Edificando Filadelfia
  Mini crónicas de un testimonio cristiano
 
 
MINI CRÓNICAS
DE UN TESTIMONIO CRISTIANO

Por ARCADIO SIERRA DÍAZ

2007
(Estas mini crónicas están contenidas en mi libro “Cuatro raíces de un árbol frondoso”).

Dios me estaba acorralando
Nuestra residencia estaba en Agustín Codazzi, un pueblo cabecera de la municipalidad, ubicado en el Departamento del Cesar, en la Costa norte colombiana. En la década de los años 70 mis hijos mayores aún no habían alcanzado la adolescencia. En ese tiempo, por insinuación de mi papá, adquirimos una parcela de unas quince hectáreas, extendida en las faldas bajas de la Cordillera Oriental, cuyo camino pasaba por “El Juguete”, una pequeña finca de tío José Dolores; luego se seguía cerca de “el pozo de Desiderio” en el río Magiriaimo (en la finca de Desiderio Mejía), pues era el antiguo camino real por donde, antes de la construcción de la carretera troncal de oriente, se iba a San Diego, La Paz y Valledupar. Después se pasaba por la finca del Negro Sierra, y, al atravesar el río Magiriaimo, se empezaba a subir las primeras faldas de la sierra. Eran como tres horas de camino a lomo de animales; para eso me compré un burro y una yegua que a la postre me la vendieron a sabiendas que era estéril.
Allá nos íbamos los fines de semana con José Alfredo, Otto Eduardo y Jairo Javier, mis hijos mayores. Ernesto Luis y Arcadio Fabio estaban muy chiquitos como para llevarlos por esas montañas. En ese tiempo, particularmente yo albergaba mucha ilusión de tener una finquita bonita, y ya pensaba ponerle por nombre “San Francisco”, por mi condición de terciario franciscano, y ya veía en mi mente una gran estatua del santo de Asís encaramada en una gran roca cerca de la casa, pues con alegría encargamos a mi hermano Héctor Francisco que nos construyera una modesta casita de tablas y láminas de zinc, y nosotros, todo ilusionados nos íbamos cada sábado, habiéndonos aprovisionado de comida de fácil elaboración. A veces guisábamos pescados bocachicos secos y comíamos con yuca y plátanos hervidos.
Recuerdo que un día, no sé por qué, me fui solo en la yegua para la finquita, y ya cuando apenas estaba a unos quinientos metros de la casita, debajo de una arboleda tupida y sombría, avisté claramente a una enorme araña negra como del tamaño de un puño humano; no sé si se trataba de una tarántula o de una viuda negra; el caso es que en la región les llaman mata burros, por la violenta acción de su ponzoña. Me apeé de la yegua faltando unos cinco metros de la ubicación de la araña: ella estaba esperándome en todo el camino, de manera que yo no tenía opción. Yo no podía esquivarla aunque quisiera. Confieso que era un animal que infundía temor. Me miraba mientras se mecía suavemente, como calculando el envión con que me atacaría. Yo siempre he sido muy torpe para atinar con piedras, pero esa vez el Señor me concedió que le lanzara una piedra de regular tamaño, y con ese solo tiro la aplastara de tal manera que volaron en todas direcciones los pedazos de la araña que pretendía acabar con mi vida. Todavía muerto del miedo me monté en mi yegua y reanudé mi camino.
Pero el punto más importante de todo este relato de la finquita es el siguiente. Un sábado a mediados de diciembre de 1975, más bien en las horas del mediodía, íbamos llegando los cuatro, mis tres hijos varones mayores y yo, a la parcela. Ya podíamos ver la casita desde la altura de una loma adyacente, colina que estaba toda cubierta de un enorme pasto de cañas gruesas que en mi tierra le llaman paja de la india, que cuando el ganado la ha devastado sólo quedan las enormes cañas peladas. No muy lejos de allí mi primo Beto Sierra tenía una parcela de mayor hectareaje que la nuestra, en la cual ya ordeñaban algunas vacas. Cuando ya iniciábamos el descenso de esa cuesta final para llegar a la casita, decidí apearme de la yegua, pues este animal tenía la costumbre de tratar de corcovear al descender por las faldas de la sierra, tal vez porque le ceñía mucho la baticola de la silla en su trasero. Yo la llevaba de la mano cuando de pronto giré hacia atrás para decirle a José Alfredo que fuera un momento a la finquita de Beto a hacer una diligencia. Tal vez a traer un poco de leche para preparar nuestro alimento. Al girar mi cuerpo nuevamente hacia adelante para reanudar la marcha, la punta de una gruesa caña del pasto penetró directamente en mi oído derecho perforándome totalmente el tímpano. El dolor fue intensísimo. El mundo me daba vueltas. Pero lo curioso es que más que mariposas volando, yo experimentaba la presencia de muchos demonios que danzaban en torno mío, como burlándose de mí; pero a la vez, y como contraste, sentía la omnipotente presencia de Dios que por poco me tocaba. Él me protegía, pero también escuche de Él unas palabras de advertencia. Por primera vez en mi vida sentí que Dios me habló. Me habló muy claro, diciéndome: “Esto que te acaba de suceder lo he permitido yo para advertirte que no vuelvas jamás a este lugar. Vé donde Joaquín, el vecino que vendió esta parcela, y dile que recoja la cosecha de los cultivos. Vende el burro y la yegua, y te deshaces de todo esto, pero sin que tengas que volver acá. Si vuelves a regresar a este lugar corres el riesgo de que te suceda algo peor. Por ejemplo, una víbora puede matarte a uno de tus hijos”.
Todo desmoralizado, triste y acongojado, aún con el dolor de mi tímpano destrozado, les conté a mis hijos lo sucedido, pero con la firme convicción de obedecer a Dios. Inmediatamente fui donde Joaco, y le dije que a su debido tiempo recogiera la yuca, el maíz y el fríjol y que partiéramos el producto de la cosecha; pero, claro, yo de eso no recibí ni un solo centavo. No era el interés del Señor que yo me beneficiara de todo aquello, sino que saliera cuanto antes de allí, pues Él tenía otros planes para mí. Después pude vender los animales, pero no volví a la parcelita sino mucho tiempo más tarde con alguien que me quería dar algo por ella.

