Edificando Filadelfia
  LA IGLESIA DE JESUCRISTO
 





LA IGLESIA DE JESUCRISTO
UNA PERSPECTIVA HISTÓRICO-PROFÉTICA


ARCADIO SIERRA DÍAZ

1998


E.mail: cristiasidia@gmail.com
Bigitá, D.C., Colombia


CONTENIDO
Prefacio
Capítulo I - EFESO
La carta a Efeso - Panorámica sobre el fundamento de la Iglesia - Una Iglesia unida - El Reino de Dios - El candelero - Una Iglesia llena de amor - Los apóstoles
Herejías tempranas: a) Ebionitas,  b) Docetismo,  c) Gnosticismo.
El amor es sufrido y paciente - Efeso se desliza - Los nicolaítas - Oídos sordos - Recompensa para los vencedores - La continuidad apostólica
Excursus del Capítulo I: Carta de Ignacio a los Esmirnios

Capítulo II - ESMIRNA
La carta a Esmirna - Trago amargo - Ricos en la pobreza - Sinagogas de Satanás
Herejes y herejías: a) Marción, b) Sabelianismo, c) Montano y los montanistas, d) El maniqueísmo.
Las diez persecuciones: 1) Nerón, 2) Domiciano, 3) Antonino Pío, 4) Marco Aurelio, 5) Septimio Severo, 6) Maximino Tracio, 7) Decio, Galo, 9) Valeriano, 10) Dioclesiano..
Constantino el Grande - El daño de la segunda muerte
La patrística: a) Clemente de Alejandría, b) Orígenes, c) Gregorio Taumaturgo, 81.
Escuelas teológicas: a) de Alejandría, b) de Antioquía, c) de Asia Menor, d) del Norte de África.
Los apologistas: a) Cuadrato, b) Arístides, c) Epístola a Diogneto, d) Justino Mártir, e) Melitón, f) Apolinar de Hierápolis, g) Atenágoras, h) Milciades, i) Teófilo,  j) Taciano,  k) Minucio Félix, l) Hermias.
Los polemistas: a) Ireneo,b) Tertuliano.
Excursus del Capítulo II: I. Martirio de Policarpo - II. Epístola a Diogneto

Capítulo III- PERGAMO
La carta a Pérgamo - El trono de Satanás - Matrimonio con el mundo - La Iglesia morando en la tierra - El edicto de tolerancia - La doctrina de Balaam - El camino de Balaam - El error de Balaam - Constantino el Grande - Consolidación de los nicolaítas - La Iglesia llamada a cortar con el mundo - El ascetismo
Grandes exponentes de la patrística: a) Eusebio de Cesarea, b) Atanasio de Alejandría, c) Los Capadocios: Basilio el Grande, Gregorio de Niza y Gregorio Nacianceno, d) Ambrosio de Milán, e) Jerónimo, f) Juan Crisóstomo, g) Agustín de Hipona.
Herejías en Pérgamo: a) Donato y el donatismo; b) Arrio y el arrianismo; c) Apolinar y el apolinarismo; d) Pelagio y el pelagianismo; e) Nestorio y el nestorianismo.
El maná escondido - Transición entre Pérgamo y Tiatira
Excursus del Capítulo III - Edictos imperiales

Capítulo IV - TIATIRA
La carta a Tiatira - Torre alta - Obras en la apostasía - Mujer dominante - Babilonia la grande - Raíces del cesaropapismo - Los fraudes píos y la feudalización del papado - El cesaropapismo en el cenit - Algunas paradojas del papado romano - La corona pontificia - El clero - La inquisición - El Índice - Los Jesuitas
Escolasticismo: a) Anselmo, b) Abelardo, c) Hugo de San Víctor, d) Pedro Lombardo, e) Buenaventura, f) Alberto Magno, g) Tomás de Aquino, h) Juan Duns Escoto, i) Guillermo de Occam.
Las indulgencias - La condición de Tiatira no mejorará - El juicio de la gran ramera - El remanente de Tiatira - El ladrillo y la piedra - Los vencedores de Tiatira
Los prerreformadores: a) Francisco de Asís, b) Pedro de Bruys, c) Enrique de Lausana, d) Arnoldo de Brescia, e) Los Valdenses, f) Los Cátaros, g) Los Albigenses, h) Juan Wycliffe, i) Juan Huss, j) Jerónimo Savonarola.
Excursus del capítulo IV - Donación de Constantino

