Edificando Filadelfia
  Las Moradas de la Casa de Dios
 
LAS MORADAS
DE LA CASA DE DIOS

Por Arcadio Sierra Díaz

Comienza el discurso escatológico

En la economía de Dios es sumamente fundamental la figura de las tres centralidades concéntricas, las cuales son el Señor Jesucristo, el Espíritu Santo y el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Vamos a ver un poco sobre ese aspecto en el capítulo 14 del evangelio de San Juan. Este capítulo de la palabra de Dios es rico en revelación sobre las tres centralidades concéntricas y las moradas de la casa de Dios; pero el contenido revelacional de este capítulo ha sido tradicionalmente interpretado por vertientes equivocadas. Tenemos que tomar todo el contexto bíblico acerca de este asunto, a fin de obtener la veracidad de la revelación de Dios al respecto. Dice el Señor mismo: «1No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí». La frase “creéis en Dios” puede significar «por cuanto creéis en Dios»; se trata de una afirmación de algo conocido por el Señor; no es que el Señor lo haya puesto en duda, o que haya sido una frase condicional. No. «Ustedes creen en Dios, pues crean también en mí», dice el Señor, dándoles confianza en Su persona, en Sus palabras, en Su obra, en Sus promesas.
Pero, ¿por qué les dice «No se turbe vuestro corazón»? Porque tengamos en cuenta que aquí comienza el gran discurso escatológico que en este evangelio termina en el capítulo 17, pero que los evangelios sinópticos engloban muchos otros aspectos importantes, mientras bajaba por el torrente de Cedrón y subía al monte de los Olivos. El Señor les iba declarando a los discípulos toda esta serie de asuntos, preparándolos, antes de que llegara la hora de ser prendido para sufrir Su pasión y muerte en la cruz.
En el capítulo 13 de Juan aparece registrado lo de la última cena pascual tenida con sus discípulos; y al final Él les comunica Su inminente ida pasando primero por la cruz para poder cumplir la redención. Allí leemos: «36Le dijo Simón Pedro: Señor, ¿a dónde vas? Jesús le respondió: A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; mas me seguirás después. 37Le dijo Pedro: Señor, ¿por qué no te puedo seguir ahora? Mi vida pondré por ti». Esa frase brota del corazón de un Pedro que en ese momento todavía era muy impetuoso. «38Jesús le respondió: ¿Tu vida pondrás por mí? De cierto, de cierto te digo: No cantará el gallo, sin que me hayas negado tres veces». Claro, nosotros sabemos ahora que nadie hubiera podido participar en ese momento de los sufrimientos y muerte del Señor. Eso debía asumirlo Él solo. Incluso, la Biblia revela que al lado de la cruz del Señor se encontraban el apóstol Juan, María la madre del Señor y otras mujeres, y ellos en nada pudieron aliviarle sus dolores. Tampoco, en ese momento, podrían ascender al cielo con el Señor. De manera, pues, que aquel estado de ánimo de sus discípulos, toda aquella situación se fue extendiendo dentro del grupo, y no solamente se entristecieron, sino que se turbaron; el alma de ellos se turbó, hermanos, se agitaron como se agitan las olas del mar azotadas por el viento.

Cronos y kairós
El Señor Jesús veía ese estado del alma de sus amados amigos, que eran también sus discípulos; y por eso esa frase para infundirles seguridad y paz: «No se turbe vuestro corazón»; es decir, descansen en mí, confíen plenamente en mí. Porque ellos, todavía, como dice el apóstol Pablo, continuaban viendo al Señor en la carne. Pablo dice: «De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así» (2 Co. 5:16). Pero ellos realmente, ¿qué estaban mirando en el Señor aun en el momento en que ya se iba de esta tierra? Ellos seguramente miraban al Mesías que se iba sin que le diera realización a la instauración del reino. Eso es lo que ellos le preguntan al Señor cuando ya está próximo a ascender (cfr. Hechos 1:6-7): «Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?» Ellos estaban preocupados por este asunto; incluso algunos habían deseado puestos destacados en el reino; y ahora las cosas se dan como si se les escapara de las manos esa esperanza, y ¿eso a qué se debía? Pues sencillamente a que ellos todavía no entendían las cosas en su justa dimensión. Por esa razón el Señor les responde: «No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad». Es decir, el Señor les responde queriéndoles explicar que dentro de los parámetros de la economía de Dios hay tiempos y hay sazones, pero el Padre sabe cuándo se le debe dar cumplimiento a las cosas. Lo que muchas veces se ha explicado acá: en la economía divina hay cronos y hay kairós, tiempos y sazones u ocasiones.
Nosotros los humanos vemos todas las cosas bajo otra dimensión diferente a la de Dios, y en la medida en que vamos progresando en nuestro conocimiento de Dios, vamos entendiendo mejor cómo actúa Dios, cómo ve Dios la historia. A todo acontecimiento le llega su tiempo preciso, y su madurez, su sazón.