Mi viaje a Barranquilla
Bueno, ese mismo día, y antes que nos alcanzara la noche por el camino, nos regresamos a casa. Inmediatamente me hice ver por dos médicos. Ambos se maravillaron de que no había echado ni una gota de sangre a causa del tímpano totalmente perforado. No me recetaron ni siquiera una aspirina, nada, sino que empezaron a hacer los arreglos para remitirme a Barranquilla a que me practicaran una timpanoplastia. Mi viaje a Barranquilla fue el primer día hábil de enero de 1976. En “La Arenosa” me alojé en el hogar de mi hermana Blanca Zoraida. En esa misma semana me empezaron a hacer los exámenes previos a la intervención quirúrgica; pero siendo que Blanca ya tenía su tiempo de ser cristiana, me invitó al “servicio” en su congregación el primer domingo del mes que permanecí en Barranquilla.
Allí conocí a la hermana María de Armas, quien con su esposo Gabriel pastoreaban una pequeña congregación a la vera de la carretera La Cordialidad, que conduce a Cartagena, en un barrio popular de la ciudad. María oró por mí, y yo veía en ella (y también por las ponderaciones que Blanca y Hérmides, su espos, hacían de ella) una verdadera mujer de Dios, dotada de poderes espirituales tan especiales como para que con una sola mirada supiese todas las profundidades y recovecos de mi vida. Hoy sé que hay dones del Espíritu que Dios le otorga como herramientas a la Iglesia, pero distan mucho de mi primera impresión de María. Esto lo digo como un concepto muy personal. Ese domingo, durante la reunión, pude comprender la razón por la cual Dios había permitido que el diablo diera ese zarpazo en mi vida.

En enero conocí al Señor Jesucristo
¿Qué quería el Señor conmigo en medio de todo eso? Allí el velo se me fue descorriendo. Dios quería que permaneciera un tiempo en Barranquilla con mi hermana y su familia, lejos de las reuniones de los terciarios franciscanos. El Padre eterno quería que yo conociera a su Hijo, al Señor Jesucristo. Me lo quería revelar pero en un ambiente diferente a mi entorno religioso cotidiano. Tal vez en Codazzi, mi bagaje de prejuicios religiosos hubiesen puesto barreras, y Dios lo sabía muy bien. Ese domingo lo comprendí todo sentado en aquella congrecioncita Cuadrangular, rodeado de gente sencilla que amaba al Señor. Allí conocí al Señor en medio en medio de una algarabía de gentes hablando en lenguas y orando casi a gritos simultáneamente. Eran los primeros días de enero de 1976.
Blanca había sido también muy católica; y a causa de Carlos Alberto, su hijo mayor enfermo, se aferró mucho más a las misas diarias y al rezo del rosario; pero viajaba a consultar cuanto brujo le recomendaban buscando la sanidad de su hijo, después que ya los médicos no le pudieron hacer más nada, ni le dieron esperanza alguna; hasta que el último brujo que visitó, el Señor quiso usarlo para que supiera la verdad. El brujo le dijo que el único que le podría curar a su hijo era Jesucristo. Ella se sorprendió, pues ella creía que ella conocía a Cristo, que sus prácticas religiosas daban fe de ello. Pero el brujo le dijo que ella estaba buscando mal al Señor. Ella le preguntó, ¿pero cómo debo buscarlo? ¿A quién debo acudir? Y el brujo le dijo que lo buscara con los cristianos evangélicos. Y ese mismo día los buscó. Cuando yo lo supe, me opuse a tamaña decisión. Pero Blanca tuvo paciencia conmigo y me contestaba con amor. Después, Blanca fue usada por el Señor para que yo conociera a Cristo. En enero de 1976, con ocasión de mi operación de timpanoplastia en el oído derecho, yo estuve en su casa en Barranquilla todo ese mes, y por primera vez en mi vida asistí a un culto cristiano; fui por invitación de ella, a una pequeña congregación Cuadrangular. Allí fui salvo por el Señor Jesucristo. El Padre celestial me reveló a Su Hijo en Barranquilla.
En los días previos a mi operación, algunas personas me estuvieron diciendo que la timpanoplastia siempre era un fracaso, pues llegaba el momento en que el cuerpo la rechazaba. Yo pensaba en todo eso, pero cada vez confiaba más en la misericordia y el poder del Señor. Incluso recuerdo que un fin de semana, después de haber sido operado en la “Clínica Los Ángeles” de Barranquilla, me volé a Codazzi a atender algo urgente que acontecía o en mi hogar o en mi oficina, y esa noche visité a mis amigas las monjas capuchinas. Como aún yo estaba vendado, una de ellas me preguntó por mi estado de salud, y yo le respondí, entre otras cosas, que me sentía bien, y que lo que no hubiese podido hacer el médico, lo haría el Señor. En ese momento la superiora del colegio estaba ocupada hablando con alguien, pero atenta de soslayo a nuestra conversación, de manera que al escuchar mi declaración sobre que el Señor se encargaría de sanarme completamente, de pronto preguntó: “¿De qué Señor habla?”, y yo le respondí: “Del único Señor que conozco, el Señor Jesucristo”. A ella no le agradó mucho mi respuesta, no sé si porque no le mencioné a María; lo cierto es que me dijo: “Eso de los milagros y sanidades era sólo para el tiempo de los apóstoles”. Con el poco conocimiento que para entonces yo tenía de la Biblia, yo ya estaba seguro que el Señor sanaba y obraba milagros hoy tanto como en los tiempos primitivos de la Iglesia.
El caso es que el Señor me concedió que me ocurriera lo del tímpano y su posterior cirugía en Barranquilla con el único y exclusivo propósito de que yo tuviera un verdadero encuentro con Cristo, y no era para que yo conviviera por el resto de mi vida con un tímpano plástico. En años posteriores, ya residenciado en Bogotá, eventualmente me sobrevino un flujo de sangre nasal, y fui remitido al otorrinolaringólogo. Cuando este especialista me revisaba, y ya retiraba sus adminículos de mi oído derecho, le manifesté que en ese oído me habían practicado timpanoplastia. Inmediatamente, y después de un ¿que qué?, me revisó de nuevo el oído, y admirado me dijo que yo tenía un tímpano natural y que allí no aparecía ni rasgos de haberme practicado cirugía alguna. ¡Aleluya! El Señor me lo había restaurado sobrenaturalmente.

