Edificando Filadelfia
  PÉRGAMO
 
 

 

Capítulo III

PÉRGAMO


SINOPSIS DE PÉRGAMO


Antecedentes de un matrimonio múltiple
Compromiso matrimonial donde mora Satanás- El trono de Satanás - El altar de Pérgamo - Matrimonio de la Iglesia con el mundo y el Estado - La Iglesia morando en la tierra.

Consolidación del matrimonio infiel
Constantino el Grande y el Edicto de Tolerancia - La Doctrina de Balaam: La corrupción del pueblo santo - El camino de Balaam: Amor al premio de la maldad - El error de Balaam: Los falsos profetas que corren tras el lucro.

Frutos del matrimonio
La falsa conversión de Constantino y la perversión de la Iglesia - La doctrina de los nicolaítas y la creación del clero - El cristianismo: religión oficial del Imperio Romano- Las dos capitales del Imperio: Roma y Constantinopla - Reacciones de los santos: el ascetismo de los eremitas.

Exponentes de la patrística en Pérgamo
Eusebio de Cesarea - Atanasio de Alejandría - Basilio el Grande - Gregorio de Niza - Gregorio de Nacianzo - Ambrosio de Milán - Jerónimo - Juan Crisóstomo - Agustín de Hipona.

Algunas herejías en Pérgamo
La reacción cismática donatista - Arrio y la negación de la divinidad de Cristo en el Concilio de Nicea - Apolinar y la negación de las dos naturalezas en Cristo - Pelagio y la negación de la depravación innata en el hombre - Nestorio y su afirmación de que Jesús al nacer sólo era la persona humana, al que más tarde vino el Cristo, el Logos divino.

Los vencedores de Pérgamo
Tercera recompensa: El Señor les dará a comer el maná escondido y una piedrecita blanca, y en la piedrecita un nombre nuevo, nombre que sólo conoce el vencedor que lo recibe.

LA CARTA A PÉRGAMO
"12Y escribe al ángel de la Iglesia en Pérgamo: El que tiene la espada aguda de dos filos dice esto: 13Yo conozco tus obras, y donde moras, donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas mi testigo fiel fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás. 14Pero tengo una pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Baalam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación. 15Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco. 16Por tanto, arrepiéntete; pues si no, vendré a ti pronto, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca. 17El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe" (Apo. 2:12-17).

El trono de Satanás
La antigua, rica y pintoresca ciudad griega de Pérgamo estaba ubicada en la Misia, a 12 kilómetros al norte de Esmirna y al noroeste de Asia Menor. Desde el siglo tercero antes de Cristo fue una de las ciudades más importantes del mundo helenístico, provista de artísticos monumentos, con una famosa biblioteca, y bajo el reinado de Eumenes II, allí se fabricó por primera vez el pergamino, que tomó el nombre de la ciudad, para sustituir al papiro como medio de escritura. Pérgamo se destacó por ser un gran centro de idolatría, ciudad de templos y altares dedicados a muchos dioses, a los cuales les ofrecían cultos paganos mientras practicaban toda clase de desenfrenos.
No obstante a lo anterior, sus habitantes eran tolerantes hacia otros cultos, y debido a eso, en Pérgamo no hubo persecución hacia los cristianos como en Esmirna. De la época grecorromana se conservan de sus ruinas la Acrópolis, que incluye entre otros el templo dórico de Atenea Polias, un templo corintio llamado Traianeum, y un templo de estilo jónico, dedicado en un principio a Dionisos y posteriormente al emperador romano Caracalla. También tenían el templo a Esculapio, el dios de la medicina, el que es representado por un humano con una serpiente, al cual se le atribuía poder curativo. Era tanta la actividad idolátrica, que hay corrientes exegéticas que conjeturan que el trono de Satanás, el cual se encontraba desde el principio en Babilonia, sede de su dominio desde cuando lo recibió a la caída de Adán, más tarde a la eventual caída y destrucción de Babilonia, ese trono fue trasladado a Pérgamo, conforme lo dice la carta. Y lo curioso es que se registra la existencia en esta ciudad del Altar de Pérgamo, el altar del templo de Zeus, construido bajo el reinado de Eumenes II, y que hoy se conserva en el Pergamon Museum de Berlín. ¿Será mera casualidad? Zeus era el dios supremo del Olimpo de los griegos; el mismo Júpiter de los romanos, llamado el Optimus Maximus; el mismo dios babilónico Marduk, "señor de todos los dioses del cielo y de la tierra", según ellos; lo cual no es otra cosa que una especie de materialización del mismo diablo en procura de la adoración de los hombres.
Al desglosar con más detenimiento la aseveración anterior, debemos trasladarnos a la Biblia para saber el lugar aproximado de la ubicación topográfica del Edén, escenario de la caída de Adán. En Génesis 2:10-11,13-14 dice: "10Y salía de Edén un río para regar el huerto, y de allí se repartía en cuatro brazos. 11El nombre de uno era Pisón; éste es el que rodea toda la tierra de Havila, donde hay oro. 13El nombre del segundo río es Gihón; éste es el que rodea toda la tierra de Cus. 14Y el nombre del tercer río es Hidekel (nombre hebreo del río Tigris); éste es el que va al oriente de Asiria. Y el cuarto río es el Eufrates". Lo anterior nos indica que el Edén estuvo ubicado en la antigua Mesopotamia y la región de Shinar, donde fue edificada la ciudad de Babilonia.
De acuerdo con el capítulo 3 de Génesis, allí el hombre fue despojado, por las artimañas del diablo, de su señorío sobre la tierra, y empezó Satanás a ser el príncipe de este mundo. Allí constituyó su trono. Pero el diablo necesitaba un centro de operaciones, y fue así como después del diluvio, bajo su iniciativa los hombres empezaron a construir el primer gran zigurat o torre sagrada para que lo adorasen y consultaran a los astros, el cual se conoce como la torre de Babel; palabra que en la raíz hebrea significa confusión, pero en el idioma acadio quiere decir puerta de Dios. La torre de Babel es un símbolo diciente del orgullo humano. Se nos antoja suponer esa torre como el primer símbolo de Tiatira, la gran organización religiosa que tuvo sus orígenes en Pérgamo. De acuerdo con los descubrimientos de la arqueología, en esta torre se apoyaba el templo dedicado en Babilonia al dios Marduk.
Encontramos en el capítulo 10 de Génesis (cónfer Gé. 10:8-11) que un nieto de Cam llamado Nimrod fue quien fundó a Babilonia y otras ciudades como Nínive; fue el primer poderoso en la tierra, gran cazador oponente de Dios, quien como líder político y religioso organizó a las multitudes fundando ciudades amuralladas para que se protegieran de las fieras. Ese fue el origen de la religión babilónica y Nimrod fue su primer sumo pontífice, el primer puente, intermediario, ya no entre los hombres y Dios, sino con vínculos directos con Satanás, título que heredaron los subsiguientes gobernantes y reyes babilónicos. El nombre Nimrod significa rebeldía y él mismo guió a la gente a rebelarse contra Dios al coadyuvar la adoración al príncipe de las tinieblas. Es posible que haya tenido gran liderazgo en la construcción de esa primera torre de confusión.
Pero el imperio babilónico tuvo su fin y llegó el día en que Babilonia fue destruida para siempre, conforme lo habían declarado los profetas en la Palabra de Dios (cfr. 13:19-22 y Jeremías 51:61-62, entre otras.); mas el sistema religioso babilónico no fue destruido y Satanás necesitaba reubicar la sede de su trono, para lo cual escogió trasladarlo a Pérgamo, ciudad de la cual hizo un influyente centro idolátrico. Allí, los reyes de Pérgamo recibieron el trasmisible título babilónico de sumo pontífice. Pero el último rey de Pérgamo, Atalo III, legó sus dominios a Roma en el año 133 a. C., pasando virtualmente el trono de Satanás a Roma, la capital del imperio en que convergen las profecías que se relacionan con la Iglesia, y en donde aún continúa. En Roma, el emperador, además de jefe político, también llegó a ser el sumo pontífice (pontifex máximus) de la religión babilónica, satánica; y recibió ese título del rey de Pérgamo, el cual a su vez ancestralmente lo había recibido de Babilonia. Cuando Juan escribió esta carta en Patmos, ya la histórica ciudad de Babilonia no existía, pero seguía existiendo otra ciudad que era la sede del gran sistema babilónico que ha llenado y sigue llenando de confusión a toda la humanidad hundida en esa corriente.

Matrimonio con el mundo
"Y escribe al ángel de la iglesia en Pérgamo: El que tiene la espada aguda de dos filos dice esto" (v.12).
La tercera carta de Apocalipsis está dirigida a la histórica iglesia en la localidad de Pérgamo, cuyas características coinciden con el tercer período profético de la Iglesia, que tiene su comienzo con la publicación del Edicto de Tolerancia religiosa hacia el cristianismo, promulgado por el emperador Constantino en Milán en el año 313, dando los primeros pasos para la aceptación del Cristianismo como la religión del imperio, hasta finales del siglo quinto, por la eventual caída de Roma en 476. Es sumamente importante observar en cada una de las siete localidades geográficas e históricas de las siete iglesias de Apocalipsis una serie de coincidencias entre el trasfondo cultural, religioso e histórico de la ciudad con la condición de su respectiva iglesia local y el período profético correspondiente. Por ejemplo, cuando Juan escribe la carta a la iglesia en Pérgamo, uno puede inferir una triple alusión. Por una parte se refiere a la iglesia en esa localidad; por otra a Pérgamo, la ciudad, sede del gran altar de Zeus, o trono de Satanás, y por la otra a Roma, capital del poderoso imperio cuyo emperador ostentaba el título satánico de sumo pontífice, con el cual la Iglesia se unirá en matrimonio en el período profético de Pérgamo.
La palabra Pérgamo significa muy casado (del prefijo griego per, como en hiper, super, o en los compuestos químicos como permanganato, y la raíz gamo, gameté, esposa, o gamétes, marido, de donde surgen palabras como gameto, poligamia), matrimonio múltiple, compromiso matrimonial, y eso nos indica que el diablo, viendo que por medio de las herejías y las persecuciones no había podido acabar con la Iglesia, le pone fin a las persecuciones y ahora opta por usar otra táctica, la de corromperla, promoviendo la unión en matrimonio de la Iglesia de Jesucristo con el mundo, con su política, su economía y su religión. Durante las épocas de Efeso y Esmirna, Satanás, convertido en un león rugiente, atacaba a la Iglesia por medio del mundo; ahora, vestido como ángel de luz, usa al mundo para darle una calurosa bienvenida a la Iglesia que antes trató de destruir. La Iglesia de Jesucristo sufrió dura y cruel persecución, pero el Señor le había dicho: no temas; pero el peligro para la Iglesia realmente surgió y se acrecentó cuando el estado se alió con el cristianismo. Ese elemento extraño llamado mundo comenzó a mezclarse con la misma naturaleza santa y pura de la Iglesia, y eso nos da la idea de que a la Iglesia se le dio un lugar importante en el estado, dotándola asimismo de los grandes templos paganos; aparentemente empieza a prosperar, y empieza a ser ubicada en una posición alta, pero en el mundo, para recibir la gloria del mundo, no en los lugares celestiales con Cristo Jesús. La Iglesia empieza a recibir fortalecimientos espurios y se ha vuelto mundana, o como se dice, pasó de las garras de los feroces leones, a ocupar un sitial de honor en el trono imperial. La Iglesia debe orar por el gobierno y las autoridades del estado para que no haya anarquía, pero no unirse y mezclarse con el estado.
La Iglesia es la novia de Cristo, casta y pura; ya está desposada con el Señor, y por eso la unión de la Iglesia con el mundo es considerada fornicación espiritual. Debido a eso, el Señor se le presenta como el que tiene la espada aguda de dos filos. ¿Qué simboliza esto? La Palabra misma nos da la respuesta. "Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón" (Heb. 4:12). Por una parte el Señor le dice a la Iglesia que con esa espada inevitablemente va a separar esa unión de Su Iglesia con el mundo, y va a discernir y juzgar esa unión. El Señor tiene toda la autoridad para ejecutar esta sentencia. A través de la historia, el Señor fue dando los pasos necesarios para cumplirlo. La espada también es un instrumento de castigo, y el Señor no está conforme con la iglesia mundana, la cual retiene el nombre del Señor, pero en la práctica lo niega, porque con el tiempo empezó a olvidarse de Su nombre y a negar la auténtica fe.
Hay textos de historia eclesiástica que titulan este período como La Iglesia Imperial, con el sugestivo subtítulo de la victoria del cristianismo. Ambas cosas son muy cuestionables. En primer lugar porque la Palabra de Dios no avala la afirmación de que haya iglesia imperial; la Iglesia de Jesucristo no es imperial, pues una iglesia imperial no es bíblica, y lo que no obedece los principios bíblicos se aparta de la voluntad de Dios. La Iglesia no puede ser imperial y celestial a la vez. No puede al mismo tiempo ocupar los lugares celestiales con Cristo y un sitial prominente entre los grandes de la tierra. Y en cuanto a la "victoria", la consideramos una victoria pírrica, por no decir que una verdadera derrota. Considérese si es victorioso que la Iglesia paulatinamente entre a heredar las costumbres de las observancias, formas y ceremonias paganas, bastando un cambio de nombres y modificaciones en la adoración; e incluso los templos de los dioses del Olimpo sean "consagrados" para adorar al Señor, como actualmente sucede en Italia, que templos católicos de algunas provincias, eran templos donde se rendía culto a la diosa Diana. A estas construcciones con el tiempo se les llamó "iglesias", término impropio para los edificios, pues la Iglesia es la asamblea de los santos; con esto tomaron el continente por el contenido. No puede ser victorioso para la Iglesia de Jesucristo el que una vez llena de poder secular, deje de ser el Cuerpo que exprese al mundo el conocimiento del Dios verdadero y de Su Cristo, para influir en el mundo como vehículo de salvación, sino ver al mundo dominando a la Iglesia.
En la Iglesia la prosperidad secular es inversamente proporcional a la prosperidad espiritual. Por ejemplo, en sus albores la Iglesia se reunía para adorar en casas particulares; después y por causas de las persecuciones, se reunían los hermanos en los cementerios, como las catacumbas romanas, y tras la "conversión" de Constantino empezó la construcción de hermosos templos, y se empezaron a introducir las costumbres y protocolo imperiales, como el uso del incienso, vestimentas ricas de origen judeo pagano a los oficiantes del servicio, procesiones, y desarrollos de coros. Todo eso tuvo como resultado que la congregación, desconocedora de un lenguaje o idioma desueto como el latín, tuviera menos parte activa en el culto o servicio, y su consecuencia fue un desarrollo anormal de la apariencia del reino de Dios en la tierra, porque en la era actual la Iglesia de Jesucristo es la expresión del reino en la tierra. Con el correr de los siglos, esto también se vive en el protestantismo. Ahí tenemos la parábola de la semilla de mostaza.
31Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo; 32el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas” (Mt. 13:31-32).
En esa parábola vemos que desde antes del tiempo de Pérgamo, a partir de su humilde nacimiento, la Iglesia se fue convirtiendo en un gran árbol que empezó a producir alimento espiritual para todas las naciones, con el agravante de que en la apariencia del Cristianismo, ha habido la nefasta influencia de millones de creyentes falsos, incluso de personas con intereses malignos. A partir de Pérgamo, la Iglesia empezó a sufrir una metamorfosis, y en vez de ser peregrina en la tierra, se estableció en este mundo, arraigándose en la tierra, como el árbol de la parábola, y entre sus ramas fueron surgiendo muchos recovecos de organizaciones, proyectos y operaciones terrenales, con una engañosa apariencia del reino de los cielos. Y en tiempos del emperador romano Teodosio el Grande (380), multitudes de incrédulos y paganos fueron bautizados e ingresaron a la “iglesia”, ya unida al mundo por medio de sus tentáculos de la política, la economía y la religión babilónica. La esposa el Cordero le había sido infiel al Señor.

