Edificando Filadelfia
  Las apariencias de la carne
 
 
LAS APARIENCIAS DE LA CARNE

Por Arcadio Sierra Díaz

Trasfondo histórico
Hermanos, vamos a compartir con ustedes un asunto relacionado con la segunda carta de Pablo a los Corintios. Tengamos presente que en la iglesia local de Corinto, Grecia, hubo un grave problema, un conato de división entre los hermanos. Allí se estaba fraguando una división interna. Ellos aún no habían protocolizado la división; permanecían en aparente unión física, pero dado que ellos, a pesar del tiempo, permanecían siendo unos niños en su vida espiritual, no habían madurado en la fe. Es verdad que poseían suficiente conocimiento intelectual, pero el conocimiento objetivo no garantiza la madurez espiritual de los creyentes.
Esto guarda alguna similitud con la vida natural de las personas; hay individuos que pueden lograr un crecimiento normal en su cuerpo físico, y puede que lleguen a alcanzar una gran estatura, pero continúan poseyendo una mentalidad infantil, distinguiéndose por su inmadurez. En la vida espiritual de los creyentes también ocurre ese fenómeno; pero lo curioso es que en la esfera espiritual el porcentaje de los inmaduros es mayor. En la iglesia se da el caso de personas con una trayectoria de diez o más años de ser creyentes cristianos, y siguen siendo los mismos niños que no experimentan progreso alguno en su vida espiritual. Y lamentablemente esa clase de creyentes suelen ser los más vulnerables en ser llevados por todo viento de doctrina.
Recordemos también que, como fruto de esa inmadurez espiritual, los hermanos corintios se estaban fraccionando en cuatro facciones. ¿Cómo fueron perfiladas esas cuatro facciones entre ellos? Históricamente, además de Pablo, su fundador, la iglesia de la localidad de Corinto había sido visitada por algunos líderes que fueron usados por el Señor para que algún grupo de personas conocieran y recibieran la salvación de Jesucristo; de manera que algunos habían conocido al Señor por medio del apóstol Pablo; otros por medio del apóstol Pedro, y otros por medio de Apolos. Impulsados por su niñez espiritual, los hermanos a veces discutían por asuntos de poca monta; incluso, por el contexto de la primera carta de Pablo a los corintios se entrevé que algunos ostentaban tener más y mejores dones que los demás, o que hablaban más en lengua, o que profetizaban mejor, o que ejercían mejor el discernimientos de espíritus, etc. Esa conducta ostentosa de ellos obedecía a la niñez espiritual de los hermanos (cfr. 1 Co. 1:10-13; 3:1-4).
Tú puedes observar en determinados círculos cristianos que hay personas que hablan en otras lenguas, que constantemente están participando en la oración, que hablan mucho, que tratan de hacerse sentir mucho exteriormente, que siempre procuran estar leyendo la Palabra en voz alta, en fin, que intervienen mucho en todo, y algunos espectadores pueden pensar que esas personas son espirituales; pero en realidad puede tratarse de una mera apariencia. La auténtica espiritualidad no suele mostrarse mediante esos brotes de apariencias, euforias y exterioridades. De manera, pues, que los corintios solían tener sus enfrentamientos y conflictos, y discutían alejándose uno de los otros, y llenos de celos, el resultado es que algunos empezaron a manifestar que eran de Pablo; entonces otros manifestaron que eran de Cefas, tal vez los que habían conocido al Señor Jesús por medio de Pedro; en medio de aquella situación divisiva, otros dijeron que eran de Apolo; y hubo un cuarto grupo de los que manifestaron que eran de Cristo; total se estaban conformando cuatro grupos en una misma iglesia local. Es el primer brote de división de la historia de la Iglesia.
Se enfrentaban por esas minucias que el amor propio les daba la importancia que jamás tienen; pero las cosas graves e importantes que debían ponerle toda su atención, no las veían. Uno de ellos tenía relaciones amorosas furtivas con su propia madrasta, y no veían la gravedad de este asunto de moralidad sexual. Y así se fueron multiplicando los problemas: excesos en los ágapes, tomando la cena del Señor indignamente, participación en fiestas de idolatría, y otros.