Un Gedeón en Barranquilla
Retomando el relato de lo sucedido en mi estadía en Barranquilla en los días de mi operación, inserto aquí una nueva experiencia con el Señor en esos primeros días. Durante el mes (enero de 1976) que estuve en Barranquilla durante mi timpanoplastia, en el cual tuve mi encuentro con Cristo, no se me ocurrió que al regresar a Codazzi iría a buscar la congregación de los evangélicos cuadrangulares, como hubiera sido lo natural, sino que fui guiado por el Espíritu a orarle al Señor y preguntarle que ahora que regresara a Codazzi, dónde me iría a congregar. Esa oración era continua. A cualquier hora de la noche que me despertara, me arrodillaba a preguntarle al Señor lo mismo. En esos días después de mi conversión al Señor empecé a experimentar algo que en la religión jamás pude vivir; se trata de algo que jamás había ocurrido en mi vida, que la vida de Dios vino a morar dentro de mí; el Espíritu Santo vino a morar dentro de mi espíritu, y esa Persona dentro de mí se movía, y a cada hora de la noche que despertaba, yo me arrodillaba y adoraba a Dios, Pero yo tenía esa inquietud. Cuando yo regresara a Codazzi, ¿a dónde iría a congregarme? Y empecé a orar al Señor día y noche sobre eso. No recuerdo a quién usó primero el Señor para responderme, pero me inclino por Blanca, quien un día me dijo: “Ahora que regreses a Codazzi sigues asistiendo donde has venido haciéndolo”. Esa noche oré al Señor y le dije: “Señor, si esa es tu respuesta, yo quedo confundido, pues yo he venido asistiendo a las reuniones de los terciarios franciscanos, con los curas. Por favor, te ruego que me lo confirmes”.
Yo seguí orando, y en esos días llegó a visitar a Blanca un joven de una congregación Cuadrangular, el cual, después que fuimos presentados, me dijo: “Tengo un mensaje para ti de parte de Dios”. Después de preguntarle de qué se trataba, me dijo: “Que cuando regreses a Codazzi, te sigas reuniendo donde lo has venido haciendo”. Y lo curioso es que ese hermano no sabía dónde era que yo me reunía en Codazzi. Como aquello me parecía algo que yo no entendía, que me siguiera reuniendo en la casa cural con un grupo de hermanitos terciarios franciscanos, pues opté por hacer lo de Gedeón, sin conocer yo todavía la historia de este juez bíblico, y esa misma noche le dije al Señor que por favor me lo confirmara por tercera vez. Y así sucedió. En esos días llegó a visitarlos una hermana morena de cabellera abundante, alta, que era prima de Hérmides. Ella también me dijo: “Tengo un mensaje para ti de parte del Señor. Que cuando regreses a Codazzi, te sigas congregando a donde los has venido haciendo”. Ante esta tercera respuesta y confirmación, ¿para qué insistirle más al Señor? Cuando regresé a Codazzi, en vez de irme a congregar en la Cuadrangular, seguí reuniéndome los sábados con los terciarios.

Expulsado de entre los curas
Siguiendo el relato anterior, debo dejar sentado que al regresar a Codazzi después de mi operación, obedecí al Señor y cada sábado por la noche me seguí reuniendo en la casa cural con los terciarios. Los terciarios franciscanos deriva su nombre debido a que fue la tercera orden religiosa fundada por San Francisco de Asís, pero para laicos. Antes de mi conversión a Cristo, yo acostumbraba llevar para las reuniones un voluminoso libro que me había regalado una anciana monjita paisa, titulado “Las Florecillas de San Francisco”, donde habían recopilado las biografías, escritos y todo lo relacionado con este santo varón. Pero al regresar de Barranquilla después de mi experiencia de mi regeneración espiritual con Cristo, hice a un lado las florecillas y me llevé mi Biblia, y empecé al balbucear mis primeras enseñanzas evangélicas a mis hermanitos terciarios, y algunos de ellos empezaron a comprar su propia Biblia, y todo eso lo estaban viendo los curas con muy malos ojos. El decir de ellos después, es que se les había metido un verdadero “lobo” en su curial guarida, ya que no rebaño. Viendo esa enojosa situación, los curas, sin que yo lo supiera, empezaron a urdir un plan para echarme de su casa y de sus toldas, pero lo querían hacer escandalosamente; claro, no dando ellos la cara, sino escondiéndose y azuzando a los directivos de los terciarios.
Eso era precisamente lo que el Señor quería cuando me ordenó que siguiera congregándome con los terciarios: Primero que diera testimonio allí de Cristo a fin de que muchos de ellos lo conocieran, y segundo, que todo el pueblo supiera que yo había dejado de pertenecer al catolicismo romano, y que hoy ya era un cristiano evangélico. Un sábado de marzo de 1976, toda esa tarde había sentido una insistente inquietud. Yo no sabía que era el mismo Espíritu que me estaba inquietando de tal manera que yo no quería volver a esas reuniones en la casa cural. Yo sentía profundamente que ese ambiente ya no era para mí, sino que el Señor tenía sus propios propósitos y había que confiar en Él. Esa noche me metí al baño, y recuerdo que mientras me caía el agua de la ducha, yo le decía al Señor, con lágrimas en los ojos: “Señor, no sé qué vas a hacer conmigo, pero ya no quiero volver a esas reuniones. Esta es la última a la que asisto”. Cuando salí, esa noche no había luz eléctrica en el pueblo, y eso me ayudó a que nadie se enterara que yo iba llorando por las calles mientras caminaba y oraba al Señor al respecto.
Cuando llegué noté varias cosas que me llamaron la atención. Los directivos no estaban en la reunión, sino con el cura en misa; a pesar de eso, la asistencia a la reunión de ese sábado había sido total, muy copiosa. También estaban ahí muchas personas que yo no conocía; jamás las había visto, y nadie me daba razón de quiénes eran. Después supe que eran unos hermanos de una congregación evangélica; tal vez el Señor había permitido que asistiesen para que fuesen testigos de lo que esa noche iba a ocurrir en ese lugar. La reunión se estaba celebrando con cánticos y enseñanza del evangelio, cuando de pronto llegaron los directivos, pero el cura se quedó escondido detrás de una puerta. Todo había sido organizado para esa noche; y el Señor lo sabía perfectamente. Ellos empezaron a insultarme y a gritarme que después que les había enseñado a adorar a la Virgen, ahora les decía que no. Uno de ellos (que más tarde fue alcalde Codazzi) se abalanzó a pegarme, pero mi primo Jorge Zedán le detuvo la mano, mientras lloraba. Fue tanto el escándalo, que todas las familias adyacentes al parque principal escuchaban, y se preguntarían qué estaba sucediendo en la casa cural. Para vivir todo aquello, el Señor me dio valor y entereza, paz, tranquilidad y sabiduría para decirles: “Hermanos, yo no les voy a guardar rencor. Ya me voy de aquí. Seguiré orando por ustedes”. Y empecé a caminar hacia la calle. Entre el salón de las reuniones y la calle mediaba un pasillo. Yo no había invitado a nadie que me siguiera. Pero cuando ya iba a tocar la puerta de salida, se me dio por voltear a mirar por última vez, y ¡oh maravilla! -silenciosamente- venían detrás de mí unos diez hermanitos terciarios. Francisca López, una hermanita anciana que se había criado con las monjas capuchinas, decía: “Verdaderamente aquí no hay amor”.
Una vez en la oscura calle, frente al parque principal, se vislumbraban a las personas, muchas, de pie, atentas a los acontecimientos en la casa cural. Todas las monjas se asomaban por los balcones de su colegio, y los hermanitos, rodeándome, me preguntaban: “¿Y ahora qué vamos a hacer”. Yo intuía en ese momento que en parte se sentían como huérfanos de algo que habían llevado en la sangre por generaciones. Y les dije: “De ahora en adelante vamos a adorar al Señor. ¿Dónde? En tu casa, en la mía, donde quiera el Señor”. De ahí en adelante empezamos la vida de comunidad cristiana, pero también empezó el calvario, la persecución aun de los pastores evangélicos porque veían que nosotros no nos congregábamos con ellos. Más tarde la anciana monjita me mandó a pedir que le devolviera “Las Florecillas”, lo cual hice cumplidamente.