La Iglesia morando en la tierra
"13Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas mi testigo fiel fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás".
Es curioso y asombroso cuando la Palabra de Dios nos revela la cara oculta de las cosas y acontecimientos históricos. Por ejemplo, no es una coincidencia que en la localidad de Pérgamo, a la par de existir el famoso altar de Zeus, se levantaran asimismo sendos templos a Roma y a Augusto, que son vivos y dicientes ejemplos del culto imperial. Indudablemente que cuando la Biblia dice que allí está el trono de Satanás, se refiere al altar del dios Zeus en asocio al lugar de adoración al emperador. Eso también aclara que el trono de Satanás está en el mundo, y por eso la Palabra de Dios dice que la iglesia mundana mora donde mora Satanás. Eso significa que la iglesia mundana se ha unido al mundo y guarda estrecha relación con Satanás hasta el día de hoy.
En todas y cada una de las siete cartas hay una constante: el Señor le dice a cada iglesia, "Yo conozco tus obras". ¿Qué hace la Iglesia en esta época? Excepto un pequeño remanente, una ola de orgullo, ambición, arrogancia y mundanalidad fue sustituyendo la santidad y la humildad de los cristianos primitivos. La verdadera posición de la Iglesia es con Cristo en lugares celestiales; no es una asamblea terrenal como el pueblo hebreo, sino peregrina en la tierra. La Iglesia no debe enredarse en los negocios de este mundo, pues nuestro verdadero hogar está con el Señor en los cielos. El Señor mismo nos dio ejemplo en esto; en este sentido El jamás se preocupó sino por ser un transeúnte, un residente temporal en este mundo, a tal punto que llegó a decirle a alguien que se brindó a seguirle, que El no tenía ni una piedra donde recostar su cabeza. Pero llega el momento en que la Iglesia desprecia el oro fino y legítimo, dejándose deslumbrar por el brillo del oropel, y en vez de seguir de peregrina en esta tierra, prefiere morar en ella, donde tiene su trono Satanás.
Satanás tiene su trono en esta tierra; él es el príncipe de este mundo, y la ciudad geográfica donde está ubicado ese trono no es otra que Roma, la capital del imperio dominante en el tiempo de escribir Juan esa carta a Pérgamo. En Roma también tiene su centro de gobierno el sumo pontífice satánico, el emperador mismo. Allí empezó a "prosperar" la Iglesia. ¿Será esta la clase de prosperidad que el Señor quiere para Su Iglesia? ¿Quiere el Señor que Su Iglesia santa escale posiciones terrenales, influencia mundana y gloria de los hombres? ¿Quiere el Señor que Su Iglesia sin mancha ni arrugas se siente a gobernar con el mundo? ¿No será que la pretendida "victoria" en los tiempos del emperador Constantino fue una salvaje oleada de derrota y corrupción para la Iglesia de Jesucristo?
El Señor aborrece que Su amada habite donde su enemigo tiene el trono. El Señor aborrece que Su Iglesia, para las reuniones, en vez de las casas de los hermanos, o modestos salones, empiece a imitar al mundo construyendo magníficos palacios con la forma y el nombre de la basílica romana o salón de la corte. El Señor aborrece que mucha gente se apresuró a hacerse miembro de la Iglesia, en procura de ganancia personal. Satanás no pudo acabar con la Iglesia por medio de las persecuciones, entonces decide darle la bienvenida, acogerla para volverla mundana, para corromperla.
Se menciona a un mártir llamado Antipas, testigo fiel del Señor, y que fue muerto entre los hermanos en Pérgamo, y repite, "donde mora Satanás". Antipas en griego significa contra todo. Nada más se sabe de este importante mártir cristiano que murió por mantenerse fiel al Señor, por no querer contaminarse y negar al Señor, por estar contra todo lo que la iglesia mundana introdujo en la vida de la Iglesia. Hay afirmaciones en el sentido de que los historiadores Bolandistas o Bolandos (pertenecientes a una sociedad fundada en el siglo XVII por el jesuita Jan van Boland, encargada de realizar un estudio crítico de las biografías del santoral católico), expurgaron de leyendas las Actas de los Mártires, y dicen ellos que Antipas fue martirizado en Pérgamo en tiempos del emperador Domiciano, y quemado dentro de un buey de bronce. Tertuliano también da testimonio de que Antipas fue obispo de esa iglesia, y de que al no obedecer los decretos del emperador en el sentido de tomar parte en la adoración y sacrificios a Esculapio, entonces fue sacrificado, en el mismo tiempo cuando el apóstol Juan fue deportado a la isla de Patmos.
Antipas es el arquetipo de los cristianos fieles al Señor hasta el martirio. Mientras esos hermanos fieles vivieron, la Iglesia se mantuvo firme, y morían durante las persecuciones por no negar su fe; los santos preferían morir antes que negar la fe y el nombre del Señor. Pérgamo, a pesar de morar en la ciudad que más se dedicaba a la idolatría en todo el Asia, con todo eso, permaneció fiel al nombre del Señor. Los paganos gritaban: “César es el señor”, pero había muchos creyentes que, como Antipas, confesaban: ”Jesús es el Señor”. Aunque es de entender que la época profética de Pérgamo se fue desarrollando mediante un proceso, no es menos cierto que una vez muertos los hermanos de la época de Esmirna, los mártires, sobrevino no ya un desliz, sino un derrumbe estrepitoso en la Iglesia del Señor. Vivimos tiempos en que es necesario tener el espíritu de mártir, si queremos testificar contra la iglesia mundana.
Terminó un período en que nadie se unía a la Iglesia buscando ganancia mundana, o en procura de celebridad; se había ido la época en la cual sólo permanecían los que estaban dispuestos a ser fieles hasta la muerte, y solamente esa clase de siervos era de los que se hacían abiertamente seguidores de Cristo. Sin embargo, y a pesar de empezar a serle infiel al Señor, casándose con el mundo, la Iglesia continuó reteniendo el nombre del Señor por algún tiempo; siguió sin asumir nombre alguno de organización de origen humano; porque el nombre denota la realidad de la persona del Señor. A pesar de que la Iglesia estaba experimentando un proceso de alejamiento aun mayor que el nivel original donde el Señor la había colocado al principio, abandonando el consejo de Dios, descuidando el depósito del Señor y los principios bíblicos, notamos que aún había quienes se preocupaban por no negar su fe en el Señor.

El edicto de tolerancia
¿Qué ocurrió para que la Iglesia decidiera morar en el mundo?  El Señor había bendecido de tal manera a la Iglesia, que algunos opinan que la mitad de la población del Imperio Romano ya era cristiana a comienzos del siglo cuarto de nuestra era. Eso era percibido por los gobernantes imperiales, y estaban convencidos de que la Iglesia era inexpugnable e indestructible, y lo habían comprobado con la persecución de Diocleciano (303-304), por medio de la cual el paganismo intentó, con una fiereza sin parangón en el pasado, aniquilar la Iglesia de Cristo.
Surge Constantino en la escena política del Imperio y decide “aceptar” al cristianismo; al parecer no hubo en él verdadera conversión a Cristo, y aunque sus motivos fueron más bien políticos, ese evento significó una decisión transcendental. En el año 313, Constantino y Licinio, con quien hasta esa época compartía el poder sobre el Imperio, reunidos en Milán, publican el llamado Edicto de Milán, el cual consigna la libertad religiosa y la igualdad de derechos para los cristianos, la devolución de los bienes expropiados a los cristianos y la aparente abolición del culto estatal. Posteriormente, mediante el Edicto de Tesalónica, del año 380, el cristianismo fue establecido como la religión oficial del Imperio. (Ver en el apéndice de este capítulo el texto de los edictos).

La doctrina de Balaam
"Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación" (v.14).
¿Qué es la doctrina de Balaam? ¿Por qué dice el Señor que algunos la estaban reteniendo en esa época? Balaam fue un codicioso profeta de los gentiles, quien conocía al verdadero Dios, y que aparece como protagonista en el libro de Números, durante el paso del pueblo hebreo por las tierras de Moab, en su peregrinaje por el desierto hacia la tierra prometida. El nombre Balaam significa desviador del pueblo, y a ese fin encaminó su ministerio. Al principio Balaam pudo haber sido un profeta de Dios, pero por ganancia deshonesta y por congraciarse, se convirtió en mercenario y desvió el camino de la verdad. Balac, a la sazón rey de Moab, le ofreció dinero a Balaam para que maldijera al pueblo hebreo, pues temía que el eventual cruce del pueblo de Dios por sus tierras le ocasionara perjuicios, como le había sucedido con el amorreo. Dice la Palabra de Dios que cuando llegaron los emisarios del rey con la paga para que Balaam fuera a realizar su nefasto trabajo, Dios le dijo con mucha claridad a Balaam: "No vayas con ellos, ni maldigas al pueblo, porque bendito es" (Núm. 22:12). Pero Balaam le insistió y el Señor le permitió ir, pero con la condición de que hiciese lo que Él le dijere, constituyendo éste uno de los ejemplos bíblicos más exponentes de la voluntad permisiva de Dios. Balaam sabía muy bien que no era la voluntad perfecta de Dios que acudiera a ese llamado. El Señor no iba a permitir que nadie maldijera a su pueblo.
Instigado por el rey Balac y por sus reiterados ofrecimientos de paga, por mucho que lo intentó, Balaam jamás pudo maldecir al pueblo de Dios, pues Dios iba frustrando los esfuerzos de Balac para lograr su perverso cometido. Entonces ocurrió lo que la Palabra de Dios llama la doctrina de Balaam; es decir, el profeta usa una astuta estrategia para hacer caer en pecado al pueblo hebreo delante de Dios, pues le aconsejó a Balac quien, siguiendo esas instrucciones, corrompió al pueblo de Israel procurando unirlo con las mujeres gentiles por la atracción del desenfreno sexual y luego la adoración de imágenes. "1Y el pueblo empezó a fornicar con las hijas de Moab, 2las cuales invitaban al pueblo a los sacrificios de sus dioses; y el pueblo comió, y se inclinó a sus dioses. 3Así acudió el pueblo a Baal-peor; y el furor de Jehová se encendió contra Israel" (Núm. 25:1-3). Como consecuencia hubo una gran mortandad entre los varones del pueblo de Israel y matanza de los madianitas, incluido el propio Balaam, y los israelitas "8mataron también, entre los muertos de ellos, a los reyes de Madián, Evi, Requem, Zur, Hur y Reba, cinco reyes de Madián; también a Balaam hijo de Beor mataron a espada. 15Y les dijo Moisés: ¿Por qué habéis dejado con vida a todas las mujeres? 16He aquí, por consejo de Balaam ellas fueron causa de que los hijos de Israel prevaricasen contra Jehová en lo tocante a Baal-peor, por lo que hubo mortandad en la congregación de Jehová" (31:8,15,16).
Satanás no había podido acabar con la Iglesia. Así como Balac tuvo temor de este pueblo numeroso que se le había metido dentro de sus dominios, Constantino propicia una fusión, un matrimonio de la Iglesia con la religión babilónica, invitando a lo que la Palabra de Dios llama "comer de cosas sacrificadas a los ídolos", y que a la postre se degenera en una confusión entre la sociedad política y religiosa, que, por los conflictos del perverso corazón humano, lleva implícito el problema del poder, y no cualquier poder, sino aquel en que los emperadores se reservan los "divinos" derechos, y que se destaca a su debido tiempo y se conoce históricamente como el cesaropapismo.
No se llega aun a comprender la razón por la cual ha existido la opinión de que la incursión y ejecutoria de Constantino en la vida de la Iglesia de Jesús, constituyó para ella una gran victoria, alegando para ello haber decretado poner fin a las persecuciones a los santos y haberla llenado de prebendas, libertades y encumbramientos, y se habla incluso de que la Iglesia ha entrado en crisis en nuestros días debido en parte a que recientemente hemos llegado al fin de la era constantiniana. Constantino abrió las puertas a los cristianos para acceder a los más altos cargos de la administración imperial, como el de consulado, prefectura de Roma y prefectura del Pretorio. Asimismo concede al cristianismo un estatuto jurídico especial, por medio del cual los dirigentes eclesiásticos entran a gozar de privilegios, equiparándose a los funcionarios civiles. Constantino fue el principal instrumento inicial de Satanás para introducir en el cristianismo todos los misterios de la religión antigua babilónica, la que se inició con Nimrod cerca de la época del diluvio y la edificación del zigurat llamado Torre de Babel, que luego se consolidó en Tiatira con la Iglesia Católica Romana, dando solidez y continuación al misterio de iniquidad ( Cfr. 2 Tes. 2:7) con el papado, que con sus argucias y su astucia ha llegado a consolidar el culto a la antigua reina del cielo babilónica, con todo su séquito de abominaciones.
¿Tiene la doctrina de Balaam sus incidencias hoy? Objetivamente las pomposas enseñanzas religiosas, en el nombre de enseñanzas terrenales, han opacado la santidad y menguado el testimonio fiel en el seno de la Iglesia, no mirando con buenos ojos que los hijos de Dios practiquen la apropiada fe cristiana, alejándose de lo mundano, no participando de sus no limpias empresas ni asociándose a sus organizaciones; y en la “iglesia” mundana algunos comenzaron a enseñar muchos de esos desvíos, hasta que el pueblo llegó a la ejecutoria plena de la idolatría. Si no se retiene el nombre del Señor, el resultado final es la idolatría y la fornicación.
Esa doctrina o enseñanza distrajo a los creyentes, y como consecuencia cayeron en la idolatría, apartándose de la persona de Cristo, de Su adoración y pleno goce. Incitar a comer de lo sacrificado a los ídolos y a la fornicación, se relaciona con lo que entre los paganos era llamado “sagrada prostitución”, ya que la practicaban en sus propios templos en honor de sus dioses. Aquí la fornicación tiene la connotación de apostasía (cfr. Números 25:18). Tanto la doctrina de los nicolaítas como la de Balaam encierran falsedad, seducción, tentación e inducción a la apostasía. La mezcla de las enseñanzas y ritos paganos con las doctrinas cristianas se llama sincretismo.
Comer de lo sacrificado a los ídolos es también volverse a las meras doctrinas, las cuales conducen a la fornicación y a la idolatría. Nuestro alimento verdadero es Cristo. No se nos olvide que hoy abundan los predicadores por contrato, asalariados, no llamados por Dios. Las multitudes en el cristianismo de hoy corren tras esa clase de predicadores, y por eso son desorientados. Eso se consigue mediante la doctrina de Balaam; se desvía a los creyentes de la persona de Cristo hacia la idolatría; cualquier clase de idolatría.