Dios «tabernaculizó» entre los hombres
A su debido tiempo, en el tiempo de Dios, y cuando Dios vio que ya había una sazón en la humanidad, Cristo vino a introducir a Dios en el hombre, el Hijo vino a revelar al Padre. Antes o después hubiese sido extemporáneo e inconveniente. En ese preciso momento ya había un remanente esperando, preparado, y los campos blancos para recoger la cosecha requerida y preparada. Recordemos lo que dice Juan 1:14: «Y aquel Verbo (Juan venía hablando del Verbo de Dios) fue hecho carne, y habitó entre nosotros». Cuando en nuestra versión dice «habitó», significa que tomó para sí, se fabricó, Dios se construyó un tabernáculo terrenal; pero aquí se podría traducir «tabernaculizó» entre los hombres.
El apóstol Pablo, al comienzo del capítulo 5 de la segunda carta a los Corintios, dice que el cuerpo que tenemos nosotros ahora en esta tierra es un tabernáculo. ¿Qué es un tabernáculo? Es una tienda de campaña, una vivienda provisional, que se usa mientras se llega al destino donde se va a vivir ya en una casa fija, como sucedió con los hebreos cuando fueron liberados de Egipto. Ellos en todo su peregrinar por el desierto, cada familia habitaba en un tabernáculo, al cual armaban al final de cada jornada, y habitaban en sus tiendas provisionales. Y lo curioso es que el mismo Dios tenía su propio tabernáculo en el desierto, al cual armaban en medio del pueblo; era, pues, un templo provisional. Cuando todo el pueblo hebreo llegó a Jerusalén y demás ciudades de la tierra prometida, y las conquistaron, entonces cada familia empezó a habitar en esas ciudades en su propia casa. Llegó el momento, en el tiempo de Dios, en que el rey Salomón construyó un templo, por orden de Dios, para adorar a Dios, reemplazando al tabernáculo del desierto. Entonces cuando en Juan 14:1 dice que «aquel Verbo de Dios fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad», significa que Él vino e introdujo a Dios entre los hombres, y empezó Dios a tener parte integrante con la humanidad.
Pero, hermanos, cuando el Señor dice aquí en Juan 14:2: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros», dice una verdad que ha sido a menudo tergiversada a través de la historia, legándonos una torcida herencia religiosa al respecto. He leído algunos comentaristas que dicen que el Señor sube al cielo a preparar, tal vez en el tercer cielo, lugar para los creyentes, a preparar moradas ubicadas tal vez fuera de la persona del Señor mismo y fuera de nosotros; y que finalmente nosotros iríamos a habitar allá en casas adornadas de oro y cosas así. Pero el Señor Jesús aquí no está hablando de eso.
Cuando el Señor Jesús dice «en la casa de mi Padre», se está refiriendo a la casa de Dios, a nosotros. Pero hay un detalle que debemos poner en claro, y es que en ese momento, solamente Él, el Señor Jesús, era la casa del Padre; era el tabernáculo de Dios. Cristo era la única persona en la tierra que era la casa de Dios. No había más. Él era la única habitación de Dios. Ya hemos leído que dice: «y tabernaculizó entre nosotros»; Dios vivió en un tabernáculo terrenal, el cual era Jesucristo. De ahí que Él les declara a sus discípulos, diciéndoles: «voy, pues, a preparar lugar para vosotros».