Del mundo a pastorear ovejas del Señor
De manera, pues, que cuando regresé a Codazzi, después de la operación quirúrgica y de mi conversión, considero que prácticamente el Señor me llamó a un ministerio especial; que pastoreara a un grupito de diez hermanos recién salidos conmigo de los terciarios franciscanos. Para ello tenía que esforzarme en el estudio de la Biblia y en la oración. Nos empezamos a reunir en nuestras propias casas, y a veces llegamos a tomar la Cena del Señor a orillas del río Magiriaimo; en una de esas reuniones recibí el bautismo en el Espíritu Santo. El caso es que nos expulsaron de la parroquia católica, pero tampoco nos fuimos a amparar bajo las toldas de alguna denominación protestante; de modo que empezamos a ser perseguidos y criticados desde todos los frentes: del cura, de los pastores, de nuestros familiares y amigos, del mundo, y hasta del Club de Leones, de donde yo había salido. El cura, un español, duró tres meses empecinado hablando mal de mí por medio de un programa radial.
Cuando el cura de Codazzi, el español enemigo del evangelio de Jesucristo, en mis primeros meses con el Señor por allá en 1976, emprendió contra mí una campaña de difamación pública por la radio y por cuanto medio se le venía a mano, para colmo un domingo antes de comenzar la misa de la noche, se paró a la puerta del templo de su parroquia, y a todo el que iba entrando le decía: “¿No sabes que Arcadio Sierra se volvió loco?” Cuando de pronto iba llegando Alejandro, mi hermano, y el cura sin saber, le dijo lo mismo. Alejandro se lo quedó mirando, y le dijo: “¿Usted no sabe que Arcadio es mi hermano, y que él está completamente sano?” El cura se sorprendió, pero seguía empeñado en que yo tenía que ser llevado al Hospital Psiquiátrico San Camilo, de Bucaramanga. Esas cosas me dolían como humano que soy, pero no me sorprendían, pues en el evangelio está escrito que todo el que crea en Jesucristo y quiera servir al Señor, debe sufrir por Su causa.
En el Club de Leones, ese mismo cura se dedicó a convencerlos de que yo estaba loco, y recogieron un dinero para que mi familia me enviara al Hospital Psiquiátrico San Camilo, de Bucaramanga; mis antiguos amigos íntimos me observaban de lejitos a ver si eso era verdad; me vigilaban hasta el modo de caminar. Mi compadre Lucho Alarcón no volvió a que le hiciera la declaración de renta sino después de tres años, y aun ese día me dijo que los demás le habían encargado que me observara a ver cómo me veía. De manera que la situación se me hacía cada día más difícil. Un día estaba tan confundido, que llamé a Blanca a Barranquilla y le dije que por favor llamara a la hermana María de Armas para que orara por mí. Después María, curtida en estas lides, me mandó a decir que no temiera, que el Señor le había hablado, que Él me tenía, o mejor, me había llamado a un ministerio grande, que Él me respaldaría siempre; que ella lo había visto así de parte del Señor.

Mi primera visión nocturna
Pero yo no estaba suficientemente maduro como para entender bien ese lenguaje, y me angustiaba mucho. De manera que una noche, en esos días, el Señor me lo confirmó mediante una visión en sueño. Las revelaciones del Señor en sueños son diferentes de cualquier otro sueño. Sueño todas las horas que duermo, y de nada me acuerdo. Yo no puedo dormir sin soñar, pero los sueños del Señor los tengo muy pocas veces. En la visión yo iba caminando por una calle de Barranquilla en la hora crepuscular. Ya se veían las primeras luces nocturnas cuando de repente llegué a un punto en que la calle se surcaba formando una “Y”, y al instante vi a mi lado al Señor. Él me dijo: “Mira este lado” –el brazo derecho de la calle–; “ahí puedes ver las calles iluminadas, la gente, el bullicio del mundo, las diversiones. Tú puedes escoger. Si continúas caminando por ahí, no me podrás servir”. Yo miraba todo aquello y meditaba. Luego el Señor señalando hacia el brazo izquierdo de la Y en que se dividía la calle, me dijo: “Ahora mira esta otra calle; por ahí puedes encontrar peligros, te pueden atracar; tiene sectores oscuros, hay dificultades, pero si me quieres servir, tienes que elegir caminar por ella”. Entonces yo, mirando a una y otra calle, le dije al Señor: “Señor, yo te quiero servir. Si tengo tu respaldo, elijo caminar por la calle peligrosa”.
Inmediatamente empecé a caminar. Cuando había avanzado unos veinte metros, noté que mis pies ya no tocaban tierra; una fuerza contrarrestaba la ley de la gravedad, y a medida que avanzaba, me elevaba más; y veía que a mi lado pasaban seres extraños que me miraban con odio, y hasta demonios que me querían hacer daño pero no podían. Había un poder en mí que se los impedía. Yo iba en esa calle avanzando por un sector oscuro debajo de inmensos árboles muy frondosos. Pero no todo es pruebas y aparente oscuridad en nuestra vida con el Señor. Hay días difíciles, pero siempre se puede ser victorioso con el Señor. Yo seguía ascendiendo hasta que me vi por encima de los gigantescos árboles, y veía abajo las calles y las casas iluminadas; y entonces pude ver aquel poder que me sostenía y me libraba. Era el Señor que me llevaba en sus brazos; y yo, mientras lloraba, le decía: “Señor, yo no soy digno de que me lleves en tus brazos”. Y el Señor me dijo: “No temas; te llevo en mis brazos y te muestro todo esto para que tú no temas nada de lo que te quiera hacer el hombre; ni dudes de que yo estoy contigo y que te he llamado a mi servicio, y de que te voy a respaldar en todo”. Y el Señor me llevaba y me sostenía por encima del mundo. Eso me fortaleció en gran manera, y me ayudó a confiar más en el Señor para soportar todos esos embates y persecuciones que me sobrevenían a causa de mi fe en el Señor Jesucristo.