El camino de Balaam
Además de la doctrina de Balaam, la Palabra de Dios registra el camino de Balaam. ¿Cuál es ese camino de Balaam? Nos lo responde Pedro, cuando dice: "15Han dejado el camino recto, y se han extraviado siguiendo el camino de Balaam hijo de Beor, el cual amó el premio de la maldad, 16y fue reprendido por su iniquidad; pues una muda bestia de carga, hablando con voz de hombre, refrenó la locura del profeta" (2 Pe. 2:15-16). En el contexto Pedro está describiendo el carácter y conducta de los líderes y profetas engañadores, como consecuencia directa de la doctrina; es decir, quienes como Balaam, desprecian el señorío y la voluntad de Dios por andar por el camino de las componendas y usando el don profético y el llamado de Dios para el propio medro y ganancia personal. Se fue introduciendo en la Iglesia un tipo de siervos proclives tal vez a servir simultáneamente a Dios y a sus propios intereses, dentro de ese espíritu de casamiento con el mundo de Pérgamo, y tarde o temprano enfrentándose inevitablemente a la desaprobación y condenación del Señor. Aún está en boga en estos tiempos contemporáneos el predicar por amor al dinero, el buscar la congregación de mayores ingresos, el introducir en la asamblea de los santos los métodos y modo de actuar del mundo, tales como la psicología de masas, manejo de luces, control emocional mediante la música, etcétera, que acondicionan emocionalmente al alma.
Téngase en cuenta que en Mesopotamia y región de Babilonia, antigua tierra habitada por los sumerios y acadios, en donde originalmente estaba el trono de Satanás, cada ciudad estaba bajo la protección de un dios específico, al cual, junto con su numeroso séquito de dioses menores, le habían construido un magnífico templo. Los sacerdotes que servían allí cumplían asimismo una función financiera, debido a que las riquezas del templo incluían gran parte de las tierras y ganado de la ciudad. Se dice que el complejo religioso dominaba la ciudad económica y socialmente. Sus salas de culto a menudo estaban elevadas sobre una plataforma ubicada por encima de las viviendas del resto del pueblo. ¿Será todo esto mera casualidad frente a lo que sucedió con la Iglesia desde los tiempos de Constantino? Muchas de las capillas, templos o santuarios del paganismo pre-cristiano fueron transferidos para el servicio cristiano, junto con sus dotaciones monetarias. Pero lo curioso y lamentable es el hecho de que muchos de sus sacerdotes paganos y aun sus hijos, como algo hereditario, pasaron directamente al cuerpo del clero cristiano, y algunos fueron hechos obispos.
Constantino proporcionó a la Iglesia exactamente lo mismo que Balac había hecho con Israel. Con el enriquecimiento material, la condujo al adulterio espiritual y a la idolatría. Después de Constantino, las iglesias empezaron a recibir subsidios oficiales, por lo menos en las grandes ciudades. Es más, se creó un patrimonio eclesiástico, gracias a las oblaciones y ofrendas de los fieles y el favor económico de los emperadores, y tal patrimonio es administrado con completa autonomía por el obispo, quien al tiempo disfruta de exención fiscal, asunto este que se ha perpetuado a través de los siglos. A los eclesiásticos el Imperio les concedió un estatuto privilegiado, consistente en libertad para disponer del patrimonio, inmunidad fiscal, o sea, que jamás han pagado impuestos, dispensa de cargos curiales, etcétera. Pero esa iglesia mundana se empobreció espiritualmente, y empezaron a recibir oleadas de gente sin conversión y llegaron a la práctica del bautismo infantil.

El error de Balaam
El camino de Balaam está íntimamente asociado con el error de Balaam descrito en Judas 11. Allí el apóstol también describe las características de los falsos maestros y el destino que les espera, trayendo a colación el asunto que casi siempre registra el falso maestro, la ambición y el deseo de ganancia personal. Allí dice: "¡Ay de ellos! porque han seguido el camino de Caín, y se lanzaron por lucro en el error de Balaam, y perecieron en la contradicción de Coré".
Las cosas que narra el Antiguo Testamento son también arquetipos de los eventos cumplidos en el Nuevo y lo relacionado con la Iglesia. Lastimosamente vemos que la Iglesia fue institucionalizada e integrada al sistema político de Roma, de tal manera que aquel aspecto de comunidad espiritual de fieles (Ecclesia) desafortunadamente pasó a un segundo plano. Bajo esa amenaza decretada por medio de los edictos, las "conversiones" de la población se efectuaban en masa, sin el debido arrepentimiento, cuántas veces sin conocer quién era el Señor y su obra expiatoria. Empezó a experimentarse un marcado desnivel entre la moral cristiana del tiempo de las persecuciones y la de este período de Pérgamo; muchos cronistas atestiguan que hombres ambiciosos e inescrupulosos procuraban puestos en la Iglesia para obtener ganancias económicas e influencia social y política. Ese es el camino de Balaam. Muchos de los cristianos nominales ofrecían sólo adoración externa, de labios, pues seguían siendo paganos de corazón. En esas conversiones en masa, odres viejos entraron a recibir un vino nuevo y ¿cuál fue el resultado? Los odres se rompieron y en muchas de esas vidas se perdió el vino.

Constantino el Grande
Al intentar perfilar la personalidad y las intenciones del personaje histórico conocido como Constantino el Grande, deseamos hacerlo pasando por alto muchos lugares comunes, cuidándonos de afirmar lo que sólo Dios y Constantino mismo pueden dar fe como cierto o falso. Tengamos en cuenta que no todos los hechos de un político ambicioso demuestran que sea el gobernante ideal, y un rasgo típico de Constantino fue el de ganarse el favor de sus súbditos (incluidos los cristianos) mostrando clemencia y sabiduría en sus edictos y otros actos gubernamentales. Pero la historia narra el lado opuesto de la moneda, cuando se afirma que los viñedos que generaban los recursos de la ciudad se anegaban por falta de drenaje, mientras el emperador dilapidaba los fondos públicos en lujos y la construcción de un palacio suntuoso en Tráveris; o ganarse la simpatía de los galos explotando sus más bajas pasiones brindándoles en el circo espectáculos cruentos donde morían tantos bárbaros cautivos, que alguien comenta que hasta las bestias se hastiaron de la matanza.
¿Realmente se convirtió Constantino al Señor Jesucristo? Esto se ha cuestionado mucho, mas podemos sacar algunas conclusiones aportando las siguientes razones. Era una época en que se creía que el bautismo borraba los pecados cometidos, por lo cual Constantino determinó no bautizarse sino en su lecho de muerte, y pese a ello se consideraba a sí mismo "obispo de obispos". Los obispos que le rodeaban, ni el mismo Osio de Córdoba, que era su consejero en materias eclesiásticas, jamás protestaron por el hecho de que Constantino aún después de su "conversión" continuara participando en ritos paganos prohibidos para cualquier cristiano. Ahí vemos en plena actuación los que retienen la doctrina de Balaam. Cabe al respecto anotar que existen organizaciones eclesiásticas actuales que llaman apostólico a Constantino. Téngase en cuenta que Constantino nunca renunció de su título de Pontifex Máximus (sacerdote de lo alto) de la religión pagana babilónica, ni su devoción por el Sol Invicto.
Nos atrevemos a aseverar que si Constantino el Grande creía verdaderamente en el poder de Jesucristo, pudo no haber entendido lo relacionado con la fe, esa fe que habían entendido los que habían sido fieles al Señor hasta ofrendar su vida antes que negarla. Obrara o no de buena fe, que su intención fuese más de tipo político que espiritual, lo cierto era que se quería ganar la protección del Dios de los cristianos, protegiéndolos y construyéndoles templos, y, a la vez que servir a los otros dioses, trasladar imágenes a Constantinopla, sin descuidar el culto pagano para no acarrearse una oposición irresistible del ala aún pagana del Imperio, y de sus dioses. Pero las cosas se iban dando lentamente. Al comienzo de su reinado el Imperio era oficialmente pagano, y el mismo emperador continuara con el sostén de las vírgenes vestales en Roma, sin embargo, Constantino donó al clero cristiano el palacio de Letrán, en Roma, que pertenecía a la familia de su esposa.
En un político hábil y ambicioso como Constantino no es difícil entender el hecho de que pudo haber visto en el Dios de los cristianos un nuevo dios, pero dotado de poderes fuera de lo común. Para nadie era un secreto que la Iglesia había salido victoriosa después de dos siglos y medio de cruenta persecución, de tal manera que la fuerza del cristianismo ya era respetable en tiempos de Constantino. Al promulgar el Edicto de Tolerancia, ¿no estaría Constantino buscando el favor de ese Dios de los cristianos y el apoyo político de los seguidores de Jesús? Sea cual sea su intención, lo cierto es que Constantino, cual Balac, contaminó y pervirtió a la Iglesia, hasta llegarla a convertir en la “gran ramera”.
Aunque los cristianos desde los albores de la Iglesia se reunían el primer día de la semana para partir el pan y celebrar la resurrección del Señor, también este día era dedicado al culto pagano del Sol Invicto en todo el territorio del Impero. Constantino, en el año 324, mediante un edicto imperial ordenó que todos los soldados adorasen en ese día al Dios supremo; y ahí tenemos la razón por la cual los paganos no se opusieron a tal edicto. Personalmente manifiesto que la conversión de Constantino no se ajusta a los parámetros bíblicos, como tampoco se ajusta que sea de parte de Dios lo de la visión de la cruz en vísperas al día de la batalla del Puente Milviano.
No hay concordancia entre las enseñanzas de la Palabra de Dios y el hecho de que supuestamente Dios le haya ordenado a este gobernante de un imperio pagano, enredado en sus intrigas políticas y derramamiento de sangre y simultáneamente sumo pontífice de la religión satánica, que se elaborara un emblema en forma de cruz para que con ese signo venciese. Esa clase de visión está muy lejos de tener siquiera alguna similitud con la que aconteció en el camino de Damasco a un Saulo de Tarso. Es difícil creer que el mismo Dios que envía a Pablo a predicar el evangelio y edificar la Iglesia en medio de muchas pruebas y sufrimientos, se preste a enviar a Constantino, el mismo que jamás renunció a su título de sumo pontífice pagano, a edificar un sistema apóstata con su centro en Roma.
El talante religioso de Constantino se puede medir en las monedas acuñadas bajo su gobierno; en el anverso aparecía una cruz y en el reverso representaciones de los dioses paganos como Marte o Apolo, muestras de las cuales pueden ser vistas en los museos modernos. Ahí tenemos una de las estrategias sincretistas de las muchas que usó para mezclar y casar a la Iglesia de Jesucristo con el paganismo. Muchos historiadores registran en sus crónicas que antes que empezase el siglo quinto el paganismo había caído de su elevado sitial; y algunos lo dicen con alborozo; pero le creemos más a la Palabra de Dios, la cual dice que fue la Iglesia la que cayó de las alturas celestiales para venir a morar a la tierra, donde tiene su trono Satanás.
Muchos emperadores antecesores de Constantino intentaron realizar una gran restauración del viejo Imperio Romano, reafirmando para ello la antigua religión pagana. Esas eran las mismas intenciones de Constantino, pero con la diferencia de que él se propuso lograrlo sobre la base del cristianismo, no sin que hubiese serios oponentes a estas aspiraciones entre la clase política y aristocrática de Roma. Este fue uno de los motivos por los cuales determinó construir una "nueva Roma", una nueva capital imperial, fastuosa y fuerte, que llamaría Constantinopla, "la ciudad de Constantino"; y ¿qué mejor que Bizancio, de «Byzantium», nombre previo a la época cristiana de Constantinopla, situada en el punto de contacto entre Europa y Asia, la capital de la parte oriental del Imperio, recientemente conquistada a su cuñado Licinio? La pequeña ciudad de Bizancio fue ampliada y adornada con amplios y lujosos palacios y estatuas de los antiguos dioses paganos traídos de todos los lugares del vasto imperio, así como con la construcción de la gran basílica de Santa Irene, y fue cambiado su nombre por el de Constantinopla (hoy Estambul), capital que fue de la pierna oriental (referencia a la estatua del sueño de Nabucodonosor en Daniel 2:33,40) de este cuarto imperio mundial y conservó su poder y herencia política y cultural por mil años después que sucumbiera Roma bajo la invasión de los bárbaros. Constantino trasladó la capital del Imperio de Roma a Constantinopla el 11 de mayo del año 330; entonces el imperio inició una etapa de orientalización; el carácter romano se fue perdiendo paulatinamente, helenizándose en su nuevo medio bizantino. Constantinopla fue tomada por los turcos en el año 1453, un poco antes del descubrimiento de América; y el gran templo de Santa Sofía fue convertido en una mezquita musulmana hasta el día de hoy.
Constantino le abrió las puertas del Imperio al cristianismo, pero fue Teodosio (378-395) quien hizo del cristianismo la religión del Estado, obligando a los ciudadanos a hacerse miembros de la iglesia, oficializando así la unión de la iglesia y el mundo pagano, cambiando la naturaleza de la misma y dando origen a mil terribles años de abominaciones del cesaropapismo. En esas “conversiones” en masa y por decreto imperial, ¿se daría simultáneamente la “regeneración” bíblica? Llegó el momento histórico en que se sustituyó la predicación del evangelio por la coacción del poder civil. (Leer los decretos de Teodosio en el apéndice del presente capítulo).