Cristo, el único templo de Dios
Para mayor comprensión de este asunto, vamos al capítulo 2 de Juan, donde Juan nos narra un asunto conflictivo de Jesús en el templo de Jerusalén, que titulan como la purificación del templo, cuando el Señor entró al templo y se enfrentó con todo aquel comercio de los cambistas y las ventas de animales para los sacrificios, y haciendo un azote de cuerdas echó del templo a todos junto con sus animales, regando las monedas de los cambistas y volcando las mesas. Vamos al versículo 16: «16Y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado». Esa frase «la casa de mi Padre» tiene aquí una doble connotación, porque «la casa de mi Padre» en ese momento se refería al templo que había construido primeramente Salomón, y después fue reconstruido por el remanente que regresara del cautiverio babilónico, y por último había sido terminado por Herodes llamado el grande. Pero lo curioso es que eso no era exactamente a lo que el Señor se estaba refiriendo, porque miren cómo continúa en el versículo siguiente: «17Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume. 18Y los judíos respondieron y le dijeron: ¿Qué señal nos muestras, ya que haces esto? 19Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. 20Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? 21Mas él hablaba del templo de su cuerpo». Vemos, mis amados hermanos, que el Señor aquí lo dice con mucha claridad, de manera que «la casa de mi Padre» es Él mismo.

La cruz del monte Calvario
Retomando el texto de Juan 14, leemos: «2En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. 3Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. 4Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino». De ese contexto extraemos por ahora la frase: «voy, pues, a preparar lugar para vosotros».
¿En dónde iba el Señor a preparar lugar? En la cruz del monte Calvario. Jesús tenía que pasar por la cruz para poder preparar lugar a fin de que cada creyente pudiese hacer parte de la única morada de Dios, la que Dios aún está edificando. Jesús tenía que vencer al enemigo; Él tenía que derramar toda su vida, y tenía que resucitar en victoria. Cristo, el tabernáculo de Dios, el Verbo encarnado de Dios, Dios mismo encarnado, va a la cruz, muere, pero resucita; porque en vida natural no podía introducirse en Sus discípulos. ¿Por qué no lo podía hacer? Porque aún tenía un tabernáculo terrenal que se lo impedía; un tabernáculo que tenía que morir; de manera que tenía que ir a la cruz, y luego, después de ese proceso de preparación con la muerte, tenía que resucitar; y eso no era todo: tenía que ser glorificado, e ir a sentarse a la diestra del Padre, y enviar a la tierra a la segunda centralidad, al Espíritu, a fin de que toda Su obra salvadora fuese aplicada por el Espíritu en todos los que creyeran en Él. Era necesario que, por el Espíritu, Dios viniese a morar en cada uno de los creyentes, y empezara así a formarse la tercera centralidad concéntrica: el cuerpo de Cristo, la Iglesia. El Espíritu Santo viene así a desempeñar un papel super importante.