Experiencias con el Señor
En esa época fuimos dirigidos a orar todas las noches de los sábados. Como a las ocho de la noche hasta las cinco de la mañana del domingo. Sólo orando. Así permanecimos hasta que en a finales de septiembre de 1976 nos unimos a la Pentecostal. Pero quiero dejar por escrito algo curioso que nos pasó una noche de esas. A las ocho de la noche nos arrodillamos a orar. Cada uno tenía por delante una silla para acomodar las manos. Y orábamos con nuestros ojos cerrados; seguíamos orando y orando y de pronto se nos hizo de día. Se nos había amanecido orando y no lo notamos. Era como si hubiéramos durado apenas como una hora. Al levantarnos ya veíamos los rayos del sol dominical. Y todos tuvimos conciencia de esa experiencia.
Quiero aquí registrar también una experiencia que tuve en mis primeros tiempos con el Señor. En esos tiempos nos visitaron varios hermanos de Puerto Rico, y entre ellos vino una hermana muy preciosa en el Señor, Jenny (Juanita) Jiménez. Ella se la pasaba cantando las canciones cristianas de moda en Puerto Rico, entre ellas “Sin Dios viví”, “Vengo a suplicarte” y muchas más; pero una que me impactó fue “Anda conmigo”, y yo la cantaba continuamente al Señor. Una noche, siendo las dos de la madrugada sentí que alguien me movió la cama. Al despertar, me dijo el Señor: “Levántate y cántame esa canción que tanto me cantas en estos días”. Yo me levanté, me arrodillé al lado de la cama y con lágrimas en los ojos cantaba y cantaba. Nadie me escucha excepto el Señor. Yo me sentía indigno de ser llamado por el Señor para que le cantase. Mi alegría y asombroso no tenían límite. La canción dice: “Anda conmigo, anda conmigo, oh Señor, y ayúdame a entender la belleza de tu amor. / Háblame, háblame dulce y suave, como hablaste al andar junto a la mar, al predicar. / Y ayúdame a seguir con amor tus pasos, como hicieron al andar por Galilea. / Toma mi mano, toma mi mano, oh Señor, y ayúdame a entender la belleza de tu amor, la belleza, la historia de tu amor”. Después de un largo rato de estar cantando pensé que ya el Señor estaba satisfecho, y me acosté. Pero seguía llorando y mojando la almohada; y el Señor me dijo: “¿Para qué te acostaste? Sígueme cantando”. Nuevamente me arrodillé a cantarle al Señor y sentía como ráfagas de la gloria y la gracia del Señor que me envolvían y penetraban a lo más íntimo de mi ser. Eso es una experiencia inolvidable en mi vida.

Problemas en Becerril
Aquí quiero dejar constancia de una preciosa experiencia con el Señor. Como lo anoté antes, nosotros permanecimos reuniéndonos por las casas hasta septiembre de 1976, sin afiliarnos a ninguna denominación cristiana. La verdad es que no lo hacíamos porque estuviésemos convencidos de que esa era la manera bíblica de reunirse la iglesia, pues ignorábamos que el Señor estaba ya restaurando su iglesia bíblica en todos los países de la tierra, pero la verdad es que buscamos afiliarnos a una denominación pensando que si no nos afiliábamos, ya de hecho estábamos haciendo otra. Cuando ya nos habíamos afiliado a la Iglesia de Dios Pentecostal, además de Codazzi y Curumaní, también estábamos empezando un pequeña congregación en Becerril, Cesar. Allí estaba al frente un antiguo terciario franciscano, Jesualdo López, hijo de la hermana Francisca López. Un sábado por la tarde, enseguida que me arrodillé a orar antes de la reunión, sentí que el Señor me dijo: “Mañana temprano te vas para Becerril, pues allá hay un problema que quiero que arregles. Esta misma noche ordena aquí quiénes se encargarán de la reunión dominical, y te vas temprano”. Yo quedé sorprendido y le rogué al Señor que me confirmara eso, lo cual Él hizo. Al terminar de orar, le dije a Serbio Tulio que se encargara de la reunión y enseñanza del día siguiente, y madrugué. Cuando llegué a Becerril me enteré que dos hermanas habían salido temprano para Codazzi a buscarme. Eran las hermanas Francisca y Ana; de manera que nos cruzamos en el camino. Encontré a Jesualdo tranquilo trabajando en su taller de bicicletas, y al preguntarle la razón por la cual no iba a haber reunión dominical, me dijo que no habría más reunión hasta nueva orden; hasta que el Señor lo ordenara. Llegadas las hermanas, ya se pudo aclarar el asunto. Jesualdo había tenido un serio altercado con su propia madre, él en el púlpito y ella sentada en las bancas, y lo peor es que los vecinos se habían enterado del escándalo. Ese día me quedé con ellos todo el día, y nos reunimos a orar y a alabar al Señor por la noche. Todo quedó arreglado, pero con el tiempo Jesualdo fue retirado de su liderazgo, por el Señor mismo, hasta el día de hoy.

Visión sobre un viaje a Puerto Rico
Ruth, la menor de mis hijos, cuando era aún una bebecita, acostumbraba pasarse de su cunita a nuestra cama a terminar de dormir en las primeras horas de la mañana. Una mañana, en Codazzi, Cesar, siendo aproximadamente las seis, me levanté al baño a orinar. Regresé a la cama; estaba vestido sólo con el pantalón de la pijama. Al acostarme, lo hice acomodándome del lado izquierdo, y cerré mis ojos sin que me cobijara con la sábana, y aún sin estar dormido, de pronto el Señor se me reveló por medio de una visión. Yo no estaba orando, y para tener la seguridad de que no estaba dormido, el Señor me permitió que sintiera los bracitos de Ruth que me abrazaba por la espalda, mientras yo trataba de retirarla un poquito a fin de concentrarme en la visión que me ofrecía el Señor a esa hora. Eso lo permitió el Señor para que estuviera seguro de que no era un sueño, de que yo estaba perfectamente despierto y consciente.
La visión se me presentó como en la pantalla de un gigante televisor a colores. Allí en vivo el Señor me mostraba las Antillas Mayores: Cuba, La Española (República Dominicana y Haití) y Puerto Rico; Jamaica no fue mostrado. De pronto se fue moviendo la visión, como si una enorme y poderosa cámara fotográfica enfocara las Antillas desde un satélite artificial, y poco a poco fuese desplazándose y dejando atrás a Cuba y a La Española, se concentrara y agrandara la imagen de la isla de Puerto Rico. Allí contemplé a Borinquen rodeada de las azules y vivas aguas del Mar Caribe, donde, por el vaivén de sus olas, se reflejaban los rayos del sol. Tal vez si la cámara divina se hubiese acercado más, posiblemente hubiera visto algunas ciudades; pero no era eso el propósito de Dios mostrarme en ese momento.
¿Qué me quería revelar el Señor con aquella visión? Yo intuyo que un viaje a Puerto Rico, pues a lado y lado del cuadro de la visión fueron apareciendo sendos cuadros blancos con letras de color azul turquí, de tal manera que la visión central se fue opacando y se fueron uniendo los cuadros blancos y entrelazándose las palabras azules hasta trasformarse como en un enorme tiquete aéreo de fondo blanco con letras azules. Ese viaje aún no se ha dado en el año 2006; pero yo espero que se cumpla, pues Dios cumple lo que promete. No quiero ni pienso ayudarlo en lo más mínimo, sino que Él mismo se ocupe de abrirme las puertas necesarias y proveerme para el viaje, y, sobre todo, respaldándome y dirigiéndome sobre cuál es Su voluntad con ese viaje de su siervo a esas tierras caribeñas. Eso lo registro para la gloria y honra del Señor, y también para escribir sobre un momento grato con mi amada hija.
Pero quiero dejar sentado un aspecto en torno a esa visión. En esos tiempos yo pastoreaba una congregación en Codazzi de la Iglesia de Dios Pentecostal, Movimiento Internacional, cuya sede principal estaba en Puerto Rico. El presidente regional en Colombia de esa denominación, por lo menos una vez en el año, viajaba a Puerto Rico a las convenciones internacionales. Algunos hermanos residentes en Bogotá me llegaron a decir que yo me perfilaba para llegar a ser pronto el presidente regional, y a lo mejor esa visión me haría pensar en esa posibilidad; pero el caso es que el Señor lo sabe todo, y Él sabía perfectamente que yo jamás llegaría a ocupar esa posición, y sin embargo me dio la visión. Yo espero que se cumpla “porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Ro. 11:29). Hay una promesa de Dios de que viajaré a Puerto Rico, y ese viaje no es mío, es del Señor; Él me envía a Puerto Rico con un propósito específico, y, si es Su voluntad, las puertas se abrirán y tendré la provisión y el respaldo total de parte del Señor. ¿Por qué no se ha cumplido aún esta visión? Considero que el Señor ha esperado el tiempo hasta que yo hubiese recibido otra visión celestial sobre Cristo y la Iglesia; ya no solamente la doctrina de Jesucristo y su cuerpo, sino también la experiencia por la cruz, por el desierto, por la prueba, hasta alcanzar la madurez necesaria, y la vivencia espiritual, a fin de cumplir cabalmente el propósito de Dios. Amén.