Consolidación de los nicolaítas
"15Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco".
Durante el período de Efeso hubo solamente lo que la Palabra de Dios llama las obras de los nicolaítas, cuando iniciaron la práctica de la jerarquía en la iglesia; es decir, nada se había enseñado al respecto, ni mucho menos institucionalizado, decretado ni dogmatizado. Pero ya en el siglo cuarto, en pleno auge del período de Pérgamo, esas obras progresaron y se convirtieron en enseñanzas, y de la enseñanza a la dogmatización es sólo un paso, de manera que hoy en la iglesia degradada, tanto en el sector del catolicismo como en el protestantismo institucionalizado, el nicolaísmo se enseña y se practica. Entonces primero surgen miembros individuales al estilo Diótrefes, que se esfuerzan por obtener dominio sobre los demás, luego hay necesidad de inventar una teoría que justifique este dominio; la teoría se convirtió en enseñanza y la enseñanza se consolidó en dogma, el cual, por último, la Iglesia aceptó sin previo examen, revisión ni crítica, sin juzgarlo a la luz de la Palabra de Dios, destruyendo así la función de los creyentes, mutilando o anulando el Cuerpo del Señor como expresión de Cristo, que es la Cabeza.
Alrededor del año 324, el cristianismo fue reconocido como la religión oficial del Imperio Romano. De acuerdo con el espíritu de la época, por un lado la legislación oficial iba encaminada a la obligatoriedad de la conversión de los ciudadanos del Imperio, incluida la amenaza, y por otra parte surgieron motivos e intereses personales que llevaron a la gente a convertirse en masa; razón por la cual el cristianismo se llenó de un pueblo ignorante de las verdades cristianas, de manera que eso también coadyuvó a la formación de un clero selecto que tuviera a su cargo los menesteres espirituales, surgiendo así definitivamente la imperiosa necesidad de dividir la Iglesia entre clérigos y laicos; se consolidó una jerarquía que sustentaba el monopolio del conocimiento y la enseñanza, amén del poder y el gobierno eclesiástico.
Al consolidarse el cristianismo como religión estatal, se toma como pretexto la necesidad de crear estructuras más complejas a fin de poder mantener tanto la disciplina como regular la pureza doctrinal. Los presbíteros fueron reemplazados por una jerarquía de obispos y comenzó a emerger una estructura diocesana. Los dirigentes eclesiásticos, imitando la forma de gobierno imperial, adoptaron un gobierno de superior jerarquía, en preferencia a aquel ejercido en un plano de igualdad, como los practicados en la iglesia en sus primeros años. La Iglesia cristiana iba moldeando su propia organización sobre la base del sistema gubernamental del Imperio Romano, abandonando así los principios escriturales. Constantino consolidó en el Imperio una organización político-administrativa jerarquizada, agrupando las provincias en diócesis, que como antes se dijo, proviene tal nombre del emperador Diocleciano, gobernadas por los vicarii (vicarios). Más tarde, cuando ya fue desarrollado, el sistema católico romano imitó esa misma forma de organización política.  Se consolidó la configuración de una jerarquía eclesiástica siguiendo las directrices de la misma división administrativa imperial. Se instituyeron metropolitanos en las provincias y obispos en las ciudades. Indudablemente el Señor quiere que la Iglesia se edifique normalmente con Su solo poder, sin que goce de alguna cuota de poder oficial. El Señor mandó obediencia a los hombres que en la comunidad representasen la autoridad, pero se negó a emplear métodos políticos para sí mismo y para Sus propósitos, incluyendo la Iglesia, y, además, no sólo nunca abogó por cualquier método de rebelión, sino que la Palabra de Dios condena esta actitud, en cualquiera de sus manifestaciones.
El Estado y la Iglesia de Jesucristo jamás han debido unirse en la historia, pues son dos instituciones con orígenes, índole y fines diferentes. La una no tiene nada que ver con la otra; pero en la historia malévolamente se confundió a la Iglesia de Jesucristo con la religión babilónica, la cual siempre fue la religión del Estado. Esa herencia matrimonial continuó hasta nuestros días, con influencias e imitaciones más allá del sistema central, el cual se identifica con lo que la Biblia llama la gran ramera; sistema que, diciendo representar los intereses del Señor, le ha sido infiel. Ese sistema religioso llegó a ser una sola cosa con el estado. La Iglesia de Jesucristo lejos está de necesitar la aprobación oficial para desarrollarse y cumplir su cometido en esta tierra. Esa condición no la encontramos en la Biblia. La Iglesia de Jesucristo lejos está de necesitar que los reyes y poderosos de este mundo la defiendan. Es todo lo contrario; por ellos, siguiendo una consigna tras bambalinas del príncipe de este mundo, habría de ser perseguida. La Palabra de Dios da testimonio de estas aseveraciones.
"16He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas. 17Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán; 18y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles" (Mt. 10:16-18).
"Se reunieron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor, y contra su Cristo" (Hec. 4:26).
De ese matrimonio de la Iglesia con el mundo, con el Estado y con la religión babilónica sobrevinieron grandes males. Por ejemplo, en la esfera del poder surgió algo curioso. A raíz de la división del Imperio Romano en Oriente y Occidente, hubo a la sazón dos capitales imperiales: Roma y Constantinopla. Eso originó, a la par que los políticos, divergencias y ambiciones de poder entre la jerarquía clerical de ambas capitales, con el subsecuente cisma entre ambas vertientes del cristianismo oficial; lo que se conoce históricamente como Cisma de Oriente. ¿Qué surgió después? Que en las provincias del bloque oriental, las ortodoxas, con el tiempo el Estado dominó de tal manera a esa parte del cristianismo, que éste fue debilitado en gran manera. En cambio en Occidente, sucedió gradualmente el reverso de la moneda, pues el clero fue usurpando el poder al Estado, y aquello dejó de ser cristianismo para convertirse en una jerarquía más bien corrupta, que llegó a dominar a las naciones de Europa, como una verdadera y astuta maquinaria política. Tanto el Señor como el apóstol Pablo por la inspiración del Espíritu Santo, lo profetizaron.
"42Mas Jesús, llamándolos, les dijo: Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. 43Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, 44y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. 45Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos" (Mar. 10:42-45).
"Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos" (Hec. 20:30).
Durante las épocas de Efeso y Esmirna, Cristo era el legítimo y único Kyrios de la Iglesia, y por no negarlo a Él, sufrieron los santos hasta el martirio; pero entrado el período de Pérgamo las cosas fueron cambiando; la Iglesia empieza a abrirle las puertas a un kyrios diferente del Señor, desposándose con el mundo y empezó a surgir el antiguo kyrios o dominus imperial, un monarca absoluto que, como ya lo hemos dicho, ejercía soberanamente un poder que en el Imperio lo atribuían a origen divino. A partir de Constantino, el emperador se atribuye el derecho de intervención en los asuntos de la Iglesia, no sólo por propia iniciativa, sino también a solicitud y con el consentimiento de la jerarquía eclesiástica.
La doctrina de Balaam continúa operando con su nefasta secuela, tanto que se llegó a desarrollar una "teología oficial", y algunos de la casta clerical, deslumbrados por los favores de Constantino, llegaron a difundir que Constantino había sido elegido por Dios para que su obra fuese la culminación de la historia de la Iglesia, y entre los cuales se dice estar el historiador Eusebio de Cesarea. Esas intervenciones imperiales en los asuntos de la Iglesia a veces eran de tipo disciplinario, como expulsar clérigos, deponer y desterrar obispos, e incluso papas, cuando esta institución surgió históricamente; a veces eran de tipo jurisdiccional, y es así como el emperador incluso castiga delitos religiosos como el sacrilegio. Pero el emperador llegó más lejos, interviene en los asuntos doctrinales, y convoca concilios, los orienta, legaliza sus decisiones y hasta publica encíclicas, de modo que la Iglesia se iba hundiendo hasta caer también bajo la férula de un tirano terrenal.
Con la sola excepción de Juliano el Apóstata (murió en 363), todos los emperadores que sucedieron en el poder a Constantino eran activos en contener los viejos cultos paganos y en alentar la propagación del cristianismo y favorecerlo. Por ejemplo, Teodosio I (gobernó entre 379 a 395) impulsó la demolición de templos paganos, proscribió los sacrificios y las visitas a santuarios paganos, y fue aun más lejos, ordenando que a los apóstatas del cristianismo se les privase del derecho de herencia, tanto de recibir como de transmitir por testamento.
Hay otro significado de la palabra Pérgamo, y es cerradura alta. Nótese que históricamente los obispos obtuvieron derechos, privilegios, autoridad; se llenaron de riquezas, los hermanos tenían que pedir audiencias para verlos. ¿Por qué? Porque empezaron a vivir entre altas cerraduras de sus lujosos palacios, por la enseñanza de los nicolaítas. Constantino había igualado los derechos de la iglesia y el paganismo, y desde entonces los reyes y poderosos de la tierra empezaron a presidir los concilios de la iglesia, y a confirmar todas las decisiones que se tomaran.

La Iglesia llamada a cortar con el mundo
"Por tanto, arrepiéntete; pues si no, vendré a ti pronto, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca" (v.16).
En la armadura de un soldado romano, la espada era un arma defensiva. "Tomad... la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios" (Ef. 6:17). Esta espada es la misma que aparece en el verso 12, la Palabra de Dios, y que el Señor va a usar para deshacer la unión desigual y toda relación de Su Iglesia con el mundo. ¿Cómo puede la Palabra de Dios ser usada para cortar nuestra relación con el mundo? Primero el Señor nos llama a que nos arrepintamos, que cortemos por nosotros mismos esos vínculos con el mundo en todos sus aspectos. Pero si no nos arrepentimos, la misma Palabra de Dios se encargará de juzgarnos, la cual lo discierne todo, diferenciando lo bueno de lo malo, y es cortante como espada de doble filo. Como con la mezcla del mundo con la Iglesia, la naturaleza de ésta cambió radicalmente, es necesario que Dios use la espada de Su boca para efectuar esa profunda división.
El Señor interviene en la historia para cortar de Su Iglesia legítima un ente nuevo, nacido de la institucionalización política de la confesión cristiana. A partir de Constantino ha rondado en la Iglesia del Señor ese oscuro fantasma de que la Iglesia de Jesucristo necesita que el poder secular ejerza sobre ella alguna relación de tutela y protección. Ha sido difícil para los eclesiásticos entender que la Iglesia del Señor, en cuanto Iglesia, Cuerpo de Cristo, no necesita tener nexos con el Estado, ni políticos, ni económicos, ni religiosos, ni jurídicos, ni militares, ni culturales, ni sociales, si con ello está en peligro comprometer su fidelidad al Señor, pero a la Iglesia se le dio por cambiar la doctrina evangélica.
Por testimonio cristiano, ya que las Escrituras nos lo ordenan (Mt. 22:21; Ro. 13:1-7; Mt. 17:27) hay que guardar un respeto y sometimiento a las autoridades en el ámbito personal, pero guardando siempre una moderada y prudente separación entre la Iglesia y el Estado. La Iglesia debe aportar lo necesario para el orden, la justicia y la paz social, porque es sal y luz en la tierra, pero sin comprometer su fidelidad al Señor de la Iglesia. Como esos lazos entre la iglesia degradada y los nicolaítas con su secuela de mundanalidad y maldad han permanecido en el sistema de la Iglesia Católica Romana en toda la historia a través de Tiatira, bebiendo las mieles del poder temporal, llegará el eventual momento en que el Señor juzgará esa iglesia y la aniquilará con su Palabra, como está previsto en la Biblia.

