros solamente somos siervos. Lógicamente, amados hermanos, que eso estorbó la unidad de la Iglesia, pues un rey terrenal no puede decretar la unidad del cuerpo vivo de Cristo. La unidad de la Iglesia está por encima de las parciales unidades de las organizaciones eclesiásticas. Y eso en la historia se dio. El Señor sí tuvo una reacción ante ese poderío terrenal del cesaropapismo, y esa reacción se dio con ocasión de la Reforma protestante. pero con la Reforma los hermanos no recibieron revelación acerca de la unidad de la Iglesia, y en Europa surgieron “iglesias nacionales” que imitaron la estructura de aquel sistema de donde el Señor había sacado ese remanente para empezar a restaurar la unidad de su Iglesia sobre la tierra bajo el señorío de Cristo y de acuerdo a los parámetros del Nuevo Testamento. En ese momento histórico, los hermanos no estaban capacitados para recibir toda la revelación. Recuerden lo que el Señor le dice a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar” (Juan 16:12). Es como un niño al cual no se le puede dar toda la información; no la entiende, pues no la puede manejar. Entendemos, pues, que la Iglesia en sus comienzos era como un bebé. Incluso hay una etapa de la Iglesia en que muchas cosas se pueden saber, pero con el riesgo de no entenderlas. Incluso el Señor les dijo a los discípulos: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir” (Jn. 16:13). Eso sucedió, pero sobrevino una etapa de obscurantismo con el papado, y la Biblia fue un libro prohibido.

La Reforma frente al mito

Entonces con la Reforma sucedió algo similar, pues la Iglesia había pasado por mil años de cautiverio romano, de oscuridad; y aquellos poquitos hermanos que fueron llamados a salir de ese sistema religioso-político, no podían recibir toda la información, toda la revelación bíblica. ¿Por qué? Porque no la iban a poder comprender y digerir. Eran como el enfermo que empieza a recuperarse de un prolongado estado de coma; el tratamiento es delicado y progresivo. La revelación del contenido bíblico ha sido dado progresivamente. El sistema papista había estado vendiendo la salvación; y el Señor les dijo: la salvación no se vende, porque la salvación es un regalo que el Señor nos da por la obra de su Hijo. La salvación es por gracia, y se recibe por fe. Es un regalo inmerecido. Nadie lo merece; es un regalo que no se pierde. ¿Quién merece la salvación? Si nosotros, no mereciéndolo, recibimos ese regalo de Dios, no lo vamos a perder. Nosotros recibimos ese regalo y entramos en obligaciones, pero en esas obligaciones no se juega el regalo. El regalo es eterno. Hay obligaciones, sí; y como Iglesia tendremos que dar cuenta cuando el Señor venga por nosotros. Los reformadores recibieron revelación sobre la salvación debido a que era uno de los asuntos más graves del papado; pero el mito continuó.
El mito fue reforzado, perfeccionado y lleno de mentiras durante el cautiverio babilónico de la Iglesia. Pero cuando salió de allí un remanente y empezaron a imitar y a formar sistemas eclesiásticos similares al sistema madre, continuaron muchos mitos alimentados allí por las tradiciones, y continuaron las iglesias nacionales europeas. Más tarde el Señor, cuando ya la Iglesia había asimilado lo revelado en la Reforma, siguió el Señor revelando otras verdades bíblicas, aunque no todas, pero no las podían manejar adecuadamente, y muchos protocolizaron más divisiones en torno a una verdad revelada. Por ejemplo, en torno al bautismo, en torno al gobierno de la Iglesia, a sacar la Iglesia de los templos materiales y otras verdades, pero hacían de aquella verdad una tergiversación y un nuevo mito. Hoy convivimos con muchos mitos. Es verdad que la virgen María es la madre del Señor Jesús. Pero ella no es una diosa. Eso es un mito. Sí, es un mito de que el papado sea la continuación del ministerio de Pedro. También es un mito que la iglesia local, que es el verdadero templo de Dios en la localidad, se tenga que meter en templos hechos por manos humanas.