La conversión de Aquimín Amaya
Para mí es de mucha importancia lo que a continuación el Señor me permitió vivir y ver su gloria. El Señor me concedió que desde el primer año de nuestro servicio al Señor, en los últimos meses de 1976, conocieran a Cristo y militaran con nosotros los hermanos Agustín Zabala y Lucía Laverde, con sus hijos y sus parientes. Esa hermosa y muy querida familia vivía en Codazzi, en la calle 14, muy cercanos del Hospital Agustín Codazzi y a unas tres cuadras de nuestra casa. Un mediodía había yo llegado de mi trabajo cuando de repente llegó buscándome el hermano Zabala, que corriera a su casa para una emergencia, pues un niño se estaba muriendo. Al niño, de unos dos años, lo habían traído al hospital al parecer debido a una intoxicación. Controlada la intoxicación, al niño le sobrevino una grave afección bronquial y otras complicaciones colaterales, y de tal manera se gravó, que al médico se le salió el asunto de las manos. Veía tan inminente la muerte del bebé, que le dijo a sus padres que se lo llevaran para que muriera en casa, según recuerdo que me dijeron.
Al niño lo llevaron a la casa de Lucía, y era tanto el desespero de los padres al ver que su niño se les moría, que les preguntaron a los hermanos Zabala que si por ahí cerca habría algún pastor cristiano para que viniera a orar por el niño. Ellos no eran creyentes. El hermano Zabala corrió a nuestra casa y me avisó. Cuando llegamos, al niño lo tenían acostado en una camita en la sala de la casa. Toda la sala y el comedor estaban atestados de gente: los padres del niño, su abuela paterna, tíos, parientes, y los dueños de la casa. Para lograr respirar, el niño literalmente tenía que pegar el pecho con la espalda; además estaba asándose en fiebre.
Cuando el Señor va a hacer algo, Él te da la convicción de lo que va a realizar, de tal manera que no tienes para qué precipitarte. Personalmente lo he experimentado varias veces. Lo importante es tener confianza en el Señor; esperar en Él y estar atento a la dirección y el mover de Su Espíritu. Eso hice; no me apresuré a orar por el niño. Ese niño había llegado a aquel estado de postración porque el Señor quería mostrar Su gloria y Su poder, y para que toda esa familia fuese salva en Jesucristo. Tranquilamente me senté en un taburete que me brindaron e invité a todos los presentes a que hicieran lo mismo. Algunos de ellos a lo mejor pensaban en lo extraño de mi actitud; pero los tenía allí quietos y en silencio escuchando un mensaje de salvación y sanidad por el poder de Jesucristo. Cuando ya sentí que era el tiempo, les pregunté: “¿Ustedes creen que el Señor Jesucristo es poderoso para sanar a este niño?”. Y a una me respondieron que sí, que lo creían. Entonces me arrodillé junto a la cama del enfermo y empecé a orar y a ungirle su pecho. Recuerdo que la abuela me decía que también le aplicara aceite en la espalda. Así lo hice. Lo curioso es que todos se habían arrodillado conmigo. Y allí estaban los hermanos Zabala y Lucía con su familia orando conmigo y esa humilde gente, y el Señor escuchó y sanó al bebé. Después de un ratito, todos ellos recibieron al Señor como su Salvador, y casi al despedirme, el niño dormía plácidamente. Por la noche regresé y pude conversar más detenidamente con ellos. Uno de los tíos del menor, nuestro hoy amado hermano Aquimín Amaya, ha sido un pionero en la causa de Cristo, sobre todo en Casacará, Cesar, donde tiene su residencia.

La sanidad milagrosa de Claudina
En tiempos posteriores, nosotros acostumbrábamos ir los domingos por las tardes a Casacará a acompañar a los hermanos en su reunión dominical. Allí siempre estaba Claudina, una ancianita que tenía muchos años de vivir en el hogar de Aquimín. Ella era una ferviente cristiana de oración y mucho ayuno. El caso es que pasado el tiempo ella cayó gravemente enferma. Cuando Aquimín realmente supo lo que tenía ya era demasiado tarde. Un lunes Aquimín fue a Codazzi y me dijo que el cáncer ya le había desecho el hígado a Claudina y que el médico le había dicho que si le ordenaba una operación, se empeoraría la situación, pues si ella tenía un mes de vida, con la operación viviría apenas quince días, y perdería además el dinero. Quedamos en que toda esa semana tanto en Codazzi como en Casacará estaríamos orando hasta que llegara el domingo para orar por su sanidad total. Al llegar, encontramos a Claudina acostada en la casita contigua al patio donde se celebraban las reuniones. Ardía en fiebre y su estado no podía ser peor. Esa tarde dominical, después de las alabanzas, la enseñanza se centró en la obra del Señor en cruz, donde, además de llevar nuestros pecados, también llevó nuestros dolores y enfermedades. Todos nuestros quebrantos fueron sobre el Señor. Era como una preparación para lo que iba a ocurrir allí esa misma tarde. Al terminar le preguntamos a los hermanos que si ellos creían que el Señor sanaría a Claudina, todos se pusieron de pie y a una sola voz y alabando al Señor, dijeron: “Sí creemos. El Señor es poderoso para sanar a nuestra hermana”. Y sin siquiera acercarnos a ella, oramos y clamamos el nombre del Señor Jesucristo que por su misericordia y por la sangre derramada en la cruz, sanara a Claudina. Amén. Cuando ya nos estábamos saludando y yo metía la guitarra en el forro. Alguien pidió que hiciéramos silencio. Claudina se había incorporado de la cama, y de pie se asomaba por la puerta de su cuartito. Con voz queda, pero firme, nos dijo: “Hermanos, cuando ustedes estaban orando, sentí que el Señor me tocó”. Al domingo siguiente encontré a Claudina sentadita en una de las sillas, lista para la reunión. Al tercer domingo me dijo: “Hermano, ya hice la prueba de fuego. Comí fríjol calentado”. Después de hechas las radiografías del caso, se comprobó que el Señor le había puesto un hígado nuevo a Claudina. Alabado sea el nombre del Señor.