El ascetismo
Alguien se preguntará, si la Iglesia se unió a los poderes del mundo y si el lujo y la ostentación hacen furor en los "altares" de la cristiandad, ¿no hubo quién reaccionara? El hecho de que Constantino hubiese dado ese viraje en la política del Imperio con relación al cristianismo, que venía de padecer casi trescientos años de cruel persecución, fue visto por muchos eminentes personajes de la Iglesia, de la talla de Eusebio de Cesarea, como el cumplimiento de designios de Dios. Pero otros veían más allá de la simple apariencia. Veían cómo la puerta estrecha y el camino angosto se ensanchaban tanto, que muchos se apresuraron a mezclarse íntimamente en la política, las posiciones y el prestigio de este siglo. Veían que cada día el cristianismo se mezclaba más y más con el paganismo. Unos pocos vieron cómo la doctrina de los nicolaítas empezó a penetrar e impregnar todos los estamentos de la Iglesia. Y no fue extraño que los ricos y poderosos que se enseñorean de las naciones, también encontraran ocasión de dominar la vida de la Iglesia del Señor, a fin de que se confundieran las cosas del César y las de Dios, pues la Iglesia había venido a instalar su morada en esta tierra, donde tiene su trono el diablo. El partido clerical se olvidó que la Iglesia es peregrina en esta tierra, y que Su divino fundador no sólo jamás tuvo una lujosa mansión en esta tierra, sino ni siquiera una piedra en donde recostar Su cabeza, pues el Padre lo estaba esperando en los lugares celestiales.
Algunos consideraron que el hecho de que el emperador se declarase cristiano, y que se dieran esas fáciles conversiones en masa, no significaba una bendición sino una gran apostasía, pues comenzó a formarse y surgir el catolicismo paganizado, la disciplina de la Iglesia decayó y se iba ahondando más la brecha entre el ideal cristiano y su cumplimiento, y debido a todo esto, muchos que no querían abandonar la comunión de la Iglesia, reaccionaron como en una especie de sublevación individual contra la organización y nuevo giro que la clase clerical le había dado a la Iglesia, y prefirieron irse al otro extremo, retirarse al desierto a llevar una vida ascética, viviendo en cuevas y lugares solitarios, dedicados a la oración y a la contemplación. Pero ambos extremos son perniciosos.
La Palabra de Dios no aprueba para los hijos de Dios ni el matrimonio con el mundo, su profunda ingerencia en la política ni competencia en pos de posiciones, por un lado, ni el monasticismo, tanto en su modalidad de solitario, como los ermitaños, o colectivamente enclaustrados en los monasterios, por el otro. En la Iglesia primitiva no había monjas ni monjes; en la experiencia precristiana, estas prácticas eran paganas.
Algunos también defienden la posición de los monjes aduciendo que por la influencia del gnosticismo, el marcionismo y en particular del maniqueísmo, se había propagado la idea dualista de cuerpo y espíritu, pensando que el cuerpo se oponía a la vida plena del espíritu, por la difundida creencia filosófica de que la materia en sí es mala, y había que doblegarla, someterla (por medios carnales, añadiría yo). Ese es un error fundamental que se aparta de la enseñanza bíblica, que si, paradójicamente, por el Espíritu se discierne, se le mira justamente como un rudimento del mundo. En esa clase de vida se infiltró algo del legalismo, o sea, el punto de vista de que la salvación de alguna manera puede ser ganada y merecida mediante obras, en oposición a la gracia. El Señor Jesús vivió una vida santa, pero de ninguna manera ascética, y tampoco recomendó el ascetismo, al contrario, ordenó ir por el mundo a predicar el evangelio y hacer discípulos y no huir del mundo. Al principio muchos obispos miraron mal el monacato, pero después de extendido, a finales del siglo quinto, llegó a ser la característica del cristianismo, llegando a su mayor desarrollo durante la Edad Media.
Amerita también mencionar que en el movimiento monástico hubo marcadas influencias asimismo, de una parte por el lado de Orígenes, Pánfilo y Eusebio de Cesarea en el sentido de dejarse llevar por el ideal platónico de vida, y aun por ciertos principios estoicos; y por otro por las palabras del apóstol Pablo, de que quienes no se casaban podían tener más libertad para servir al Señor. Téngase en cuenta también que si por el lado de los nicolaítas se realizaba una mezcla con el paganismo y sus rituales, en el otro extremo, los monjes pudieron imitar el ejemplo de las religiones paganas, pues éstas tenían vírgenes sagradas, eunucos, celibato entre los sacerdotes y personas apartadas para el servicio de sus dioses. Si los que se codeaban con Constantino se llenaron de orgullo de clase, no menos surgió entre los que llevaban su vida monástica, pues entre ellos se dio otra forma de orgullo, pensando que su nivel espiritual estaba por encima del de los obispos, y por ende eran ellos y no los dirigentes eclesiásticos quienes debían decidir sobre cuestiones de la doctrina cristiana.
Es curiosa la terminología con que se les ha designado. Eremitas o ermitaños, por cuanto prefirieron vivir en ermitas, santuarios o capillas situadas por lo común en lugares solitarios. Monjes, que viene de la palabra griega monachós, que significa "solitario". Anacoretas, que quiere decir, "retirado" o "fugitivo". Cenobitas, palabra derivada de dos términos griegos, que significan "vida común", como una modalidad colectiva, diferente al anacoretismo. Se dice que fueron miles los que tomaron esta determinación de retirarse a esa vida monástica, como especie de contagio en masa; empero Pablo el ermitaño (no el apóstol) y Antonio son los más sobresalientes, y que los ponen como los iniciadores de esta clase vida, tal vez por el hecho de que respectivamente, Jerónimo y Atanasio escribieron sus vidas. Allí se registra que Pablo huyó de la persecución al desierto a mediados del siglo tercero.
En cuanto a Antonio, tomó su determinación alrededor del año 320, pues le impactaron las palabras del Señor Jesús acerca del joven rico en Mateo 19:21, por lo cual dispuso de sus propiedades y repartió sus bienes entre los pobres, y se retiró al desierto de Egipto. Otros de gran renombre son Simeón del Pilar y Palemón el estilita, llamados así por su curiosa manera de vivir en columnas que terminaban en una plancha. Curiosamente, de Simeón se dice que vivió sobre su pilar al este de Antioquía treinta y seis años y que goteaba gusanos, piojos y mugre.
Hubo personas cuyo ingreso a un monasterio no estaba asociado con la conversión a la fe, sino más bien a una preocupación por la salvación. Cuando el monasterio estatutariamente implica una vida de renuncia al mundo, de mortificar la voluntad, de austeridad en la comida y vestimenta mortificante, vigilias nocturnas después de un duro trabajo diurno, ayunos, castigo de la carne, y otros procedimientos, eso va de la mano con un legalismo y la práctica de exagerados rudimentos del mundo, que no producen la paz con Dios, ni menos aun reemplazan el sacrificio de Cristo.
En la época que se inicia con Constantino, los ministros cristianos comenzaron a llamarse "sacerdotes", aunque para la época de Constantino, el título de sacerdote tomó un cariz más pagano, pues antes de Constantino, en La Tradición Apostólica, Hipólito de Roma llama sacerdote a Juan, y la Didaké, del siglo I, llama sumos sacerdotes a los profetas de la Iglesia, pero en el sentido neotestamentario que usan Pedro, Pablo y Juan. El sacerdocio paganizado contribuyó a la formación del nicolaísmo, quitándole el sacerdocio al pueblo.
“4Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, 5vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. 9Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pe. 2:4-5,9).
Para ser ministro de Jesucristo a los gentiles, ministrando (sacerdotando, en el original griego) el evangelio de Dios, para que los gentiles le sean ofrenda agradable, santificada por el Espíritu Santo” (Ro. 15:16).
6Y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén. 10Y nos ha hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra” (Apo. 1:6; 5:10).
Aun en contra de su voluntad y por la insistencia y ruegos de algún obispo, algunos de estos anacoretas llegaron a ser ordenados sacerdotes y obispos u ocupar cargos eclesiásticos. Se dice que Pacomio, antiguo soldado del ejército imperial, quien naciera en una pequeña aldea al sur de Egipto en 286, fue quien tuvo gran prominencia en el surgimiento del monaquismo comunal o cenobítico, y más tarde Basilio de Cesárea, uno de los tres Capadocios, Martín de Tours y Jerónimo. Indudablemente, uno de los más sobresalientes organizadores del ascetismo fue Benito de Nurcia, autor de la famosa regla de San Benito, una de las más influyentes de la organización del ascetismo.