A la Palabra por el Espíritu
Nosotros debemos de tener claridad sobre todo eso. ¿Por qué estamos diciendo estas cosas? Aquí hay muchos hermanos nuestros que quieren escuchar el por qué no tenemos un templo. Si nosotros somos el templo de Dios en Cristo, ¿como nos vamos a meter en otro templo? Pero, ¿por qué en Jerusalén había un templo? ¿Por qué en el Antiguo Testamento sí había templo? El Nuevo Testamento declara que ese templo veterotestamentario era parte de los símbolos, de los prototipos de las verdades espirituales; eran las maquetas, eran las sombras de la verdad en Cristo y su Iglesia. Un arquitecto no le va a vender a un cliente la maqueta; le vende el edificio verdadero y acabado.
Entonces el Señor iba revelando progresivamente las verdades desde el Antiguo Testamento; pero como somos humanos, las fue revelando de tal forma que lo fuéramos percibiendo y manejando adecuada y bíblicamente. Pero hoy hemos llegado a la verdad verdadera: Jesucristo y su Iglesia. Esa es la verdad. Nosotros no podemos seguir bregando con mitos. Tenemos que ir a la Palabra por el Espíritu. No podemos ir por el Espíritu sin la Palabra, y a la Palabra sin el Espíritu. No. Alguien dice: Aquí todo lo guía el Espíritu. Eso está muy bien; pero el Espíritu inspiró la Palabra, y el Espíritu no puede salirse de la Palabra y actuar sin la Palabra. Por ejemplo, escucha bien, hermano, si la Palabra dice (lo dice Mateo, Marcos, Lucas, Juan y Pablo en 1 Corintios) que tenemos que tomar la Santa Cena conforme a la Palabra, entonces el Espíritu no va a decir que no la tomemos. El Espíritu no puede decir eso, porque el Espíritu nos reveló la verdad de Dios por la Palabra; y si esas cosas las fomentamos con el argumento de que es por el Espíritu, ya estamos contribuyendo a dividir el cuerpo de Cristo, y nos iríamos aislando del resto del cuerpo. Las Palabra es por el Espíritu, y el Espíritu de Dios dice y guía a lo que inspiró en la Palabra de Dios. Si alguien te dice: Bueno, aquí se hace lo nos dice el Espíritu (omitiendo la Palabra), no lo creas. ¿Eso que estás diciendo que te guía el Espíritu está conforme a lo que dice la Palabra? Si está conforme a la Palabra es verdad.
Hermanos, no podemos tomar la Palabra sin el Espíritu, pues fabricamos un nuevo mito. Tenemos que trabajar la Palabra con el Espíritu. Eso hay que manejarlo bien. No, el Espíritu ha dicho que nosotros no vamos a ofrendar en esta iglesia; que no manejemos dinero. Pero el Espíritu inspiró que en las iglesias se ofrende; el Espíritu inspiró que hay que ayudar a los santos pobres. El Espíritu inspiró que un anciano que trabaja en el evangelio, viva del evangelio, etc. Entonces, ¿cómo vamos a decir que aquí no vamos a ofrendar? Eso no está bien. Es el Espíritu, pero con la Palabra. Pidámosle al Señor que nos libre de los mitos, viejos y nuevos, o los que quiera el demonio traer en el futuro. Señor, guíanos en el Espíritu y guíanos en la Palabra.

El énfasis de la unidad de la Iglesia
En la oración sacerdotal del Señor hay un énfasis. El Señor quiere que seamos uno.  El Señor le ruega al Padre que seamos uno. Ese énfasis lo empieza en el versículo 11; luego en el versículo 20 lo vuelve a retomar, y dice el Señor al Padre: “20Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos (aquí el Señor se está refiriendo a nosotros), 21para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste”. No podemos nosotros pensar que vamos a ser uno pero cuando estemos en el cielo, como algunos teólogos lo enseñan. No podemos pretender eso, porque en el cielo el mundo no nos puede ver. El mundo tiene que vernos ahora. La unidad de Dios Trino debe reflejarse en la unidad de la Iglesia de tal manera que sea vista y reconocida por el mundo. Nosotros tenemos que dar testimonio de que somos cristianos, de que somos un cuerpo vivo, de que nos amamos y dar expresión de ese amor, de que damos testimonio que Jesucristo vive en nosotros; de amarnos, de servirnos; no murmurarnos, en el vínculo del amor. En estos días se nos ha hablado mucho del amor. Varios hermanos nos han hablado del amor, y la Palabra lo dice. “Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto” (Col. 3:14). El amor, ¿pero el amor de quién? Es el amor del Señor, porque nosotros tenemos al Señor y Él es como un motor; es como un gran dinamo; y Él no quiere estar apagado. Él quiere estar dando energía, Él quiere estar llenándonos de Él; Cristo quiere estar trabajando en nosotros, en nuestra alma, cambiando, transformando, metamorfoseando nuestra mente, nuestros sentimientos, a fin de que actuemos acordes a esa transformación.