Cristo conduce al hombre a Dios
Pero miremos las cosas por parte. Dice el Señor en Juan 14: «4Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino». Al llegar a este punto, la Palabra de Dios revela algo de suma importancia. El Señor Jesús ya lleva tres años y medio de andar con sus discípulos. Cuántas cosas tuvieron la oportunidad de verle personalmente al Señor. Cuántas veces le oyeron decir: «Yo y el Padre uno somos»; seguro que muchas veces escucharon esa declaración. Pero hoy sabemos que ellos en ese tiempo aún le conocían según la carne, y que todo lo de Dios sólo lo podemos conocer por revelación de Dios; de manera que no debemos maravillarnos de las siguientes palabra de Tomás. «5Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? 6Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí». Entonces ahí el Señor está declarando que así como Él vino a introducir a Dios en el hombre, a partir de la cruz iba a introducir al hombre en Dios. Cristo ejecuta esa doble obra.
Cristo primero introduce a Dios en el hombre por medio de la encarnación, pero para introducir al hombre en Dios debía pasar por la crucifixión, la resurrección, la glorificación, y luego enviar Su Espíritu. Por esa razón le dice a Sus discípulos: «Yo soy el camino», porque Cristo es el que conduce al hombre a Dios. Él es el camino verdadero. Él no dice que es uno de los caminos, sino el único camino. Claro que la palabra «único» allí es tácita; no hay necesidad de escribirla, pues se subentiende que Cristo dice que es el único camino, la única verdad, la única vida. Antes de que Cristo se manifestara, ya los hombres poseían vida biológica, en griego «bios», los hombres ya tenían vida en el alma, en griego «psiqué», pero Jesús nos vino a traer la vida «zoé», la vida increada, la vida divina, la vida eterna de Dios; entonces el Verbo vino a introducir a Dios en el hombre, pero también tenía el encargo de introducir el hombre en Dios.
El Señor Jesús dice: «7Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais». Miren cómo el Señor Jesús está declarando tajantemente que Él, Jesús de Nazaret, es Dios, entonces el que conoce a Jesucristo, conoce a Dios. Esto indica que el Señor está afirmando: Yo soy Dios. Porque Él dice: Si ustedes me conocen, si ustedes en realidad, en el tiempo que llevo andando con ustedes, me hubieran conocido, ya hubieran visto en mí a Dios, al Padre. A Dios ¿quién le puede ver? Obsérvese que cuando el Señor conversa con la samaritana, le dice: Dios es Espíritu. Entonces a Dios nadie le puede ver sencillamente porque Dios es infinito; Dios es un Espíritu infinito que nada ni nadie puede contener. Y nuestra mirada no es infinita para que tenga capacidad de ver a un Dios infinito. Pero suponiendo que Dios se dejara ver un poquito, una pequeña parte de Él, como una uña; claro que estamos usando una frase muy antropográfica, pues Dios no tiene uña. Por ejemplo, la Biblia dice que Cristo está ahora sentado a la diestra del Padre; esa es una frase descriptiva muy antropomorfa, pues Dios no tiene diestra ni siniestra, dado que Dios es un Espíritu infinito. Esa afirmación sirve para declarar la alta posición que ocupa Cristo delante de Dios. Entonces, aunque Dios quisiese dejarse ver una uña, no lo podría hacer; y eso nos dice que a Dios nadie lo puede ver. ¿Cómo lo podría ver? Para que pudiéramos ver a Dios, Él tenía que encarnarse, hacerse también un hombre como nosotros; tenía que asumir nuestra propia dimensión, y poder ser visto tanto por los sentidos como por la revelación del Espíritu de Dios. Quien tiene forma humana es Jesús el Hijo de Dios, llamado también el Hijo del Hombre; y Él es Dios también, claro está. Por eso es que nadie ha visto a Dios; no lo puede ver. El Señor Jesús se lo dijo a la samaritana: «Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren» (Juan 4:24).
Pero el Señor Jesús hace una necesaria aclaración con esas palabras: «7Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto». Él lo da por hecho, pues es la realidad. Luego entra es escena Felipe. Hay dos apóstoles que tienen nombres griegos: Felipe y Andrés. Ambos pertenecían a la raza hebrea, pero ostentaban nombres griegos; eso se debía a que la cultura helenística había calado en la judía, trastocando muchos valores y costumbres. El nombre Felipe significa el que ama a los caballos, pues se deriva de fileo, amor, afecto entrañable, e ippos. caballo, de donde se deriva las palabras hípica, hipódromo.