Grandes exponentes de la patrística
Por las informaciones recibidas de la época, hubo en ese tiempo mucha actividad teológica, y no menos corrientes de ideas controvertibles; es la época del desarrollo y profundización de la Cristología, y hacen su aparición nuevas escuelas teológicas en Constantinopla, Roma, Antioquía y Córdoba. Es, pues, Pérgamo un período de grandes figuras protagónicas en el devenir de un gran vuelco de la Iglesia, entre los cuales se destacaron eminentes teólogos, filósofos, historiadores, apologistas y polemistas, algunos de los cuales dejaron registros escritos de esos importantes acontecimientos. Antes de registrar un ligero perfil de algunos de los llamados padres de la Iglesia, es interesante anotar que el platonismo ejerció gran influencia en el cristianismo, principalmente por medio de pensadores cristianos como el judío helenista Filón, Justino Mártir, Clemente de Alejandría, Agustín y los escritos que llevan el nombre de Dionisio el Areopagita.
Eusebio de Cesarea (260-340). Sabio erudito e historiador de la Iglesia, nacido probablemente en Palestina, en donde llegó a ser obispo de Cesarea y en donde fue discípulo de Pánfilo, natural de Berito (hoy Beirut), en la ocasión en que éste estudiaba, organizaba y completaba la biblioteca que Orígenes había dejado allí en posesión de la iglesia. Desde esta sede, Eusebio salía por diversas ciudades buscando documentación acerca de los orígenes del cristianismo. Inicialmente, y aun en medio de las persecuciones en tiempos del emperador Maximino Daza, Eusebio escribió junto con Pánfilo varias obras, entre ellas Crónica, cinco libros de una Apología de Orígenes. Muerto su maestro, revisó y amplió su obra más importante, la Historia Eclesiástica, obra de capital importancia para el estudio de los primeros tiempos de la vida de la Iglesia, pues él se encargó de compilar, organizar y publicar casi todo lo que la posteridad logró saber de muchos de los cristianos de los primeros siglos de la Iglesia, y fue terminada cuando el emperador Constantino acababa de firmar el Edicto de tolerancia en el año 313, que le otorgaba la paz a los cristianos.
Eusebio en su oportunidad se escapó de la persecución y se libró del martirio, y fue testigo presencial de aquellas amargas horas de la Iglesia, y por razones que hemos analizado arriba en el presente capítulo, como muchos otros en su tiempo, vio en Constantino un instrumento escogido por Dios para llevar a cabo Sus propósitos, y, según afirman varios analistas de la historia, por aquello de la fascinación del boato imperial, se dedicó a servir los intereses del imperio por encima de los de Jesucristo.
Eusebio se vio envuelto en las controversias arrianas, y aunque se mantuvo en el Concilio de Nicea dentro de la línea ortodoxa, sin embargo, dejó mucho que desear, pues no apoyó plenamente a Atanasio de Alejandría, ya que sus intereses eran otros. Se dice que era amigo personal de Constantino, de quien escribió su obra Vida de Constantino. El pensamiento y modo de ver las cosas Eusebio, aun sin percatarse de ello, disentían muchas veces de la sana teología cristiana. Por ejemplo, fue uno de los que no se percató de lo peligroso que era que la Iglesia perseguida pasara a ser la Iglesia de los poderosos, los que según las palabras del Señor en el evangelio tienen mucha dificultad para salvarse, la Iglesia que prefirió morar en la tierra antes que ser peregrina, y a ver la riqueza y el boato como una bendición de Dios. También escribió una obra útil para los estudios bíblicos, su Onomasticón, enumerando e identificando los principales lugares geográficos de Palestina.
Atanasio de Alejandría (300-373). Uno de los cuatro grandes de los llamados padres de la Iglesia, de orientación griega. Nació probablemente en alguna pequeña aldea a orillas del Nilo y murió en Alejandría; perteneciente a una familia de clase humilde, tal vez de la raza copta. Este gigante de la Iglesia era de tez oscura y muy corto de estatura, a tal punto que sus enemigos a veces se burlaban de él llamándolo enano. Desde su niñez demostró profundo interés por la iglesia, y llegó a disfrutar de la favorable atención de Alejandro, el obispo de su ciudad natal, en donde muy joven llegó a ser diácono. El centro de su fe lo constituía la presencia de Dios en la historia, y por eso se constituyó en el más temible opositor del arrianismo, antes y después del Concilio de Nicea, teniendo en cuenta que para Atanasio la controversia arriana iba más allá de ser simples sutilezas filosóficas; tenía la luz suficiente para saber que esa herejía socavaba el centro mismo de la fe cristiana. Después del Concilio de Nicea, murió Alejandro y Atanasio fue elegido obispo de Alejandría, y ese había sido el deseo de su antecesor. Pero Eusebio de Nicomedia y demás dirigentes arrianos, persuadieron al emperador en contra de Atanasio acusándolo de irregularidades eclesiásticas y hasta de homicidio, por lo cual Atanasio sufrió una vida de luchas y de repetidos exilios. Sus últimos siete años los pasó sosegadamente en Alejandría, donde muró en 373. A la postre sus ideas triunfaron por toda la Iglesia, quedando consignadas en el Credo de Atanasio, aunque éste no hubiera sido escrito por él. Entre las obras escritas por este eminente varón de Dios relacionamos:
* La Vida de San Antonio. Atanasio acostumbraba visitar a los monjes del desierto, y en especial a Pablo el ermitaño y a Antonio, de quienes aprendió una gran austeridad y rígida disciplina.
* Contra los gentiles. Lo mismo que la siguiente, escrita antes de la controversia arriana.
* Acerca de la encarnación del Verbo. Escrita bajo la profunda convicción de la centralidad de la encarnación de Cristo en la fe de la Iglesia y aun de la historia humana, y sin la influencia de las especulaciones filosóficas de Clemente de Alejandría o de Orígenes.
Los Capadocios. Este título se les ha dado a tres grandes teólogos cristianos del siglo IV, que pertenecían a las iglesias de la provincia de Capadocia, al norte de Cicilia, en Asia Menor, los cuales tuvieron una influencia decisiva por haber profundizado en el asunto de la Trinidad y haber contribuido grandemente a la derrota del arrianismo. Son ellos Basilio Magno o de Cesarea, su hermano Gregorio de Nisa, famoso por sus obras acerca de la contemplación mística, y Gregorio de Nacianzo o Nacianceno, insigne orador, poeta y compositor de himnos. Los tres tuvieron fuerte influencia del pensamiento de Orígenes.
Basilio el Grande (329-379). Miembro de una familia profundamente religiosa de Cesarea. Recibió educación universitaria en Cesarea, Constantinopla, Antioquía y Atenas, ciudad esta donde se hizo amigo de Gregorio, conocido más tarde como Gregorio Nacianceno. Una vez de regreso en su tierra natal estuvo al frente de la cátedra de retórica de la Universidad de Cesarea, pero debió ser reconvenido por su propia hermana Macrina, debido a que estaba muy envanecido, que no citara tanto los autores paganos, sino que buscara vivir de acuerdo con las enseñanzas de los autores cristianos. La influencia de su piadosa hermana y la muerte de Naucracio, otro hermano que había venido viviendo una vida de contemplación, lo llevó a renunciar a su cátedra y demás honores y pompas del mundo, para dedicarse a aprender con su hermana los secretos de la vida monacal. En 357 fue bautizado y ordenado lector en la iglesia. Viajó por Egipto, Palestina y el Ponto a fin de aprender de los monjes la vida contemplativa, y a su regreso fundó con Gregorio de Nacianzo una comunidad de monjes en Ibora, no lejos de su hogar, escribió reglas y principios para la comunidad, que fueron base para las de otras comunidades. En 364, a petición de Eusebio de Cesarea fue ordenado presbítero, y se dedicó a escribir libros. Después de la muerte de Eusebio, en 370, Basilio fue nombrado obispo de Cesarea. En ese tiempo Valente, un arriano, llegó a ocupar el trono imperial, y fue a visitar a Cesarea, tal vez con el propósito de fortalecer el bando arriano y debilitar el niceno, y Basilio se enfrentó al emperador sin dejarse doblegar con promesas ni amenazas. Con Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa, Basilio contribuyó poderosamente acerca de la doctrina de la Trinidad y a terminar la disputa relacionada con la terminología sobre el Espíritu Santo. Murió a los cincuenta años, poco antes de que el Concilio de Constantinopla, en el año 381, confirmara la doctrina nicena.
Gregorio de Nisa (330-395). Hermano menor de Basilio y al contrario de su hermano, era de un temperamento apacible y tranquilo. Prefería la vida apartada y retirada del mundanal ruido. Su educación, aunque buena, no fue tan esmerada como la de su hermano. Contrajo matrimonio con la hermosa joven Teosebia, con quien fue feliz. Parece que más tarde enviudó y entró en un monasterio fundado por su hermano, y en el año 371, debido a ciertas medidas tomadas por el emperador Valente para limitar el poder de Basilio, al dividir la provincia de Capadocia, éste nombró nuevos obispos para varias pequeñas poblaciones, y una de ellas fue Nisa, a donde llamó a su hermano Gregorio para que ocupara el obispado. Fue gran defensor de la fe nicena sobre la Trinidad. Sus escritos comprenden obras místicas, apologéticas, sobre la controversia trinitaria. Escribió un tratado Acerca de la virginidad. Su principal obra apologética fue el Termo-catequeticus, el cual se trata de un manual teológico cuyos temas principales son la cristología y la escatología. Tuvo cierta influencia origenista, pues sostuvo la concepción antibíblica de Orígenes sobre el infierno en el sentido de que es una especie de purgatorio, y que al final de los tiempos todos los seres, tanto hombres como demonios serán salvados, incluido Satanás mismo. Recuérdese que este orden de ideas ha sido divulgado por ciertos escritores del talante del italiano Papini. Es posible que Gregorio haya aceptado esta idea al haber interpretado erróneamente las palabras de Pablo que Cristo será el todo en todos. Al final de sus días volvió a retirarse de toda atención del mundo, a tal punto que se ignora el lugar de su muerte.
Gregorio de Nacianzo o Nacianceno (330-389). Uno de los tres grandes Capadocios; compañero de estudios y amigo de Basilio.  Hijo de Gregorio, obispo de Nacianzo, y Nona. Inició sus estudios en Cesarea, y por el año 350 estudió en la Universidad de Atenas, donde permaneció unos catorce años. Al igual que Basilio, Gregorio también se ocupó en enseñar retórica, antes de dedicarse a llevar una vida monacal en compañía de Basilio. Fue un hábil orador, y eso le trajo como consecuencia haber sido ordenado presbítero a la fuerza, antes de que Basilio lo nombrara obispo en la pequeña aldea de Sasima, en el tiempo cuando el emperador Valente adelantó acciones contra Basilio. En tiempos del emperador Teodosio, de origen español, Gregorio llegó a ser, en contra de su voluntad, patriarca de Constantinopla, cargo al cual renunció para regresar a su tierra natal a las tareas pastorales y componer himnos. Murió en su retiro de Ariazo, a la de edad de 60 años. Estando de Patriarca llegó a presidir el Concilio de Constantinopla en 381. Entre sus obras más destacadas como escritor se cuentan cinco discursos teológicos contra los arrianos que se conocen como “Cinco discursos teológicos acerca de la Trinidad”, que aún son considerados claves en la exposición de la doctrina trinitaria. El libro Philocalia, que es una selección de las obras de Orígenes, compiladas juntamente con Basilio, y han sido conservadas también unas 242 cartas y poemas.
Ambrosio de Milán (340-397). Natural de Tréveris, hijo de un prefecto del pretorio de las Galias, educado en un trasfondo estoico, de acuerdo con las normas de aquellos tiempos, llegó a ser un oficial civil y prefecto del Norte de Italia. Para sorpresa suya, el pueblo insistió a que fuese obispo de Milán, en la época en que a la sazón era gobernador de la ciudad, cuando aún ni siquiera había sido bautizado, siendo tan sólo un catecúmeno. Había muerto Auxencio, el obispo impuesto por los arrianos, y la elección de uno nuevo amenazaba por convertirse en un tumulto, cuando apareció él a apaciguar los ánimos. Fueron dramáticos sus esfuerzos para persuadir a la multitud de que él era indigno de ese cargo, y se vio precisado a emprender un curso de lectura teológica a fin de llenar la vacante que no necesariamente buscaba. Después de ser bautizado, en apenas una semana llegó a ser sucesivamente lector, acólito, subdiácono, diácono, presbítero y obispo; eso ocurrió el primero de diciembre del año 373. Llegando a ser uno de los más famosos obispos, predicadores y administradores. En el año 394, a raíz de la sangrienta represalia del emperador Teodosio contra Tesalónica, en la cual mandó matar unas siete mil personas reunidas en el circo, celebrando precisamente el perdón imperial, valientemente Ambrosio reprendió al emperador por su crueldad contra los vencidos, imponiéndole una penitencia; pero después fue tratado con mucha estimación por Teodosio. Fue celoso de la autonomía de la Iglesia en asuntos espirituales, pero estaba de acuerdo en que la Iglesia tenía predominio sobre el poder civil. Solía decir que "el emperador está en la Iglesia, pero no por encima de ella".
Según las controversias de esa época y contrastando con Juan Crisóstomo, el cual sostenía que el hombre valiéndose de su propio albedrío puede volverse a Dios, y que al hacerlo, Dios apoya la voluntad del hombre, Ambrosio en cambio iba un poco más lejos, pues creía que la gracia de Dios era la encargada de iniciar la obra de salvación, y que cuando el hombre es objeto de la gracia de Dios, el hombre coopera por su propia voluntad. Fue autor de muchos libros e himnos cristianos litúrgicos. Es de suma importancia su influencia en la conversión del joven intelectual Agustín, quien en el curso de una peregrinación escuchaba los sermones de Ambrosio, con quien asimismo se hizo bautizar, el que llegara a ser el famoso obispo de Hipona y el más brillante de los "gigantes" de su época. Murió Ambrosio el 4 de abril del año 397.
Jerónimo Sofronio, Eusebio (340-420). Nacido en Astridón, cerca de Aquileya (noroeste de Italia), de padres cristianos. De los llamados padres latinos se considera que fue el más erudito. Estudió en Roma literatura (griego y latín), retórica y oratoria, pero prefirió la vida monástica, rayana en el ascetismo, viviendo, entre otros lugares, por muchos años en un monasterio que estableció en Belén, sin embargo, no fue un hombre humilde, pues se distinguió por ser intolerante con sus críticos. Por mucho que se esforzaba, el temperamento de Jerónimo no estaba formado para la vida del ermitaño. De joven, con Rufino de Aquilea los domingos solía traducir las inscripciones cristianas en las catacumbas. Viajó a las Galias relacionándose con los monjes de Tréveris; de vuelta permaneció un tiempo con un grupo de ascetas y aprendió hebreo, perfeccionó el griego, para luego irse hasta Antioquía, donde fue ordenado presbítero, y Constantinopla en la época del concilio ecuménico del año 381, y en donde al parecer estudió con Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa.
De vuelta a Roma llegó a ser secretario del obispo Dámaso, quien le sugirió la traducción de la Biblia, tarea que más tarde emprendió en Belén. Su obra más conocida es la Vulgata, versión de la Biblia de los originales hebreo y griego (sin usar la Septuaginta) al latín popular, que es aún la Biblia oficial del sistema católico romano. Para desarrollar este trabajo usó la hexapla de Orígenes, y se negó a incluir los libros apócrifos en el canon, y los tradujo poniendo una nota declarando que no los había encontrado entre los libros sagrados hebreos, aclarando que su traducción se debía sólo para que sirviera como lectura edificante y de información histórica. La versión de la Vulgata no es fiel en numerosos pasajes debido a que Jerónimo ignoraba muchos de los códices y manuscritos que fueron descubiertos posteriormente, y tradujo en algunas partes cambiando totalmente el original.
Tomó parte en controversias teológicas relacionadas con Vigilancio, Orígenes, Pelagio, Goviniano, su antiguo amigo Rufino y hasta con Agustín de Hipona. Además de la Vulgata, Jerónimo escribió muchas cartas, escritos históricos, obras polémicas y comentarios bíblicos, así como escritos hagiográficos, como la Vida de San Pablo el Ermitaño. También escribió Viris Ilustris (Varones Ilustres). Se debe tener en cuenta que la hagiografía es el estilo de biografía que suele representar a la persona como un héroe de la fe. Murió en Belén, allí donde había pasado los últimos treinta y cuatro años de su vida.
Juan Crisóstomo (345-407), llamado por su gran elocuencia la boca de oro. Nació en Antioquía de padres fervorosamente cristianos. Su hábil oratoria tal vez se deba a que en un principio se preparaba para la carrera de abogado, pues adelantó estudios de filosofía y retórica con el célebre profesor pagano Libanius y también con Diodoro de Tarsus. Fue bautizado alrededor de los veinticinco años, llegando a ser fraile, pues antes que obispo fue un monje. Más tarde, al ser ordenado, se destacó como un gran predicador ardiente y elocuente, a tal punto que por ruego del mismo emperador fue hecho obispo de Constantinopla en 398. En la oratoria era un gigante por encima de los gigantes. Desde allí envió misioneros a tierras de los bárbaros, pero fue desterrado por haber combatido, desde el púlpito de la basílica de Santa Sofía, el vicio entre el clero y el laicado rico, por su celo transformador, fidelidad e independencia, que causaron choques con la emperatriz Eudoxia, esposa del emperador Arcadio.
Se destacó también por sostener que el medio más eficaz de influir en la conversión de los demás era dándoles ejemplo de una auténtica vida cristiana. En la oratoria expresaba oralmente su propia vida, siendo el púlpito más bien un lugar donde batallaba contra los poderes del mal. "No habría más paganos, si fuésemos nosotros verdaderos cristianos", acostumbraba decir.
De él se cuenta que emprendió la destrucción de los templos paganos en Alejandría a finales del siglo cuarto, pues se cuenta que sus célebres homilías de las "estatuas" fueron causa de grandes acciones iconoclastas. En esa ciudad también convirtió al Serapeo (gran santuario de Serapis) en templo cristiano. Influido por las ideas pelagianas, Juan Crisóstomo insistía en que los hombres pueden escoger lo bueno, y al hacerlo, la gracia de Dios viene en su ayuda a fin de fortalecerlos para hacer la voluntad de Dios. Murió en el exilio en 407 el hombre que hablaba palabras de oro, porque hablaba lo que era de Dios.
Agustín de Hipona. Nació en Tagaste, pequeña ciudad romana de Numidia (hoy Argelia), África del Norte (354-430), de madre cristiana (Mónica) y padre pagano. Entre los datos biográficos queremos resaltar que siendo joven, Agustín recibió instrucción cristiana bajo la influencia de su devota madre, sin que llegara a hacerlo bautizar, posponiéndolo por la mencionada creencia entre sus contemporáneos de que el bautismo lavaba los pecados cometidos antes de ser administrado. Por la lectura del Hortensius, de Cicerón, el famoso orador de la era clásica romana, Agustín fue atraído por la filosofía y el pensamiento helenístico en general, especialmente por el neoplatonismo y la influencia de lo epicúreo, escéptico y ecléctico, pero en la filosofía no encontró la respuesta a los grandes problemas de la existencia y a los interrogantes de la vida.
Fiel a sus ideas lógicas y racionalistas se decidió entonces por el maniqueísmo, movimiento que le planteaba una explicación de la dicotomía del mal y del bien, del que también se separó, pues tampoco le satisficieron sus inquietudes intelectuales. Se ejerció de maestro de retórica en Cartago, Roma y eventualmente en Milán, en donde conoció y fue influido por Ambrosio, obispo de la ciudad.
Al principio se interesó en escuchar a Ambrosio sólo por motivos didácticos, pero poco a poco además del estilo y la retórica, Agustín se fue interesando por el contenido de los sermones. Fue encontrando las respuestas que no había visto en la filosofía helenística ni en el maniqueísmo, y determinó estudiar de nuevo la Biblia. Pero Agustín continuaba con la misma impotencia para controlar sus impulsos de la carne, que lo habían caracterizado desde su adolescencia, época en que, antes de que cumpliera los dieciocho años, en Cartago una concubina le dio un hijo, a quien llamó Adeodato, que significa, "dado por Dios". Un día Agustín se alejó del corrillo de sus jóvenes amigos a un rincón de un apacible jardín, otros dicen que lo cierto era que estaba esperando una mujer casada, y hallándose en una lucha de conciencia, le pareció escuchar una dulce voz que le decía: "Toma, lee", viendo frente a sí un ejemplar de la epístola de Pablo a los Romanos, posando sus ojos en las palabras "Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne" (Ro. 13:13-14).
Todo esto fue precipitando su conversión, y el día 25 de abril de 387, él y Adeodato fueron bautizados por Ambrosio. Una vez superados los conflictos de la carne, Agustín manifestaba que le persistía el problema del orgullo, pero regresando al África se aplicó en el estudio de la Biblia y llegó a ser un escritor prolijo, dejando una obra literaria de casi cien libros. Fue obispo en Hipona desde el año 395 hasta su muerte en 430. Hay consenso en que después de Pablo, fue el cristiano de mayor, más profunda y prolongada influencia sobre el cristianismo de Europa occidental, en especial por haber sido un ubérrimo escritor que enriqueció a la Iglesia, particularmente en occidente, con ese gran depósito que había recibido de los aportes de las escuelas de Alejandría, Antioquía, y otras, aunque padeció de algunos errores, fruto de su formación helenística.
Agustín sostenía que en el principio los ángeles y hombres fueron creados racionales y libres y que antes de la caída no existía mal en ninguna parte de la creación, rebelándose de paso contra el principio malo de los maniqueos. Sostenía Agustín que la capacidad para la libre elección racional es simultáneamente un don de Dios destinado para el bien del hombre, como también su mayor peligro, y lo tenía como la cualidad más elevada del hombre. Por su trasfondo neoplatónico, sostenía que las criaturas dotadas de libre albedrío racional (ángeles y hombres) pueden existir sin ser malvados, aunque sólo ellos pueden ser malvados; y que Adán, empleando esa capacidad de libre elección racional, cayó en el pecado y el mal pasó a toda la raza humana.
Enseñaba asimismo que la raíz del pecado humano es el orgullo, el amor propio, el deseo de la criatura de colocarse en el centro, desplazando al Creador, el querer hacer su propia voluntad en vez de la de Dios. Y creía, además, que después de la caída el hombre es totalmente incapaz de levantarse de su degradación por su propio esfuerzo. El hombre se concentra tanto en sí mismo, que es incapaz de elegir a Dios, y que sólo podemos ser rescatados mediante un segundo nacimiento, mediante un nuevo acto de Dios. Ahora, bajo el cautiverio del pecado y de la muerte, la libertad sólo puede venir por la gracia de Dios, la cual estaba en Cristo, plenamente Dios y plenamente hombre; el segundo Adán, con el cual Dios empezó de nuevo, pero equiparaba los sacramentos con la Palabra, como medios para alcanzar la gracia, aunque afirma que la mera participación en los sacramentos no nos hace miembros de la verdadera iglesia. Pero se inclinó por el bautismo de los niños, diciendo que si en Adán todos hemos pecado, los niños nacen merecedores del infierno y perecen si no son bautizados. Tomaba Agustín el acto sexual como transmisor del pecado original, por cuanto conlleva concupiscencia, que para él era la esencia del pecado original.
Fue tan profunda la influencia ejercida por Agustín en la Iglesia, que se puede decir que duró alrededor de mil años, tiempo en el que era de obligada consulta por todos los estudiosos de teología. Escribió sobre teología cristiana abarcando diversos temas como la hermenéutica, la exégesis, historia, filosofía, etcétera, y sus escritos fueron citados constantemente por los reformadores para defender la doctrina de la gracia y la seguridad de la salvación. Agustín, citando a San Pablo, afirmaba la predestinación, convencido de que todos los hombres al participar del pecado de Adán merecen el juicio, pero Dios por el puro afecto de su voluntad, y para alabanza de la gloria de su gracia, resolvió predestinar a algunos para salvación, sin tener que ver con méritos humanos; que el número de los predestinados es fijo, y todo el que es predestinado se salva. De acuerdo con Agustín, la gracia es efecto de la predestinación, pero ¿no será que la predestinación es producto de la gracia? Calvino, Lutero y otros reformadores suelen citarlo constantemente. Entre los libros más famosos y leídos de este genio del cristianismo, relacionamos:
* Confesiones, obra autobiográfica, un conmovedor y profundo registro de las luchas y el peregrinaje del alma humana. En esta obra interpreta su pasado desde la muerte de su madre Mónica, y en donde sin miramientos se acusa a sí mismo, y en donde usa una filosofía llena de controversias, sobre todo contra los maniqueos.
* De Civitate Dei (La Ciudad de Dios), obra escrita en el año 412 y que consta de 22 libros, a manera de una interpretación filosófica de la historia y de todo el drama humano. Provocado Agustín por el saqueo de Roma por parte de Alarico y sus godos en 410, y siendo que todavía existía un fuerte número de paganos en el territorio imperial, esta obra era una contestación en su momento a los que acusaban al cristianismo como responsable de la caída de Roma en manos de los bárbaros, y de ser culpables de debilitar la antigua fuerza del Imperio Romano, que Roma había caído por haber abrazado al cristianismo y haber abandonado los antiguos dioses que la habían engrandecido y llenado de poder. En la trama del libro, Agustín contrasta la historia paralela de dos ciudades, cuya construcción se basa en principios opuestos. La ciudad de Dios, fundada sobre el amor de Dios, y una opuesta, la ciudad terrenal fundada sobre el amor a sí mismo, y que entre ambas hay una guerra sin cuartel. En la historia de la humanidad aparecen reinos y naciones fundados sobre el amor a sí mismo, y que no son sino expresiones de la ciudad del mundo, hasta que llegue el tiempo en que sucumban, y sólo subsista al final la ciudad de Dios. Eso le ocurrió a Roma en su oportunidad. En la historia paralela se aprecia el contraste en Abel y Caín, Jacob y Esaú, Jerusalén y Babilonia, la Iglesia y el Imperio Romano.
Resulta supremamente interesante hacer algunas acotaciones sobre esta obra. Hemos estado analizando en este capítulo ese período matrimonial de la Iglesia con el Estado, llamado Pérgamo. Los griegos consideraban la historia como una serie interminable de ciclos repetitivos, y en contraste, Agustín, con base escrituraria, sostenía que la historia tuvo su principio y tendrá su fin. Sus contemporáneos contemplaban la caída de Roma con profunda congoja, pues veían en el Imperio Romano y su "divino" gobernante como el sostenedor de la unidad social. Por contraste, Agustín miraba esa hecatombe con esperanza, en el convencimiento de que el dominio secular había de ser reemplazado por un mejor orden de cosas, establecido por Dios. Esta línea de pensamiento la tomaba Agustín arrancando desde el Génesis, y veía la ciudad terrenal tipificada por Caín y la celestial por Abel, como lo que la Palabra de Dios designa como la lucha entre las dos simientes, la de la mujer, Cristo, y la de la serpiente, Satanás. De acuerdo con Agustín, la ciudad terrenal fue construida con base en el egoísmo y el orgullo, y la celestial es dominada por el amor de Dios, el cual destierra todo egoísmo.
Considera Agustín que la ciudad terrenal no es mala del todo, por cuanto Babilonia y Roma, sus representantes por excelencia, aunque con gobiernos que cuidando sus propios intereses, habían traído paz y orden. En cuanto a la celestial, que en este aspecto se confunde con el reino de Dios, los hombres entran a ella aquí y ahora, pues está representada eventualmente por la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, aunque Agustín la miraba más bien desde el punto de vista de la organización visible de la Iglesia en su tiempo, por cuanto él planteaba que la ciudad terrenal tendría que decaer a medida que creciera la celestial. Seguramente que algunos de estos planteamientos fueron en su oportunidad mal interpretados con consecuencias funestas.
*    De la Trinidad
*    Contra académicos.
*    De Beata Vita (De la vida feliz).
*    Soliloquia (Soliloquio).
*   Inmortalitate animæ (De la Inmortalidad del alma).
*    De Genesi (Del Génesis).
*    Contra Manichæos (Contra los maniqueos).
*    De libero arbitrio (Del libre albedrío). Obra en la que refuta a los maniqueos y sale en defensa del libre albedrío.
*    De vera religione (De la verdadera religión).
*    Obras anti-pelagianas y las anti-donatistas. Durante la época de su pastorado, Agustín se enfrentó tanto a los donatistas como a los pelagianos.
Conforme la época histórica que le tocó en gracia vivir, Agustín conservó un moderado lugar intermedio entre el bando que se mezcló totalmente con el Estado y su influencia pagana, y el otro extremo de los que optaron por retirarse al desierto y a la vida ascética.
Con Agustín se inicia una nueva orientación doctrinal, conducente a la subordinación de la Iglesia al poder temporal. De acuerdo con los propósitos de Dios, el hombre necesita reconciliarse con Él a través de la justificación por la obra de Jesucristo. Agustín orienta su teología de tal manera que pasa sin transición de la idea paulina de justificación a la jurídica de la justicia, y esto encierra la idea de realizar justicia orientada a la justificación. Esta orientación filosófica de las doctrinas paulinas admitió que legítimamente la sociedad organizada tenía derecho a exigir la obediencia del cristiano, alegando su origen divino y por estar regida por la providencia. Con base en estos planteamientos, sus epígonos terminaron por absorber el Estado en la Iglesia. Más tarde se verían los abusos, y saldría a la palestra la teoría de las dos espadas, la espada del poder temporal y la del poder espiritual, del papa Gelasio (492-96), afirmando la superioridad pontificia, seguido por el tránsito a las tesis del agustinismo político defendido por Gregorio Magno (590-604). La nueva iglesia iba poco a poco construyendo una torre más alta pero en la confusión terrenal. La iglesia apóstata se arrogaría definitivamente del derecho a gobernar tanto en la esfera religiosa como en la política.