La labor de los falsos obreros
Pablo, habiendo tenido conocimiento de esos problemas, les escribió la primera epístola a los corintios. Todo el contexto de esa primera carta se ocupa de la reparación de esos problemas. Pero desafortunadamente, en lugar de que la carta de Pablo produjera paz y armonía en la iglesia, el caso es que ese candelero se iba fragmentando más, y unos judaizantes enemigos de Pablo y enemigos de la unidad de la iglesia, empezaron a visitar a muchas iglesias, y entre ellas a la de Corinto. Una de sus consignas era hablar mal del apóstol Pablo, a menoscabar su autoridad apostólica, diciendo que Pablo no era apóstol sino un impostor; así como hoy en día se les da por hablar mal de las personas a las cuales Dios les ha dado algún encargo en Su obra.
Por ejemplo, uno ve en Facatativá y en otras partes, que mucha gente no anda conforme a la Biblia, y entonces te pueden acusar de que militas en una secta rara, que hacemos parte de una herejía porque no estamos en una organización que ostenta algún nombre y la respalda una personería jurídica, y todas esas apariencias en que vive la cristiandad oficial. Ante tales hechos, Pablo les escribe a los corintios una segunda carta, que es la que conocemos como la segunda epístola de Pablo a los Corintios, donde el apóstol hace una defensa de su ministerio. Es una carta donde Pablo manifiesta toda la gama de sus emociones. Cuando se lee esa carta con detenimiento, con atención y cuidado, se encuentran frases al parecer de desesperación, hasta llegar al gozo, para dar rienda suelta y libre a la manifestación de un amor profundo que él sentía por los hermanos de Corinto, por tratarse de una iglesia que Pablo había fundado. Dios había usado el ministerio de Pablo para fundar esa iglesia. Pero como no tenemos tiempo de comentarla toda hoy, vamos a desglosar un aspecto en el capítulo 5.

Un ministerio de reconciliación
En esta carta Pablo viene hablando de su ministerio. Él les viene diciendo que el suyo es un ministerio triunfante, que es un ministerio recomendado, que es un ministerio de gloria, que es un ministerio honrado, que es un ministerio probado, y luego, en el capítulo 5, les dice que es un ministerio de confianza; el ministerio otorgado por Dios despierta confianza entre los creyentes. También les dice que es un ministerio de dedicación y de reconciliación. El ministerio de un varón de Dios debe ser un ministerio de reconciliación; es decir, un ministerio de unión, no de separación. Cuando uno no vive de acuerdo con la Palabra de Dios, uno se separa del resto del cuerpo del Señor, y separa a otros de esa comunión.
¿Qué es separarse y separar? Es llevar física y psicológicamente a las personas a reunirse en torno a determinado liderazgo histórico o reciente, o en torno a determinada doctrina o énfasis bíblico, siguiendo escuelas de pensamiento religioso cuyo centro no necesariamente es Cristo y Su Palabra. Por tanto, el ministerio de reconciliación no es un ministerio respaldado por el temor constante de que los hermanos tengan contacto con otros creyentes. Jamás debemos aconsejarle a un hermano que se salga de donde se congrega. Quien se encarga de traer a una persona para que se reúna con nosotros es el Espíritu de Dios. Es es el Espíritu Santo quien le muestra lo que está viviendo y le muestra lo que debe vivir. Si nosotros nos encargáramos de eso, estaríamos usurpando un terreno que le pertenece sólo a Dios. Es Dios quien revela; yo no revelo nada; al contrario, yo necesito revelación. Puede que Dios me use dándome una palabra de sabiduría para Él revelar, pero quien revela es Él.
El apóstol Pablo viene hablando sobre su ministerio puesto en entredicho, y por eso dice en el verso 15 del capítulo 4: “Porque todas estas cosas padecemos por amor a vosotros”. Una persona que quiera servirle a Dios, debe estar dispuesta a padecer. En vez de buscar la gloria y la fama y el dinero, y el hacerse un nombre, en vez de todo eso, padece sirviéndole al Señor y a la Iglesia. “15Porque todas estas cosas padecemos por amor a vosotros, para que abundando la gracia por medio de muchos, la acción de gracias sobreabunde para gloria de Dios. 16Por tanto, no desmayamos (aunque denigren de mí, aunque quieran acabar con mi ministerio y con mi persona, no desmayamos); antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día”.