Es una transformación en amor que nos lleva a unirnos, a amarnos, a guardar y vivir la unidad del cuerpo. Miremos en Efesios 4: “1Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, 2con toda humildad y mansedumbre (si no hay humildad en nosotros, no puede haber unidad. Una persona que se ubique por encima de los demás hermanos, es imposible que en esa persona haya claridad sobre la vida de la unidad del cuerpo), soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor (tampoco puede haber unidad sin amor), 3solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”. Hermanos, la unidad no es algo que la vamos a crear; eso ya lo hizo el Espíritu de Dios; pero es nuestra responsabilidad como creyentes, guardar esa unidad. Debemos guardar esa unidad creada desde el principio por el Señor. Luego menciona la Palabra siete factores que caracterizan la unidad de la Iglesia, pero el primero que aparece es que se trata de un cuerpo, un solo cuerpo; y esa manifestación de un solo cuerpo la debe ver el mundo, como lo declara el Señor en su oración: 21Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste”. El mundo debe ver la unidad. Esa declaración la he oído y la he leído, cuando dicen algunos que la unidad es cuando estemos ya con el Señor en el cielo. Pero esa manifestación debe realizarse ahora; porque en la unidad es como podemos darle la gloria a Cristo, manifestar la gloria del Señor. El Señor mismo lo dice: “22La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno”.
Volvemos a Efesios 4, donde aparecen los siete factores de la unidad: “4Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; 5un Señor, una fe, un bautismo, 6un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. 7Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo”. Pero quisiera mostrarles allí algo importante. Primero la Palabra menciona unos dones de Dios a la Iglesia: “11Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, 12a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, 13hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe (hasta que todos lleguemos a creer y vivir experimentalmente una sola cosa. Debemos conocer todo el depósito que nos dejó el Señor, y obedecerlo en la Iglesia, para que esto pueda llegar a ser una realidad) y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. Recordemos lo que dice el Señor en la oración sacerdotal: “3Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. El asunto es conocer al Señor por la Palabra y por el Espíritu.

La verdad en amor
Sigue diciendo Efesios 4: “14para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, (pongamos mucha atención al versículo 15) 15sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo”. No se puede seguir la verdad y enseñarla, compartirla, sin amor; tampoco se debe expresar el amor sin la verdad. Si yo tengo la verdad pero no tengo amor, entonces no me interesa transmitir la verdad, pues el interés para hacerlo debe emanar del amor. ¿Cuál sería otro el objetivo? ¿Qué otros intereses me motivarían? Transmitir la verdad sin amor puede herir; la verdad sin amor es fría; la verdad sin amor mata, ofende. Yo puedo tener la verdad, y de pronto me creo en el derecho de transmitir la verdad que tengo, y si viene alguien aquí que no está de acuerdo conmigo, pues “que venga para cantarle la verdad”. Pero ¿por qué pienso así? Porque no tengo amor. Cuando estoy dispuesto a “cantarle la verdad” a mi hermano, es porque no tengo amor, entonces puedo distanciarme más con él. La verdad debe ser manifestada en amor. La verdad sin amor es como un puñal que te entierran. A veces hay hermanos que nunca te vuelven a mirar debido a que tú le “cantaste la verdad”, pero sin amor. Por otro lado, el amor sin verdad da fruto; porque yo por amarte no te digo la verdad para no herirte, y tú sigues lleno de errores; también puede ser que yo te ame mucho, pero como no conozco la verdad, entonces tampoco distingo cuáles son tus errores.