Cristo, la morada de Dios

«8Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta». Es un punto de vista muy humano y muy lejos de lo espiritual. Ya hemos visto que si a Cristo lo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así. Hay muchos creyentes que están a la expectativa de experiencias externas, sensibles y hasta visibles. «9Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?» Miren cómo es Dios de bueno, que dio a Su propio Hijo, que es la impronta del Padre, para que nosotros podamos conocer al Padre en el Hijo; y algo de eso también quiere Dios que vean en nosotros, porque Él está trabajando para hacer de nosotros la imagen del Hijo; Dios quiere que seamos como Su Hijo. De manera, pues, que quien ve al Hijo, ve al Padre; y también quiere Dios que cuando vean a un hijo de Dios (ya como imagen de Cristo), vean a Cristo en él, y por ende a Dios. Eso es lo que Dios quiere que esté ocurriendo en la Iglesia.
Y le sigue diciendo Jesús a Felipe: «10¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras». Miren esa declaración: «El Padre que mora en mí». ¿Quién lo está diciendo? El mismo que se había definido como la casa de Dios. En una casa se vive, se mora. Esa misma casa está diciendo: El Padre mora en mí; es decir, yo soy la casa de Dios; Él habita en mí. Vemos, pues, que Dios empezó a tener Su propia casa.
De manera, pues, que el Señor lo enfatiza, diciendo: «11Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras. 12De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre». Esta última declaración se ha cumplido en la historia de la Iglesia. Luego el Señor agrega: «13Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. 14Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré». Claro, aquí se está refiriendo al Hijo, a fin de que se beneficie Dios. Recordemos que en la medida en que uno va conociendo a Cristo, va conociendo a Dios; y en la medida que conoce a Dios, todo lo que emprenda, o haga, lo debe hacer para Dios, y todo lo que pida en oración, lo debe hacer para que se beneficie Dios.

¿Cómo llevar el hombre a Dios?

Ahora viene la efectividad de cómo llevar al hombre hasta Dios, cómo introducir al hombre en Dios. Desde la caída en el Edén, el hombre y Dios estaban distanciados. El Verbo encarnado primero introduce a Dios en la humanidad; ahora veremos la forma de cómo el Cristo crucificado, resucitado y exaltado a la gloria introduce al hombre en Dios: enviando Su Santo Espíritu a morar en el hombre. El Señor Jesús lo declara de la siguiente manera: «15Si me amáis, guardad mis mandamientos. 16Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre». Se sabe, hermanos, que la palabra «Consolador», es traducida de la palabra griega que se traduce también «abogado». Es la misma que aparece en la primera carta de Juan 2:1, donde declara que «si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo». Esa palabra griega que se traduce consolador y abogado es «parakletos», del verbo griego «paraklesis», que significa llamar a una persona (para, al lado; kaleo, llamar) al lado de uno para que lo ayude. De esa misma raíz se deriva la palabra iglesia, ekklesia (de ek, fuera de, y klesis, llamamiento, de kaleo, llamar), los llamados fuera del mundo, los sacados con el objetivo de servirle a Dios. De manera que parakletos es uno que es llamado al lado de otro para que lo ayude, lo asista y se encargue de muchas de sus cosas.
Dice el Señor: «... para que esté con vosotros para siempre: 17el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros». El Consolador vino a morar dentro del hombre, de otra manera no sería posible que fuese su Parakletos, y en esa forma el hombre es introducido en Dios. No es una paradoja. Cuando ocurre la crucifixión, cuando el Señor resucita, cuando sucede la glorificación de Cristo, entonces es enviado el Espíritu Santo, y se introduce primeramente en ciento veinte personas que esperan juntos la promesa, y esas ciento veinte personas son agregadas, son introducidas en Dios, son bautizadas en el cuerpo de Cristo, y empiezan a hacer parte de Dios; entonces ya la casa de Dios no se compone solamente de una sola habitación, de un solo tabernáculo, el de Cristo, sino que ciento veinte moradas más son añadidas a la casa del Padre.
Y cuando uno de los ciento veinte, Pedro, empieza a proclamar las buenas nuevas, ese mismo día, en Pentecostés, tres mil habitaciones más son añadidas a la casa de Dios. «En la casa de mi Padre muchas moradas hay». Sí, muchas moradas hay en la casa de Dios. Porque, como les dije al comienzo, en el curso de la historia, sobre este asunto se ha enseñado otras cosas diferentes, hasta el punto de poner a Pedro de portero para determinar a quién abrirle y a quien no abrirle el acceso a una especie de enorme conjunto cerrado habitacional en las esferas celestes.