Capítulo V - SARDIS
La carta a Sardis - Los escapados de Tiatira - Comienza la restauración de la casa de Dios - Lutero y la Reforma - Las indulgencias para San Pedro - El conflicto con Roma - La Dieta de Worms - Las obras imperfectas de Sardis
El origen de las “iglesias nacionales”: a) En Alemania, b) En Suiza, Ulrico Zwinglio, Juan Calvino, c) En Francia, d) En Escocia, e) En Inglaterra.
La paz de Westfalia - Como ladrón en la noche
Las grandes denominaciones: a) Anabaptistas, b) Menonitas, c) Puritanos, d) Bautistas, Carlos H. Spurgeon, e) Cuáqueros, f) Presbiterianos, g) Metodistas, Jorge Withefield, Juan Wesley, David Livingstone.
Ecumenismo - Vestiduras sin mancha - Los vencedores de Sardis - Pietismo
Excursus del capítulo V: I. Taxa Camaræ. II. Las 95 Tesis de Lutero. III. Las tesis del Arminianismo vs. Calvinismo

Capítulo VI - FILADELFIA
La carta a Filadelfia - Amor fraternal - Una puerta abierta - Precursores de la restauración - La moderna historia de José
Cuatro características judaizantes: 1. El sacerdocio intermediario - 2. El código escrito - 3. El templo físico - 4. Las promesas terrenales
La hora de la prueba - Los Hermanos - Juan Nelson Darby - Benjamín Wills Newton - La corona de Filadelfia - Columnas en el templo - La restauración en China - Watchman Nee - En América
Excursus del capítulo VI: Testimonio de los hermanos

Capítulo VII - LAODICEA
La carta a Laodicea - El juicio del pueblo - Filadelfia degradada - La iglesia tibia - La desventura de la jactancia - Oro refinado en fuego - El Señor castiga a los que ama - El Señor está a la puerta - Los vencedores de Laodicea - Epílogo
Bibliografía