Pero ¿de cuál verdad se trata? ¿Se tratará de la verdad de una organización? ¿La verdad de las tradiciones de los hombres? ¿La verdad de una facción eclesiástica? ¿La verdad de una doctrina tergiversada? No; es la verdad de la Palabra de Dios por el Espíritu. Por el amor que te tengo, no puedo compartir contigo tus errores en cuestiones fundamentales. Hay diferencias en conceptos que no son fundamentales; hay diferencias periféricas dentro de lo que vive la cristiandad. Hay cosas que no perjudican las verdades fundamentales de nuestra fe, como la verdad fundamental de la salvación en la obra de Jesucristo, la verdad de la divinidad y humanidad de Cristo, el nacimiento virginal del Señor, la verdad de la Trinidad, la verdad de la cruz, la verdad de la sangre de Cristo, la encarnación del Verbo de Dios, la resurrección y glorificación del Señor. Hay asuntos que no afectan estas verdades, como que alguno piensa que la Iglesia será arrebatada antes de la gran tribulación, otros que después. Bueno, son cosas que se pueden estudiar con calma a su debido tiempo, pero que no rompen la unidad con nuestros hermanos. Después lo vamos viendo por la Palabra. Esto no me divide de ti, pues no es una verdad fundamental. No, pues, yo no como carne. Entonces digo: Yo sí como. Pero ante eso puedo incluso callar y no comer carne delante de mi hermano. Si no hay suficiente luz en un hermano, delante de él me debo abstener de tomarme una copita de vino, o de comerme un chicharrón, porque de pronto voy a perjudicarlo. Yo sé que esto no es pecado, y que no son asuntos fundamentales, pero debo manejar con cuidado estas cosas.
Pero cuando hay verdades fundamentales de por medio, yo no puedo aceptar los errores que vayan a desviarnos de una verdad fundamental bíblica. Este versículo de Efesios enfatiza sobre la verdad en amor. No se puede tampoco obrar en amor pero sin la verdad; tenemos que tener cuidado con esto. Y todo esto lo estamos diciendo debido a que estamos tratando de trabajar en esta punta de lanza del Señor ahora. La Iglesia del Señor está desmembrada en miles de fracciones, que han fomentado la división del cuerpo. El Señor está trabajando en la unidad de la Iglesia. Dice el Señor: “23Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado”.
Hermanos, leamos en Filipenses 2, las siguientes palabras del Señor: “1Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor (se refiere al amor del Señor), si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable (profundo y sincero), si alguna misericordia, 2completad mi gozo (preciosas palabras de Pablo a los filipenses), sintiendo lo mismo (experimentando el mismo sentimiento; para que todos los hermanos lleguemos a sentir lo mismo no lo podremos lograr sin la ayuda del Señor; el Señor por Su Espíritu debe trabajar con nuestro yo y transformar nuestro modo de pensar y nuestro modo de sentir; nuestra mente y nuestro sentimientos estorban la unidad del cuerpo de Cristo), teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa”. Este mismo amor a que se refiere aquí Pablo es el amor del Señor, pues el amor nuestro jamás se nivela ni se unifica, debido a que el amor meramente humano es egoísta, no es verdadero amor. Nuestra tendencia muchas veces es tratar de amar a aquellas personas que supuestamente nos aman, que nos tienen en cuenta, que se fijan en nosotros, que somos objetos de su deferencia; pero no así el Señor; el Señor nos ama a todos por igual. Podemos estar rodeados de hermanos que nos amen; pero en los valores eternos lo importante no es que a mí me amen; lo importante no es que mí me regalen; lo importante no es que a mí me tengan en cuenta, me pongan en el primer lugar, me llamen, me feliciten, me visiten. Eso no es lo importante; eso puede incluso llegar a inflar mi ego. Entonces, ¿qué es lo importante? Lo importante es que yo ame, lo importante es que yo dé de mí de lo que el Señor me ha dado tanto en el orden material como en el espiritual, en el intelectual; que comparta de mi tiempo, de mis conocimientos, de mis bienes, de mis talentos, eso es lo importante en la praxis de la unidad de la Iglesia. Yo no puedo presentarme ante el tribunal de Cristo, y decirle: Señor, te presento estos miles de hermanos que me aman. Entonces el Señor me va a decir: ¿Pero tú los amas? ¿Te interesaste por ellos? Yo no puedo ir a dar razón de los que me aman; debo dar razón de mi propio amor ante el Juez, pero de un amor recibido del Señor, pues mi propio amor es egoísta.