Dios y el hombre viviendo juntos
Prosigue el Señor diciendo: «18No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros». Primero vino antes de ser ascendido, y después vino en la Persona del Espíritu Santo; vino y aún permanece con nosotros. «19Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis». Cristo es la vida de la Iglesia. «20En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros». Vemos, amados hermanos, que Cristo está en el Padre, y nosotros estamos en Cristo; luego, ¿dónde estamos nosotros también? En el Padre, en Dios. Así de sencillo. El Señor Jesús nos ha introducido en el Padre por medio de Su obra aplicada por Su Santo Espíritu que ahora mora en nosotros. Cristo nos ha llevado a morar en Dios, y nos ha traído a Dios a morar en nosotros.
Por eso es que la Iglesia no es una organización; la Iglesia es un organismo vivo, la Iglesia es una nueva raza; la Iglesia, el cuerpo de Cristo es el clímax de todo el propósito de Dios. Toda la economía de Dios, Su plan eterno, Sus propósitos con la creación, con el hombre enfocados en Su Hijo, lo ha proyectado con el fin de tener una casa viva donde morar eternamente, una familia con quien compartir Su amor y sus riquezas, y una esposa con quien gobernar. El cuerpo de Cristo es lo más importante en todo el propósito de Dios. Por eso nosotros no debemos tomar livianamente lo que vivimos, lo que somos ahora después de ser salvos. Nosotros para Dios somos muy importantes, porque somos el cuerpo de Su Hijo, y somos Su morada. Lo somos inmerecidamente, pero es una realidad en Dios. A veces pienso lo que el Señor sufre cuando nosotros mismos no miramos esa realidad siquiera cercanamente a como Él la estima. Miren el pensamiento de Él: El mundo no me puede ver, el mundo no me conoce, pero yo espero de ustedes que sí me conozcan. Ustedes me verán; porque yo vivo, ustedes también vivirán sus vidas por la vida mía. Yo les he dado mi propia vida para que vivan eternamente.

Dios hace morada con el creyente
«20En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros. 21El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama (el que le obedece, el que está atento, pendiente del mover del Señor); y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. 22Le dijo Judas (no el Iscariote) (porque es que el Iscariote ya no estaba con ellos; ya se había ido a lo suyo): Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo? 23Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos (plural) a él, (¿y qué?) y haremos (plural) morada con él (con el creyente)».
¿Qué dice al comienzo del capítulo 14? «En la casa de mi Padre muchas moradas hay». Esta es una de esas moradas de la casa de Dios. Estas son las moradas de la casa del Padre; somos nosotros. «24El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió».
¡Qué maravilloso es lo que nos está ocurriendo a nosotros! Yo llegué a creer, de pronto, en algunas de las fantasiosas enseñanzas de la religión. Porque uno pasa por ciertas etapas, como le sucede a cualquier niño mientras va creciendo y conociendo las cosas. Un niño ve las cosas según su edad, de acuerdo a como se va desarrollando y vaya asimilando, de acuerdo a la luz que tenga de su entorno. Así somos nosotros cuando conocemos al Señor. Tal vez yo llegué a creer y pensar: ¿Cómo serán esas moradas? ¿Quién será mi vecino? ¿Con quién iré yo a vivir en esa casa, en esas moradas celestiales?
Pero ahora vemos lo que revela la Palabra de Dios, que Dios está edificando una casa viva, una casa que le ame, que lo acoja. Por ejemplo, dice Pablo en Efesios 2:22: «En quien (en Cristo) vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu». Dios no quiere solamente morar en nuestro espíritu, sino también en nuestra alma, en nuestro corazón, ser el centro de nuestra vida, para que lo podamos conocer en sus justas medidas, como lo declara Pablo en su epístola a los Efesios, donde el apóstol dice que él ora al Padre: «16para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; 17para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, 18seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, 19y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios» (Ef. 3:16-19).