PREFACIO
Antes de que finalizara el primer siglo de la era cristiana ya había iglesias locales en muchas ciudades de algunas de las naciones aledañas a la cuenca del Mediterráneo, como Judea, Samaria, Galilea, Siria, Grecia, Macedonia, Egipto y el norte de África, Roma, en las regiones de la antigua Mesopotamia, Media; pero sobre todo en el Asia Menor; y lo curioso es que de todas ellas el Señor quiso escoger preferentemente a siete, en el tiempo en que el apóstol Juan fue confinado en la isla de Patmos, a fin de estampar en sendas cartas las profecías referentes al curso de la historia que eventualmente viviría la Iglesia de Jesucristo, y que Juan registra magistralmente en los capítulos 2 y 3 de Apocalipsis.  En cierta forma, el profundo contenido profético de estas siete cartas ha sido subestimado, y de ahí el desconocimiento que, sobre el particular, ha obstaculizado el entendimiento de lo que es la Iglesia de Jesucristo, en su sentido escritural y verdadero.  Esas siete iglesias fueron escogidas en Asia Menor como prototipos de siete diferentes períodos proféticos de la historia de la Iglesia, de tal manera que las características locales e históricas de cada una de ellas en ese tiempo, simbolizan el desarrollo de determinado período profético de toda la Iglesia en esta era hasta que el Señor regrese, tema que queremos abordar panorámicamente en el presente estudio histórico-profético y arquetípico.  En las siete cartas encontramos la historia completa de la Iglesia hasta el fin de esta era.  Tengamos en cuenta que el Apocalipsis es un libro eminentemente profético, y que las siete cartas de Apocalipsis son siete profecías (compare Apocalipsis 1:3 y 22:18).
Cuando decimos la Iglesia, de ninguna manera nos referimos a alguna de las organizaciones religiosas históricas, aun cuando infundadamente pretendan exhibir títulos de legitimidad apostólica o reclamen derechos sucesorios y de antigüedad, ostenten el nombre que ostenten, pues la Iglesia de Jesucristo no se confunde ni se identifica con ninguna de las organizaciones religiosas terrenales, aunque dentro de algunas de esas organizaciones de la cristiandad haya pueblo de Dios.  El Señor jamás tuvo el propósito de crear una organización jerárquica con cobertura imperial, mundial, nacional, o provincial; no.  Si esa fuese la realidad, seguramente que Él se hubiese dirigido a esa organización y a su “representante visible”.  El Señor se dirigió a siete iglesias representativas y tipológicas, en sendas localidades del Asia Proconsular.  Lo que generalmente se ha llamado cristiandad, involucra cierto grado de vaguedad en cuanto a la comprensión de la verdadera Iglesia del Señor.  Tanta vaguedad encierra el término "cristiandad", que dentro de sus mismas caducas estructuras religiosas, acontecen las más aberrantes divisiones, sorprendentes odios, guerras, persecuciones y contradicciones;  no obstante, en la comunidad cristiana, Dios ha suscitado hombres y mujeres a los cuales les ha revelado Su voluntad, les ha dado luz y guía para su momento histórico-profético y su entorno cultural, con miras a la edificación de la unidad de Su Cuerpo.
En cada época de la marcha de la humanidad, Dios trabaja para que surja una perspectiva nueva, nuevos acontecimientos son añadidos, de acuerdo al período profético que corresponda, porque Dios es también el Señor de la historia, pues está establecido que de la historia de la Iglesia de Jesucristo nadie puede poner el punto final.  No es nuestra intención exponer los hechos sólo bajo la perspectiva histórica, sino también y con mayor afianzamiento desde el punto de vista profético, porque no nos limitamos a desglosar el acontecer histórico, sino que nuestras raíces beben las aguas prístinas de la Palabra de Dios, la cual es eminentemente profética, eterna y verdadera, digna además de toda confianza.  La Palabra de Dios es inmutable, infalible y no está sujeta a modificaciones; de esto no hay que tener la menor duda.  Los principios bíblicos están vigentes como el primer día, no obstante que en la historia han sido oscurecidos por tradiciones eclesiásticas de la cristiandad profesante.  Los principios bíblicos son subestimados en aras de la prosperidad material, el poder temporal y el reconocimiento de los hombres.
Del futuro, el historiador no puede ofrecer más que conjeturas;  en cambio el profeta de Dios está seguro y convencido de los planes y propósitos del Señor, para todos los tiempos.  Que lo diga un Daniel en Babilonia, un Jeremías en Jerusalén y un Juan en Patmos.  Pero debemos ser justos al aclarar que la historia y la profecía se entrelazan, pues Dios tiene un plan profético para la historia, plan que ha revelado con lujo de detalles a lo largo de toda Su Palabra.
La encarnación del Verbo de Dios y la obra de Cristo en la cruz son los acontecimientos históricos más importantes para la Iglesia, y durante los cuatro primeros siglos de esta era se consolidó el registro canónico de esos hechos, pero el proceso de entendimiento de la Iglesia acerca de la revelación divina, incluidos esos hechos tan importantes, no tuvo el suficiente desarrollo en su oportunidad, sino al contrario, sufrió serios retrocesos en el curso de la historia, y con el tiempo la Iglesia perdió algunas cosas que recibió en el depósito, tratando a su vez de justificar esa pérdida suplantando los principios de Dios con argumentos de factura humana. Pero Dios..., ¿iba a permitir que todo se perdiera? De ninguna manera.  El Señor ha venido trabajando para que todo lo perdido se recupere y se lleve a la práctica de la Iglesia el fruto del pleno entendimiento de todo el depósito de Dios.
La historia del cristianismo corre paralela con la de la humanidad; pero más que la historia del cristianismo, es nuestro interés ir tras las huellas del reino de Dios, visto bajo la perspectiva de la Iglesia del Señor, lo cual no se puede lograr sino con los ojos de quien ha nacido de nuevo, porque el reino de Dios no es de este mundo, y no puede ser reconocido por los de este mundo, aun cuando está delante de sus ojos.  No importa que se trate de un lego o un intelectual, un doctor en teología, o alguien que represente los intereses de la cristiandad nominal en cualquiera de sus facciones.  Para ver el reino de Dios es requisito indispensable pertenecer a él.  El evangelio nos dice que Jesús se regocijó en el espíritu por esta realidad, y por eso le dijo al Padre:  "Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños" (Lucas 10:21).  Llegó el momento en que los sabios de este mundo intentaron tomarse el control y el gobierno de la Iglesia de Jesús por la supremacía de su sabiduría, pero Dios enloqueció la sabiduría de este mundo, para que nadie por medio de esa sabiduría enloquecida pudiese llegar a Dios, sino por medio de lo que los sabios, intelectuales y filósofos de esta era tratan de desechar tildándolo de locura, esto es, el evangelio y el verdadero propósito de Dios con el hombre y la creación, el cual nos revela la auténtica sabiduría de Dios, Su Hijo Jesucristo.
No es el propósito del presente trabajo abundar en datos y detalles históricos, sino apenas los suficientes para demostrar el cumplimiento histórico de la palabra profética.  Para el mundo grecorromano y su interpretación filosófica, la historia no era más sino una serie de ciclos repetitivos enmarcados en un destino incierto y por determinación de la ciega suerte, como una tediosa y pesimista manera de ver el destino humano.  En contraste, para el cristiano la historia comienza en Génesis con la creación del hombre por la mano de Dios, y ha de continuar conforme los parámetros trazados en la Palabra de Dios, hasta que se cumpla la triunfal consumación de todo, y el gobierno de Dios tenga su expresión milenaria, dándole así un significado diferente a la historia.  Cuando eventualmente ocurra el fin de la historia, habrá amanecido para la Iglesia.

Arcadio Sierra Díaz
 
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