Herejías en Pérgamo
Desde sus primeros días, la Iglesia había sido escenario de controversias teológicas, como las de los judaizantes, los gnósticos y otras doctrinas semejantes. Más tarde, en tiempos de Cipriano, obispo de Cartago, la cuestión de la restauración de los apóstatas. Después de promulgado el Edicto de Tolerancia, se propagaron nuevas ideas que perturbaban las iglesias cristianas, o se desarrollaban las iniciadas en los períodos anteriores. A lo largo de la presente obra hacemos énfasis en la influencia del neoplatonismo sobre la cristalización de las doctrinas cristianas, el cual enfatizaba al espíritu a expensas de la carne. Ahí tenemos, por ejemplo, el monofisismo, doctrina que menospreciaba el elemento humano en Cristo, pero que tuvo más aceptación en oriente que en occidente. Los monofisitas decían que Cristo sólo tenía una sola naturaleza, la divina. Una de las principales herejías desarrolladas en la época fue el arrianismo; y dice Eusebio de Cesarea, en su Historia Eclesiástica, que al emperador Constantino le interesaba un cristianismo unido, pues cualquier cisma amenazaría la unidad del Imperio, e impulsó la convocatoria a un Concilio en Nicea (325) para solucionar el problema del arrianismo, y aplastar las inherentes diferencias de opinión, y en consecuencia fue aprobado el llamado Credo de Nicea, que constituye una confesión de fe cristológica. De acuerdo con el espíritu de la época, quienes no aceptaron las decisiones del Concilio, fueron desterrados, porque a diferencia de los períodos anteriores, en los cuales se descubría la verdad mediante el debate teológico y la autoridad de la Palabra de Dios, ya en tiempos de la Iglesia comprometida con el Estado, era la autoridad imperial y la intriga política la que definía, en última instancia, esta clase de controversias.
Donato y el donatismo. Como se había dado en el siglo III con Novaciano con motivo de ciertas prácticas morales vistas como relajadas en la Iglesia y por el tratamiento benigno dado a los que habían negado la fe en tiempos de persecuciones, a comienzos del IV surge una reacción cismática después de la persecución empezada con Diocleciano, y que toma su nombre de Donato de Casa Negra, nativo en Numidia (norte de África) y pastor en Cartago en 305, pero que estuvo encarcelado por seis años durante esa persecución. Se registran otras causas de origen político, social y económico en la región de África proconsular y Numidia para que se diera el cisma donatista, pero para nuestro propósito en el presente trabajo sólo citaremos lo siguiente. En Cartago simultáneamente fueron consagrados dos obispos, pero los seguidores de Donato no reconocían a Ceciliano por haber sido consagrado por tres obispos indignos, pues habían llegado a entregar las Escrituras a las autoridades imperiales para su destrucción en tiempos de persecución. El obispado de Donato fue considerado ilegítimo por usurpador por Constantino y por los obispos de las ciudades importantes, entre ellos el de Roma.
Por otra parte, entre los que no estuvieron de acuerdo con el giro dado por la Iglesia a raíz de la política del Imperio de manipularla, unos optaron por irse de ermitaños al desierto, pero otros como los donatistas, insistían en la pureza de la Iglesia, proclamando su separación del Estado. Al no darse esa separación, se protocolizó el cisma, y llegó el momento en que llegaron los donatistas a tener unos 276 obispos. Hay que tener en cuenta que los primeros donatistas no se oponían necesariamente al Imperio en cuanto imperio, sino en cuanto "mundo", y no vinieron a desaparecer del todo sino hasta el siglo VII, por el avance del islamismo en el norte de África.
Agustín de Hipona tuvo serios enfrentamientos con los donatistas, pues éstos enfatizaban mucho la santidad y la necesidad de que el sacerdote fuera una persona santa, insistiendo que un sacerdote indigno no puede celebrar el sacramento, pues no puede dar lo que no tiene. Frente a eso, Agustín sostiene que la eficacia del sacramento no depende de la condición moral de quien lo administra, sino del don de Dios. El ministro no da lo suyo, sino lo de Dios. Claro que el ministro de Cristo debe reflejar a Cristo.
Arrio y el arrianismo. Arrio, un presbítero de la iglesia de Alejandría, y que anteriormente había venido de las desarrolladas iglesias del Norte de África, alrededor del año 318, fue el iniciador de la herejía que lleva su nombre al sostener que Cristo, aunque superior a la naturaleza humana, había sido creado, negando, pues, su eternidad y su igualdad y consustancialidad con el Padre y el Espíritu Santo, tal como lo habían enseñado los apóstoles, y en particular Juan. Esta controversia se extendió por todas las iglesias. Al comienzo Arrio gozó del respaldo de parte de influyentes teólogos y dirigentes de la Iglesia, pero algunos, después de profundos estudios, y de que el Concilio de Nicea, en Bitinia, en 325, aprobara la doctrina recta de conformidad con el Nuevo Testamento, se decidieron por la ortodoxia; entre ellos se dice que se cuenta a Eusebio de Cesarea, historiador eclesiástico, en cuyos escritos dejó consignada parte de estos datos. Otros fueron Osio, el obispo de Córdoba y Eusebio de Nicomedia, antiguo compañero de Arrio.
Las raíces del arrianismo se remontan a la época en que maestros de la talla de Justino Mártir, Clemente de Alejandría, Orígenes y Tertuliano apelaban a menudo a los postulados de la filosofía griega para explicar la existencia de Dios, y mostrar la compatibilidad de la fe y la filosofía, y de paso despersonificando a Dios, pues un Dios inmutable, impasible y estático -según la filosofía griega- no podía ser personal; originando así conflictos en cuanto al enfoque de la doctrina del Logos o Verbo de Dios, que ya aparecía personificado, pues sí podía hablar. De ahí que el punto crucial de controversia con el arrianismo era, ¿el Verbo es coeterno con el Padre o no? Entonces estaba en juego la divinidad del Verbo. Arrio sostenía que el Verbo, aún antes de la creación, había sido creado por Dios, contrario a las Escrituras que afirman que el Verbo es coeterno y de la misma sustancia divina del Padre, siendo uno con el Padre y el Espíritu Santo, pues el Verbo es Jesucristo, y Jesucristo es Dios. El arrianismo se encaminaba a oponerse al concepto de un Dios Trino. Arrio había sido desautorizado inicialmente por un sínodo de cien obispos convocados por Alejandro, obispo de Alejandría, su primer oponente; y debido a su persistencia y ante un problema de profundas raíces y serias controversias, intervino el emperador Constantino y el concilio de unos 318 obispos reunidos en Nicea, siendo así condenado el arrianismo y Arrio fue desterrado por el emperador. Más tarde fue perdonado gracias a Eusebio de Nicomedia, y murió cuando se disponía a entrar en Constantinopla. De sus escritos no queda sino dos cartas dirigidas a Eusebio de Nicomedia y a Alejandro de Alejandría, como también fragmentos de su popular obra Talia.
El principal opositor del arrianismo fue Atanasio de Alejandría, quien con su elocuencia y conocimiento teológico afirmaba y defendía la unidad del Padre con el Hijo, la deidad de Cristo y su existencia eterna, engendrado y no creado, y de la misma naturaleza -sustancia- del Padre. En tiempos del Concilio de Nicea Atanasio era sólo un diácono, y tenía voz pero no voto; y a pesar de ese inconveniente logró que el Concilio, mediante la promulgación del credo niceno condenase las enseñanzas de Arrio. Pero Arrio gozaba de mucho poder e influencia política entre las clases más elevadas, quienes lo respaldaban, incluso Constancio, el hijo y sucesor de Constantino. Los arrianos convocaban sínodos, se fortalecían y volvían los ortodoxos a condenar el arrianismo, de tal modo que cinco veces fue Atanasio enviado al destierro. Alguna vez un amigo le dijo: Atanasio, tienes a todo el mundo en contra tuya; él le contestó: "Athanasius contra mundum" (Pues, Atanasio contra el mundo). El emperador Teodosio publicó un edicto en el año 380 en favor de la fe ortodoxa y persiguió a los arrianos, decayendo así esta herejía en el Imperio. En los tiempos modernos el arrianismo ha hecho aparición en los llamados "Testigos de Jehová".
Apolinar y el apolinarismo. Apolinar (310-390), obispo de Laodicea, fomentó la controversia sobre la naturaleza de Cristo, afirmando que Cristo no podía tener dos naturalezas -la divina y la humana- completas y contrarias, pues la divina era eterna, invariable y perfecta, y por el contrario, la humana era temporal, finita, imperfecta y corruptible. Afirmaba que el hombre está formado de alma, cuerpo y razón; sostenía que si Cristo hubiera tenido las dos naturalezas, hubiera tenido en sí dos seres y que con la parte humana hubiera podido pecar. Curiosamente, para él Jesús tenía cuerpo y alma humanos, pero se diferenciaba del resto de los seres humanos en que el Logos divino sustituyó al intelecto humano, resolviendo de esa manera la relación entre lo divino y lo humano en Jesús.
Apolinar estaba convencido de haber resuelto uno de los misterios o enigmas más irresolubles, y de haber permanecido fiel a la ortodoxia nicena. Apolinar pertenecía a la escuela de Alejandría, la cual había recibido más la influencia neoplatónica, a diferencia de la escuela de Antioquía, que se inclinaba más al estudio de la historicidad de la vida de Cristo, y era afectada por el pensamiento aristotélico. El apolinarismo fue condenado en el Concilio de Constantinopla (381), y uno de los principales argumentos contra Apolinar fue que Cristo no hubiera podido redimir a aquello que El mismo no poseyera, como la mente humana, cabe decir, si no hubiese sido, además de Dios, verdadero hombre. Los capadocios se presentaron en oposición a Apolinar. Gregorio Nacianceno sostuvo que para que Cristo pudiera salvar el todo del hombre, era necesario que tuviera todos los elementos de la naturaleza humana.
Pelagio y el pelagianismo. Pelagio, monje oriundo de Britania llegado a Roma en el año 410, sostenía que el hombre no hereda sus tendencias pecaminosas de Adán, negando que la depravación fuese innata en el hombre, sino que cada uno escoge ya sea el pecado o la justicia, añadiendo que cada voluntad humana es libre para escoger entre la virtud y el vicio y que Dios le dio al hombre la capacidad de obedecer sus mandamientos; afirmando asimismo que el corazón humano no se inclina ni al bien ni al mal, y cada cual es responsable de sus decisiones, y llegó hasta el extremo de afirmar que algunos antes de Cristo habían sido exentos de pecado, por usar su libre albedrío.
Pelagio era un laico de cierta erudición, vida austera y no exenta de ascetismo, y aparentemente escandalizado por la moral disoluta del medio social romano, los trataba de persuadir, diciéndoles que si ellos realmente quisiesen, podrían guardar los mandamientos de Dios. Entre los que ganó estaba el joven abogado Celestio, quien fue más lejos que su maestro en la expresión de sus desatinos.
De acuerdo con la doctrina pelagiana, la caída de Adán no afectó al género humano. Entonces el efecto ponzoñoso de Pelagio va dirigido a desprestigiar la obra de Jesucristo, al afirmar que la finalidad de la encarnación del Señor Jesucristo no fue sino ayudar a los hombres con su ejemplo y enseñanzas a ser buenos y a salvarse, descartando la redención por medio de Su sacrificio cruento. Asimismo Pelagio propagó la idea de que es necesario bautizarse para la salvación, añadiendo otra herejía antibíblica como las demás, de que los niños que mueren sin bautizarse no gozan del mismo grado de gloria que aquéllos que han sido bautizados, desconociendo el propósito mismo y el significado del bautismo, y la verdad bíblica de que el reino de los cielos es de los niños, pero por contraste los pelagianos negaban "el pecado original". Esta serie de herejías del pelagianismo fueron tomando fuerza en la cristiandad, tanto en el sistema católico romano como fuera de él, como en las escuelas de teología modernista.
Hay que tener en cuenta que en el año 416, varios sínodos reunidos en Cartago, Mileve (Numidia) y Roma tomaron acción contra esta herejía, pero Zósimo, obispo de Roma (se encuentra en la lista de los llamados papas) tomó partido a favor de Pelagio y Celestio, y tomó la determinación de condenarlos sólo cuando el emperador Honorio los hubo desterrado (418). El gran oponente de esta corriente doctrinal de Pelagio y su asociado Celestio, fue Agustín de Hipona, el hombre que influyó más en el cristianismo después del apóstol Pablo, quien sostuvo el punto de vista bíblico de que Adán representaba a toda la raza humana, en cuyo pecado se vio involucrada toda la humanidad, y en consecuencia todo el género humano es considerado culpable. Agustín compartía asimismo la aseveración bíblica de que el hombre por su propia elección no puede elegir la salvación, sino que ésta depende de la voluntad de Dios, quien nos ha escogido desde antes de la fundación del mundo para ser salvos. En 418, el Concilio de Cartago condenó las ideas pelagianas. La ortodoxia teológica de Agustín vino a ser normativa en la Iglesia, y no fue sino hasta alrededor del año 1600, en que con Arminio en Holanda, y más tarde con Juan Wesley, surgió otra escuela de pensamiento en relación con la salvación, alejada de la doctrina agustiniana.
Téngase en cuenta que después de la muerte de Agustín, la teología se enrumbó por una línea considerada como semi-pelagianismo, que tuvo como resultado que en el medioevo se siguiera manteniendo el énfasis en la gracia de Dios, pero mezclada con el libre albedrío y la necesidad del hombre de cooperar con la gracia, y eso se debió en parte al punto de vista agustino acerca de la libertad de la voluntad humana y su implícita responsabilidad ante la salvación, lo cual llevó a ciertos malentendidos respecto de la predestinación.
Nestorio y el nestorianismo (murió en 451). Hijo de padres persas. Presbítero y fraile de Antioquía, que en 428 fue llamado desde su monasterio por el emperador de Oriente Teodosio II a ser obispo de Constantinopla. Atacó los residuos de los arrianos y en las disputas alrededor de la cristología y en particular de la encarnación, criado en el medio teológico de Antioquía, se opuso a que la virgen María fuese llamada madre de Dios (Theotokos), prefiriendo el de madre de Cristo (Christotokos), diciendo que María había sido sólo madre del cuerpo de Jesús. Se le opuso Cirilo, obispo de Alejandría, acusándolo de rebajar el concepto de la divinidad del Señor. La controversia se manejó al principio por medio de cartas, luego llevado el caso ante el obispo de Roma, fue condenado en sínodos en Roma y Alejandría en 430, y por último en el Concilio de Efeso en 431, y desterrado por orden del emperador a su convento de Antioquía y más tarde al gran Oasis del desierto de Egipto, donde murió, derrotado, languidecido, después de sufrir a menudo gran angustia física y mental. Esta controversia cristológica fue definida en el concilio de Calcedonia.
Nestorio se opuso a la idea de que el Logos divino pudiera ser envuelto en sufrimiento y debilidad humana, pues el error cristológico del nestorianismo consistía en que ellos sostenían que Jesús no había sido sino sólo un hombre, que lo divino y lo humano en Cristo realmente formaban en Él dos seres o personas distintas; enseñando que quien fue concebido y nació de María fue sólo un hombre, al cual se unió voluntariamente otro ser, el Logos de Dios, de tal manera que Nestorio enseñaba que Cristo, el Logos era una persona, la divina, y Jesús otra persona, la humana, contrariamente a la opinión de la mayoría, que sostenían que había en Cristo dos naturalezas coexistentes, la divina en cuanto Verbo de Dios y la humana por cuanto se hizo carne, asumiendo la naturaleza humana desde el vientre de María, en una sola persona (prosopon) y una sustancia (hypostasis).
La Palabra de Dios declara con claridad que Jesús es el Cristo, una misma persona. "¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo" (1 Jn. 2:22). Nestorio enseñaba que sobre el hombre Jesús descendió el Logos; pero la Palabra de Dios afirma que "el Logos se hizo carne", y que fue "hecho semejante a los hombres", como dice Filipenses 2:7. La Biblia no dice que Cristo descendió sobre una carne, sino que se hizo carne El mismo.