¿Cuál es la habitación celestial?
Dios quiere esa casa; y Él ahora la está edificando. Por eso el Señor Jesús les dijo a los judíos: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». Y lo destruyeron, crucificándolo, pero después de tres días lo reedificó. Y ya dejó este tabernáculo terrenal y temporal, porque fue transformado, y recibió entonces una casa eterna, un cuerpo incorruptible y glorioso; un cuerpo que no conoce el cansancio; un cuerpo que no necesita de alimentación, que puede comer o no comer como algo opcional; un cuerpo que puede caminar o volar o ubicarse en otro lugar distante al instante; un cuerpo que tiene la capacidad de ser invisible o invisible; un cuerpo que puede abrir la puerta para entrar en un recinto cerrado, o traspasar las paredes; un cuerpo glorioso y con poderes superiores a los de los simples mortales. Dice Pablo en Filipenses 3:20,21 que nosotros vamos a recibir de Dios un cuerpo semejante al cuerpo de la gloria de Cristo.
Ahora moramos en un tabernáculo que tenemos que dejar. La Palabra de Dios nos revela que este cuerpo corruptible no puede participar de la herencia de Dios; por eso debemos dejarlo. Cuando dejemos este tabernáculo, y todavía no haya regresado Cristo, y tengamos que irnos al Paraíso, en el tercer cielo, pues la Biblia dice que allá tendremos que ir los que muramos en Cristo, entonces allá permaneceremos temporalmente sin tabernáculo. Se trata de un tiempo de espera en el cual estaremos sin este tabernáculo y sin el cuerpo glorioso que el Señor nos dará cuando llegue la resurrección de los santos. Durante ese período estaremos desnudos; y por esa razón dice el apóstol Pablo en 2 Corintios 5:1-4: «1Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. 2Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; 3pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. 4Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida». Pablo dice que los que estamos en este tabernáculo «no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos»; y esto se debe a que en el Paraíso no tendremos este estuche, hasta que el Señor resucite a la Iglesia y la arrebate a Su presencia. Ahora mismo, allá todos los santos están desnudos; sus almas no tienen sus correspondientes cuerpos. Por eso están desnudos hasta la resurrección de los santos. Ahora entendemos cuáles son esas moradas de la casa de Dios.
Le sigue diciendo el Señor a Sus discípulos: «25Os he dicho estas cosas estando con vosotros. 26Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho». El Espíritu Santo no vino a vivir por aquí en los aires, o paseándose de vez en cuando por las comunidades religiosas, o que haya necesidad de decirle cada vez que baje, y entonces será cuando Él baja. No. Él vino el día de Pentecostés y se introdujo en cada creyente, y empezó a morar en cada uno de aquellos ciento veinte, de aquellos tres mil, de aquellos cinco mil, y de todos los millones que a través de la historia y el tiempo, en todas las naciones, hemos ido creyendo; entonces Él se introduce y trae la vida de Dios a morar dentro de nosotros, en nuestro espíritu primeramente, para convertirnos en verdaderas viviendas, verdadero templo, verdaderas moradas de Dios.

Una especie de simbiosis
Recordemos las palabras del Señor: «1No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. 2En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros». Él tenía que preparar todo a fin de que nosotros pudiéramos tener un lugar dentro de la vida de Dios. Y después de hacerlo todo, ha hecho de nosotros moradas de Dios. Es como una especie de simbiosis: Dios mora en nosotros y nosotros moramos en Dios, pues hacemos parte del cuerpo de Cristo.
Y lo curioso es que en esas corrientes religiosas, ¿por qué será que se habla diciendo, nos vamos a hermosos lugares celestiales, llenos de oro, como si se tratara de nuestro destino último? Porque muchas veces se desconoce ese tercer elemento, esa tercera centralidad, que es el cuerpo de Cristo. La primera centralidad, el Verbo de Dios, Cristo, encarnándose e introduciendo a Dios dentro de la humanidad; la segunda centralidad, el Espíritu Santo, trayendo la obra de Cristo en la cruz, en Su resurrección y glorificación, y aplicándola en todo aquel que cree, para empezar a formar la tercera centralidad, el cuerpo de Cristo; y cada uno de los que vayan creyendo, los que vayan convirtiéndose en habitáculos del Espíritu Santo, inmediatamente, dice en la primera a los Corintios 12, es bautizado, es introducido por el Espíritu Santo dentro del cuerpo místico del Señor. Ahí, pues, tenemos la realidad de esas tres centralidades concéntricas: Cristo y Su obra, el centro; el Espíritu Santo, la centralidad intermedia, y el cuerpo de Cristo, la Iglesia, la centralidad periférica.