Sigue diciendo Pablo: “2Completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes (de un solo ánimo, de una sola alma), sintiendo una misma cosa”. Ya leíamos que en la iglesia primitiva los hermanos tenían todas las cosas en común, y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, pues en sus corazones todo era de todos. “3Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad (¿qué es humildad? lo dice Pablo a continuación), estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; 4no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. 5Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. Ahí tenemos el tremendo ejemplo de humildad del Señor Jesús, el Dios de la gloria. Cristo no estimó el ser igual a Dios a fin de darse a favor nuestro. ¡Cuán diferente obramos nosotros los hombres! Nosotros nos aferramos a muchas cosas que ni siquiera tienen algún valor permanente. Esta mañana decía el hermano Roberto Sáez que nosotros somos los que nos aferramos a nuestro Isaac (a diferencia de Abraham). ¿Qué puede ser para nosotros nuestro Isaac? Nuestra posición política, social y religiosa; nos aferramos a nuestro sueldo, a las personas, a las cosas que nos proveen los hombres; nos aferramos a nuestro entorno, a todo lo que tenga una apariencia atractiva, emotiva; nos aferramos a nuestras tradiciones religiosas y culturales. Hay muchas cosas que nos amarran, que no queremos soltar, y mientras no las soltemos no podremos llegar a un grado en que tú y yo seamos iguales. El Señor Jesús vino a romper las desigualdades. Vino a sentar en una sola mesa a los imperialistas y a los guerrilleros, a miembros del Sanedrín con pescadores de Galilea. Esas desigualdades esquemáticas no tienen lugar en el cuerpo de Cristo.
Para guardar la unidad del Espíritu en la Iglesia de Cristo, yo debo rebajarme por amor al Señor. No debo esperar que los demás se rebajen ante mí, para que cuando eso ocurra, entonces sí considerar que ya hay motivos para irnos entendiendo, que ya nos vamos igualando; no. Yo soy quien debo tomar la iniciativa de descender de mi alto nivel (alto nivel que puede ser ilusorio y utópico), y empezar a considerarte a ti como superior a mí mismo. Cuando en la Iglesia extendida por toda la tierra, todos los que están en eminencia, todos los que ostentan jerarquías, empiecen a bajar de peldaños, entonces de pronto empiece a haber principios de verdadera voluntad de guardar la unidad del Espíritu en el cuerpo de Cristo.
La unidad de la Iglesia no se relaciona con el mundo. El Señor Jesús en su oración sacerdotal, expresó al Padre: “24Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. 25Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste”. Allí el Señor se refiere al mundo. El mundo no ha conocido a Dios. ¿Cuál es ese mundo al que se refiere el Señor y del cual hace un contraste con los discípulos? En el versículo 9 dice el Señor: “9Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son”. Aquí la palabra mundo no necesariamente se refiere a los hombres, pues la Palabra dice que “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”, entonces necesariamente (aunque algo de eso puede haber) en este caso los hombres son el mundo, sino que el énfasis recae sobre el mundo de maldad, el mundo de corrupción, el mundo satánico que ha llevado a la sociedad al momento histórico que vivimos. La gloria es del Señor.
Nosotros vemos que la cristiandad se tergiversó tanto, que han reemplazado la verdad bíblica revelada por el Espíritu, por tradiciones de factura humana; como lo dice el Señor en Mateo 15. Allí el Señor nos dice algo también a nosotros los creyentes del siglo 21, no solamente se los dice a los fariseos y a aquellos que le escuchaban. “3Respondiendo él, les dijo: ¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?” Y el verso 6 repite y aclara: “Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición”. Una tradición que no provenga de la revelación divina, puede tener cien años, o quinientos, o dos mil años, si esa tradición trata de reemplazar la Palabra de Dios, está invalidándola, y llenando a los hermanos de mitos y de mentiras, y desviándolos de la verdadera verdad (con perdón de la redundancia) de Dios por la Palabra y el Espíritu.
 
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