El maná escondido
"El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe" (v.17).
¿Qué le está diciendo el Espíritu a las iglesias que quiere que se oiga? Él quiere que su Iglesia se arrepienta y se levante de su caída. En esta tierra tiene su trono Satanás, el príncipe de este mundo; y el Señor quiere que Su Iglesia, en vez de morar en esta tierra, se aparte del mundo, se desligue de los poderes políticos. Pero como la Iglesia le fue infiel casándose con el mundo, y no quiso dar el paso de volver a las fuentes primigenias, entonces el Señor se dirige a los creyentes individuales a que sean vencedores; que venzan y se opongan a los enredos satánicos, con su enseñanza de idolatría y fornicación; que sean vencedores sobre los que practican la doctrina de Balaam, guiando a los hijos de Dios a la contemporización con el mundo y usando los medios eclesiásticos para medrar en provecho propio; que venzan sobre los que han roto la igualdad en la Iglesia y han dividido a los hijos de Dios en clérigos y laicos con su enseñanza de la jerarquía; que venzan volviendo a Jesucristo, el Hijo de Dios, y lo conozcan y lo amen y le obedezcan y tengan plena comunión en el Cuerpo con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo.
En la carta a la iglesia en Pérgamo están registradas dos promesas para los vencedores. Una de esas promesas es la del maná escondido que les dará el mismo Señor. ¿Qué es el maná escondido? El maná que los israelitas comieron en el desierto era un pan visible y gratuito que el Señor les daba de lo alto, el cual era un prototipo de Cristo, el verdadero pan que descendió del cielo. Dice Juan 6:49-51: "49Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. 50Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. 51Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo".
Y en la tipología del maná veterotestamentario, además del maná visible que comía el pueblo en el desierto, hubo un maná escondido y que permaneció en una vasija de oro dentro del arca, en el Lugar Santísimo del templo de Jerusalén, a donde sólo tenían acceso los de la familia sacerdotal (Éxodo 16:32-34; Hebreos 9:4). Si en el desierto los israelitas recogían más de un gomer por persona diario con el fin de guardar, lo que guardaban se podría, le caía gusano y se ponía hediendo; en cambio la porción que habían guardado en una vasija dentro del Arca del Testimonio, esa no se podría, era incorruptible, de manera que ese maná escondido es símbolo de Cristo (Cfr. Éxodo 16:16-36). En la Iglesia todos los creyentes han recibido la salvación y se alimentan de Cristo, pero sólo los vencedores de la degradación de la iglesia mundana tendrán el privilegio de participar en la comida de esta parte escondida del Señor Jesús, no conocida por todos. Unos buscan el mundo, pero los vencedores no se contaminan con las ofertas mundanas y buscan alimentarse de Cristo, la presencia del Señor en el Lugar Santísimo, una profunda intimidad con Él.
La otra promesa para los vencedores de la iglesia en Pérgamo y para todos los que quieran oír y vencer, es una piedrecita blanca con un nombre escrito, que ninguno conoce, sino la persona que lo recibe. Ahora somos vasos de barro usados por Dios, pues de barro fue hecho el hombre en el Edén, pero en la regeneración hemos recibido la naturaleza divina; de barro hemos sido convertidos en piedras, es decir, en material para la edificación de Dios; y de piedras podemos ser transformados en diamantes (piedras blancas), con un nombre nuevo porque eso designa que ya somos personas transformadas, nuevas. Si comemos del maná escondido, somos transformados en piedras blancas. También se debe tener en cuenta que en los tiempos en que fue escrita esta carta, en las votaciones, a manera de papeleta, solían usar una piedrecita blanca en la cual se escribía el nombre del candidato a elegir. ¿Significará esto que el Señor escoge al vencedor para algo en especial, significando con ello que está satisfecho con el vencedor?
Además de esto, Apocalipsis 19:12b-13 dice: "12...y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo. 13Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: El Verbo de Dios". No es fácil salir victorioso de un medio tan contaminado, en donde la mayoría de los creyentes tienen por verdadero y bíblico el participar y comer de las cosas sacrificadas a los ídolos, el comerciar con las cosas sagradas y predicar por paga humana aun a costa de inducir al pueblo de Dios a pecar. Si te opones a todo eso, te expones a que te rechacen y te excomulguen por hereje. Pero la edificación es de Dios, y Él te convierte en una piedra blanca de ese edificio cuando tú disfrutas de Cristo como tu suministro de vida.

Transición entre Pérgamo y Tiatira
Hay quienes defienden la opinión de que aquí también Dios convirtió este mal en bien, desde el punto de vista de que la autoridad y el poder imperial sirvieron para que por medio de autoritativos concilios ecuménicos se protegiera a la Iglesia contra la desintegración por las divisiones, por la desobediencia de muchos obispos, por la amenaza de muchas herejías y la aparición de enseñanzas torcidas en cierne; pero muchas fueron las consecuencias de que la Iglesia aceptara morar en la tierra y unirse con el mundo. Se fue mezclando el paganismo con el cristianismo. Todo se fue preparando para la formación del cesaropapismo. Eusebio de Cesarea describe con alegría y aire triunfalista la construcción de lujosos templos. Pero, ¿cuáles fueron los resultados? Evolucionó la liturgia en esas grandes construcciones, se consolidó una aristocracia clerical, a la altura de la imperial y con muchas de sus costumbres y su estructuración social.
Como en su tiempo vieron en Constantino el cumplimiento de la historia y del plan de Dios, se dejó de predicar el advenimiento del Reino de Dios y empezó a divulgarse una creencia que ha sobrevivido hasta nuestros días sobre todo en el sistema católico romano y semejantes, de que lo que le espera al creyente es el de ser transferido en espíritu al reino celestial, y en la Iglesia se empezó a olvidar la esperanza del retorno del Señor para establecer en esta tierra un Reino de paz y justicia. Ese fue el punto de vista oficial, y quien regresara al verdadero punto de vista neotestamentario era condenado por hereje.
La estructura social y política que la Iglesia le imitó al Imperio iba encaminada a la exigencia de un jefe visible. El imperio era gobernado por una autocracia con poderes absolutos. Hemos explicado que es la voluntad del Señor que cada iglesia local sea supervisada por un grupo de obispos; más tarde, ya a comienzos del siglo segundo, emergió la supremacía de ciertos obispos regionales con autoridad por encima de los otros a quienes seguían llamando presbíteros. Asimismo se fue introduciendo lo de obispos de cierta categoría en determinadas ciudades a quienes llamaron metropolitanos y más tarde patriarcas, como los de Roma, Jerusalén, Antioquía, Alejandría y Constantinopla, entre los cuales se suscitaban a menudo disputas por los asuntos de la supremacía; hasta que al final se la disputaban los patriarcas de las dos capitales imperiales, Roma y Constantinopla, por las razones expuestas. El obispo de Roma tomó el título de padre, papá, y por último papa, del griego papas, y reclamaba para sí autoridad apostólica. Siricio fue el primer obispo de Roma que tomó para sí el título de papa en el siglo cuarto. Pero no fue sino hasta el siglo VII en el que definitivamente este título se convirtió en propiedad de los obispos de Roma. Indudablemente que la iglesia de Roma había ejercido gran influencia como una columna en la enseñanza doctrinaria ortodoxa, había sido poco contaminada con escuelas e ideas heréticas, y tenía en su haber el estar en la sede del principal centro del gobierno imperial. Es así como el obispo romano o papa, paulatinamente fue siendo considerado como la autoridad suprema de la iglesia en general.
Debido a la vastedad del territorio imperial, a la ambición política de muchos militares, a las guerras intestinas, a los numerosos crímenes políticos, a la descomposición de las costumbres, al ocio y progreso material y muchos otras causas, el Imperio se fue debilitando, las tribus bárbaras fueron haciendo incursiones y tomando posesión de mucha parte de su territorio, de tal modo que en últimas el Imperio Romano Occidental quedó reducido a un pequeño territorio alrededor de la capital. Fue entonces cuando el rey germánico Odoacro y su pequeña tribu de los hérulos, tomó posesión de la ciudad en el año 476, destronando a Rómulo Augusto, el niño emperador, apodado Augusto el Pequeño. En 477 Odoacro obtuvo de Zenón, emperador de Oriente, el título de patricio, que equivalía al de rey de Italia, desapareciendo así el Imperio Romano occidental, pues el oriental, cuya capital era Constantinopla, permaneció hasta el año 1453, fecha cercana al descubrimiento de América. Inversamente proporcional al debilitamiento y caída del Imperio Romano, iba aumentando la influencia y poder de la iglesia de Roma y sus papas en todo el territorio europeo, lo que en la práctica se traduce como la continuación de las mismas estructuras y poderes imperiales, bajo otro ropaje.
 
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