No se turbe vuestro corazón
Nosotros hemos podido haber escuchado muchas cosas, y haberlas guardado en la memoria; hemos podido haber leído la Palabra de Dios, incluso haber tenido revelaciones, etc., pero sólo si tenemos comunión con el Espíritu, si somos guiados por el Espíritu, Él mismo nos va recordando la Palabra en el momento preciso, nos va recordando la verdad de Dios, lo que Dios quiere, la voluntad de Dios, para que miremos en qué momento histórico vivimos, cuál es nuestra verdadera posición frente al mundo y frente a Dios, y nosotros respondamos con responsabilidad ante esa situación. Ahí lo dice: «26Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho. 27La paz os dejo, mi paz os doy». Hoy en día todo el mundo anhela la paz; y se hacen manifestaciones y movimientos políticos al respecto. Pero la paz de que habla el Señor no es esa. La que nos da el Señor es la paz que nos trae el Espíritu de Dios; es la paz que hace parte del fruto del Espíritu Santo. A veces uno puede decir que tiene gozo; bueno, uno a veces puede tener gozo por muchas circunstancias en la vida cotidiana, pero se trata de gozos pasajeros. Pero el verdadero gozo es el fruto del Espíritu Santo en nosotros. Ese es el verdadero gozo del Dios que ha venido a morar en nosotros. Y ese gozo se experimenta aun en medio de los problemas, aun en medio de los conflictos de la vida, aun en medio de los dolores, de las enfermedades; aun ante la inminencia de la muerte podemos vivir el gozo de la presencia de Dios, por encima de todo.
El Señor nos dice: «27La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo». Dios quiere que no le temamos a nada: solamente a Dios. No debemos temerle a la muerte. Claro, en la medida en que uno va creciendo en la vida espiritual, y avanzando en su conocimiento del Señor, en esa misma medida no le teme a la muerte. Y llega el momento en que podrás decir como Pablo: «21Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. 22Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. 23Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; 24pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros» (Flp. 1:21-24). Observemos que él decía: estar con el Señor es ganancia; pero ese estar con el Señor, ¿qué es? La muerte, dormir en Cristo. A veces el Señor le ha avisado a algunos de Sus siervos que pronto se los va a llevar; pero se lo dice a los cristianos maduros; que conocen lo que es ser un creyente frente a Dios.
Sigue diciendo el Señor: «28Habéis oído que yo os he dicho: Voy, y vengo a vosotros. Si me amarais, os habríais regocijado (en vez de llenarse de temor y turbación, más bien debiera ser objeto de regocijo lo que os he dicho), porque he dicho que voy al Padre; porque el Padre mayor es que yo. 29Y ahora os lo he dicho antes que suceda, para que cuando suceda, creáis. 30No hablaré ya mucho con vosotros; porque viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí». Ni en nosotros, hermanos, porque ya fue vencido. Yo creo que no hay ni para qué mencionarlo. Él está vencido. Si en algo quiere estarte acorralando, ponlo en su sitio. Dile: estás vencido por la sangre de Cristo. La Biblia lo dice, y es verdad. Sigue diciendo el Señor: «31Mas para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mandó, así hago. Levantaos, vamos de aquí».
Entonces, recapitulando, decimos: Dios quería construir, edificar Su casa, y lo está haciendo. Pero para ese propósito era necesario que enviara a la humanidad a Su propio Hijo para que tomara carne; y entonces Dios, por medio de Su Hijo, se introdujo en el hombre, pues la tarea del Hijo era llevar e introducir al hombre en Dios, a fin de que empezara el hombre a ser morada de Dios.
Ya somos morada de Dios, y como tal, Dios quiere que andemos limpios, santificados, semejantes al Hijo; que seamos cada día la imagen de Su Hijo. Niños, jóvenes, adultos y ancianos, todos los que hemos creído en Cristo Jesús, ahora somos casa de Dios; y Dios quiere una casa santa, limpia, una casa apartada de todo mal. En la medida en que eso es así, además de beneficiarse el Señor, nosotros también nos beneficiamos a nosotros mismos.
 
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