Al Señor sea la gloria
Cuando ya mis hijas Mónica y Alexandra estaban entrando en la adolescencia, en la congregación Pentecostal que liderábamos en Codazzi había una familia en la congregación que más residían en una pequeña finca cafetera que tenían en la Sierra de Perijá. Allá fuimos a visitarlos muchas veces. Cuando bajaban al pueblo, solían alojarse en unos cuartos de un tío de ella de apellido Vacca. En cierta ocasión, estando ella en las últimas semanas de embarazo de su tercer hijo, bajaron de urgencia, pues su hijo menor, no tendría más de unos 18 meses, se gravó de una fuerte afección gastrointestinal, tal vez de esas que llaman gastroenteritis, y que ataca mucho a la niñez sobre todo en tiempos de altas temperaturas. Llevaron de urgencia al bebé al Hospital Agustín Codazzi y, dado su estado de gravedad, a los tres días los médicos, ante su impotencia para salvar al niño, lo remitieron a Valledupar. Después de otros tres días, tampoco allí lograron hacer algo positivo por el niño, por mucho que inútilmente lo intentaron. No hubo otra opción que traer al bebé de regreso a Codazzi. Nuestros hermanos se sentían impotentes y afligidos, y ya en casa, discutían si llevarlo de nuevo al Hospital Agustín Codazzi, pero el hermano decía: “Pero, para qué si ahí los médicos no pudieron hacer nada?” En medio de esa angustia, veían cómo a su bebé se le escapaba la vida. De pronto, el tío de ella, sin que en esa época fuese aún creyente, les dijo: “Pero, bueno, ¿ustedes no son creyentes? Vayan a que oren por el niño antes de que se muera. Caminen, yo los llevo en mi carro a la congregación”. Ella aceptó, mientras que José prefirió quedarse en casa arreglando las cosas para el velorio del niño; y procedió a colocar un mantel blanco sobre una mesita y buscar algunas flores, según la costumbre.
Era domingo, y nosotros nos preparábamos para la reunión vespertina en la pequeña capilla del barrio El Socorro. Yo estaba arrodillado orando cuando de pronto escuché el fuerte sonido al cerrar la puerta de un campero. Volteé a mirar y vi que nuestra hermana entraba toda barrigona, pero con su niño menor ya desvencijado en sus brazos. A primera vista podría parecer que el niño venía dormido. Cuando me acerqué a ella, el niño tenía los ojos virados, y ella me dijo llorando: “Hermano, mi niño se me muere”. Personalmente y como humano, eso me impactó muchísimo, sobre todo cuando le vi el rostro al niño moribundo, pero tampoco corrí a hacer las cosas a la manera que uno como humano puede pensar que se debe hacer. Sin proponérmelo, me dejé guiar por el Espíritu Santo, y esperé que el Señor me guiara y obrara. Ya la sangre del Señor fue derramada, y eso es lo importante. El Señor siempre tiene un momento adecuado. Ahora se ilumina mi mente con el pasaje de la muerte y resurrección de Lázaro (cfr. Juan 11:6, 14-15, 21-26, 41-43). Por eso le dije a la hermana que acostara al bebé en el suelo, sobre unos pañales que había traído. No nos apresuramos a orar por su sanidad, sino que empezamos la reunión: oración, cánticos, enseñanza de la Palabra. Cuando de pronto, estando yo aún en el púlpito sentí que el Señor me dijo: “Ahora, toma el aceite y baja a orar por el niño”. Inmediatamente obedecí. Bajé, y ungí al niño; luego lo tomé en mis manos, y dándole un suave pero firme sacudión, dije: “En el nombre de Jesús, espíritu de muerte, te ordeno que dejes ahora este cuerpo”. Seguidamente se lo entregué a su madre. Inmediatamente tomé la guitarra y después de darle gracias al Señor en oración, como era costumbre empezamos a cantar: “Demos gracias al Señor, demos gracias, etc.”, y al mirar hacia donde estaba nuestra hermana, la vimos gozosa, pues el niño que ya había estado como muerto, ahora tocaba las palmas con todos los hermanos. ¡Aleluya! Al Señor sea la gloria.

Ninguna arma forjada contra ti prosperará
Siguiendo la temática de mis testimonios con el Señor, quiero dejar sentado que en varias ocasiones el Señor en sueños me ha revelado acontecimientos futuros de mi vida, y de esos recuerdo el siguiente: Estando gerenciando la Oficina de Telecom en Codazzi, el Señor, en Su misericordia, me avisó anticipadamente de un ataque del que iba a ser objeto, con el fin de que yo estuviera en oración y no me cayera por sorpresa. La Contraloría General de la República había nombrado como revisora fiscal en mi oficina a una señora de cierta consideración en la sociedad codacense; pero ella hacía tiempo estaba aspirando ocupar mi puesto, y para ello se había valido de muchos medios, palancas políticas de algún poder, pues ella era sobrina de personas que habían ocupado cargos importantes: gobernación, senado, cámara, amén de otros menores. Hasta había ido incluso al Ministerio de Comunicaciones tratando de darme el codazo, como se dice. Pero como esa persona jamás había logrado tener la más mínima esperanza, estaba maquinando buscar hacerme quedar mal con los empleados y hablar mal de mí con todo el que pudiera. Una noche el Señor me mostró en un sueño el ataque que estaba preparando esa señora. En el sueño yo venía por el camino real, como quien viene del pozo de Desiderio, que antes he mencionado. En eso noté que detrás de mí venía persiguiéndome una serpiente cascabel. Venía roja de la ira. Yo me detuve y tomé una piedra, mientras ella se acercaba con malas intenciones. Ya bien cerca de mí la serpiente se creció muchísimo, y en vez de la cabeza normal de culebra, vi con toda claridad la cara de la señora que me miraba con un odio irresistible. Le tiré la piedra grande que tenía en la mano, que le cayó en toda la cabeza, volando los pedazos de serpiente por todos los lados.
En esos días estuve orando con un poco de preocupación, no porque no confiara en el Señor, sino porque yo jamás he sido una persona de pleitos. Como a los quince o veinte días amanecí con resfriado y fiebre, y llamé a decir que de pronto no iba a trabajar. Al poco rato me llamó el contador para decirme que fuera inmediatamente, pues esa señora estaba gritando en la oficina a todos los empleados, diciendo que yo era un inepto y amenazando que me iba a acusar con mis superiores. Se estaba poniendo aquello de ruana. Inmediatamente me fui a la oficina, la llamé a mi despacho y delante de ella llamé a mi inmediato superior, el Gerente Regional en Barranquilla. Cuando él escuchó todo lo que yo tenía que decirle, me dijo: Arcadio, manda a esa mujer al carajo. Enseguida le dije a ella: Mira lo que el Gerente Regional me acaba de decir, que te mandé a ti al carajo. Y ella me dijo: ¿A mí? Sí, a ti. Hasta ahí llegó el problema con ella. Nunca más se siguió metiendo conmigo.

Acha disgustada conmigo
Mi hermana Altagracia María, a quien llamamos cariñosamente Acha, también interviene en estas cortas crónicas testimoniales, pues, como a continuación paso a narrar, es protagonista en un caso que tiene que ver con mi vida en el Señor. Cuando Telecom instaló en Codazzi una planta telefónica para 400 abonados, la regional se encargó de asignar las líneas telefónicas locales de acuerdo con las solicitudes. Para ello envió una comisión de funcionarios especializados, quienes se encargaron del asunto dando a cada solicitante un plazo máximo de quince días para que cancelara el valor correspondiente y pudiera hacer uso del servicio telefónico, y que después de ese plazo la Empresa podría libremente asignar la línea a otro abonado. Al final, las solicitudes que aún no habían sido tramitadas, me la dejaron a mí en mi calidad de gerente de la Oficina, para que yo terminara esa labor. Una de las solicitudes aprobadas pero que jamás obteníamos de ellos su respuesta, a pesar de que repetidamente le enviábamos mensajeros, era la de Radio Perijá. Después de unos cuatro meses (contraviniendo incluso las normas de la Empresa) le enviamos un ultimátum de que si esa semana no se presentaban a cancelar y legalizar lo de su línea telefónica, esa misma semana se la asignaríamos a otro abonado, pues se estaba perjudicando la Empresa. Como siempre, hicieron caso omiso y no fueron. Se presentó por fin el gerente de la emisora cuando ya esa línea se la habíamos asignado a otro. Era un joven, quien empezó a decirme que yo estaba cometiendo con ellos una injusticia. Le expliqué que era lo contrario, le puse a hablar por teléfono con el Gerente Comercial Regional a fin de que entendiera que era mi empresa la que se estaba perjudicando con su demora en atender nuestro llamado. Pero él, no atendiendo razones, se retiró de la oficina amenazándome que me iba a adelantar una campaña por la emisora desprestigiándome; pero lo más grave no fue que todos los medios días hablaba públicamente en contra mía, sino también contra el evangelio del Señor. Cuando eso yo era pastor denominacional. Yo jamás supe lo que decía, pues nunca sintonizaba la emisora radial para enterarme de lo que hablaba en contra mía, y no cargarme con ello.
Un día de repente vi que entró Acha en mi despacho, cosa que jamás había hecho, y me dijo: “¿Tú no tienes sangre en las venas?” Yo sorprendido le dije: “¿Por qué? ¿Qué sucede?”. Y me dijo: “¿Tú no ves cómo todos los días ese gerente de esa emisora te insulta y dice públicamente tantas cosas feas de ti? ¿Por qué no vas allá y le haces frente clavándole la mano a ese muérgano?” Entonces yo traté de calmarla y le dije: “No, Acha, lo que sucede es que yo tengo quien me defienda. Eso se lo dejo a mi abogado defensor, el Señor Jesucristo. Yo ni siquiera escucho lo que se habla de mí, para no cargar mi alma con odio y rencor y deseos de venganza”. Ella salió de la oficina no muy contenta con mi argumento. El caso es que a los pocos días Amado Dangond Rodríguez, en ese tiempo contador de la oficina, me dijo: “¿Sabes a quién se llevaron grave anoche en una ambulancia para Valledupar con un fuerte dolor abdominal?” “No, ¿a quién”. “Al gerente de Radio Perijá”. Yo no me alegré por esa noticia, pero sí pensé en el Señor. A los tres días me dijo Amado: “¿Sabes quién murió anoche?” “No, ¿quién?”. “El gerente de Radio Perijá”. Jamás me he alegrado por eso. Escribo este episodio únicamente para dar testimonio de que cuando estamos en los caminos del Señor, y, en casos como este, no tomamos la determinación de defendernos sino que entregamos el caso al Señor, Él obra cumplidamente y con justicia.

Cuando me conocí con el hermano Gino
En 1989, año en que asesinaron al líder político Luis Carlos Galán, yo estaba residenciado en Cartagena. Otto Eduardo, el tercero de mis hijos, me escribió una carta desde Bogotá donde me contaba que, como a mí me interesaba investigar un poco sobre las actividades de ciertos sectores de la sociedad que se movían un poco en secreto, como los masones y los jesuitas, un grupo de hermanos se habían reunido en Bogotá en el colegio de David Pulido con un hermano que sabía letra menuda sobre estos temas, llamado Gino Iafrancesco V., y me envió una lista de libros que Gino había llevado a la reunión. Habían durado reunidos por espacio de unas doce horas.
A finales de ese mismo año o comienzos del siguiente, yo me vine a vivir a Bogotá, pero no se dieron las cosas a fin de conocerme con Gino. A mediados de junio de 1993, hubo una asamblea nacional de Cedecol y yo fui comisionado por José Niño para que llevara los documentos y sustentara ante la asamblea para la afiliación de la congregación que pastoreaba José en el Barrio Santa Lucía. En un receso me encontré en la cafetería con Nacho Castañeda, el hijo de la hermana Isabel de Castañeda. Ellos habían militado conmigo en la Pentecostal. Al preguntarle por su mamá, él me dijo que ella no se estaba reuniendo en ninguna denominación, sino en la casa, con Gino. Eso me causó curiosidad y alegría a la vez. Inmediatamente le pedí el teléfono de Isabelita. Al día siguiente la llamé y le pregunté que cómo era eso. Ella me dijo que la diferencia era como del cielo a la tierra. En esos días me consiguió una entrevista con Gino, y recuerdo que el penúltimo miércoles de junio de 1993 llegué a su casa a las dos de la tarde, de donde salí como a las diez de la noche, después de haberle sacado fotocopia a la edición de Cuernavaca de “La Iglesia Normal” de Watchman Nee. Esa tarde se me empezaron a aclarar muchas cosas respecto de las doctrinas bíblicas fundamentales, y cómo el Señor estaba restaurando en todas las naciones su verdadera iglesia bíblica y la unidad del Cuerpo de Cristo. Esa tarde recordé que años atrás, cuando me desempeñaba como pastor en la Pentecostal, alguien me preguntó que por qué había tantas “iglesias” denominacionales en el cristianismo, y yo le respondí que yo no lo sabía, que debía ser un mal necesario, pues yo no había encontrado la explicación en la Biblia. Ahora le doy la gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
 
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