Dos hombres en el creyente

Ustedes ya conocen el significado de las expresiones bíblicas hombre interior y hombre exterior en el creyente; pero lo volvemos a explicar por causa de algunos hermanos nuevos. En nosotros, los que hemos creído en Cristo, desde el momento de nuestra conversión y nuevo nacimiento, se han constituido dos hombres, uno interior y otro exterior. ¿Por qué? Porque la vida de Dios vino a cada uno de nosotros cuando creímos, y el Espíritu Santo se introdujo dentro de nuestro espíritu. La vida de Dios entró a lo más profundo de mi ser y formó dentro de mí un hombre espiritual. Pero ese hombre espiritual debe crecer, no quedarse como un bebé, como le sucedió a los corintios, que no dejaban crecer al hombre interior, la vida de Dios, sino que eran regidos por la vida del hombre exterior, el visible.
En lo natural, una persona humana está constituida por una parte espiritual y un órgano por medio del cual actuar; así también ocurre con cada uno de los dos hombres constituidos en el creyente, tiene dos partes; de manera, pues que la parte espiritual del hombre interior de un creyente es el espíritu, su espíritu humano, donde mora el Espíritu Santo (cfr. Ro. 8:9,11; 1 Co. 3:16), y su órgano auxiliar es su alma; el espíritu necesita usar al alma humana como su órgano, a fin de que determine las actuaciones del hombre. Pero si el alma no ha sido salvada, si el alma continúa llena de vicios, saturada de contradicciones, ocupada de sí misma, enredada en sus mentiras y fornicaciones, si el alma prefiere vivir la vida que antes vivía, entonces el espíritu, el órgano más interior de nuestra humanidad, no puede usar al alma, pues todavía el alma no conoce este lenguaje procedente de Dios. En el alma humana es donde se aloja tu intelecto, el alma es la que decide qué hacer por tu voluntad, y en el alma es donde están tus sentimientos; pero si el espíritu quiere transmitir un mensaje a tu alma, y tu alma está inhabilitada para reconocer ese mensaje, no puede discernirlo, ni lo entiende, entonces tiene que pasar por un proceso de renovación espiritual, tiene que aprender ese idioma espiritual para que lo pueda “procesar”, como dicen ahora en el lenguaje del sistema de las computadoras. Para que tu computadora procese una información, es preciso que tenga el programa respectivo. Así también, si el alma carece del programa de Dios aplicado por el Espíritu Santo, está imposibilitada para procesar cualquier mensaje de Dios.
Entonces, en ese caso, tu hombre interior no crece, no tiene los canales para desarrollarse, se estanca, debido a que su alma, su órgano ejecutorio, se lo impide, y hace que la persona viva la vida de su hombre exterior. ¿Qué es, pues, el hombre exterior? De la misma manera, el hombre exterior está compuesto de dos partes; el alma sería la parte espiritual, y el cuerpo viene a ser el órgano ejecutorio. El alma, en sus sentimientos, puede sentirse un poco estresada, y piensa ocuparse un rato en alguna distracción, y decide escuchar un poco de música; entonces le ordena al cuerpo: “Cuerpo, enciende el equipo para escuchar un concierto barroco de Bach”. Entonces el cuerpo, que es el órgano que obedece a la parte espiritual, va y ejecuta la orden del alma. Ese es el hombre exterior. De manera que entre el hombre interior y el exterior existe una pieza clave, que es el alma. Si el alma es espiritual, recibe los mensajes del espíritu, e inmediatamente ordena al cuerpo ejecutarlos, conforme la voluntad de Dios.

Nuestro tabernáculo
Volviendo al hombre exterior, tenemos que ese órgano exterior del hombre es un tabernáculo. ¿Qué es un tabernáculo? Un tabernáculo es una tienda portátil que arman y desarman los que pernoctan a campo raso, o los nómadas, como le sucedió al pueblo hebreo con ocasión de su peregrinaje por el desierto tras su liberación de Egipto. Ellos llevaban sus tiendas o carpas para acampar durante sus jornadas; eran viviendas temporales hasta que fueran introducidos en la tierra prometida y moraran en ciudades. Así es nuestro cuerpo, temporal, hasta cuando tengamos un cuerpo definitivo. Nosotros, tarde o temprano,  vamos a dejar este tabernáculo. Por eso es que la Biblia le llama un tabernáculo. Así como una tienda se desgasta y hasta se pudre, este tabernáculo también tendrá su fin. Cada día se va deteriorando; llega la vejez y las enfermedades, y todos los tejidos se van agotando, hasta que llega el momento en que tienen que sepultarlo o incinerarlo.

Esta leve tribulación momentánea
16Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando (ahora sí lo entendemos, ¿verdad?), el interior no obstante se renueva de día en día”. Es una lucha de Dios; pero Dios va operando, demoliendo, quitando de nosotros lo que obstaculiza, lo que a Él le desagrada, hasta que la renovación del alma vaya en triunfal marcha. A veces nosotros venimos con una trayectoria de mentiras, engaños, saturados de vanidades y suciedades; y aún conociendo lo del Señor, solemos continuar con esa misma actitud; pero cada día el Espíritu del Señor, que mora en nosotros, nos dice: “¡Cuidado! ¿No te da pena? ¿No te acuerdas que yo estoy dentro de ti, y que tú eres un hijo de Dios? ¿Hasta cuándo vas a seguir mintiendo?” Así, pues, el Señor continúa redarguyéndonos y tratando cada día de santificarnos y limpiarnos. Es una lucha de Dios con nosotros, pero lo va haciendo porque Él quiere que nosotros seamos santos; Él quiere que nosotros nos perfeccionemos día tras día; porque Él ha hecho de nosotros Su morada, Su vivienda. Y si nosotros, siendo humanos, queremos vivir en una casa limpia y adornada, pintadita, cuánto más Dios, que es santo y puro. Él no va a estar gustoso con vivir en una casa maloliente, fea y asquerosa. Él quiere que esta Su casa sea santa y limpia, purificada y perfumada; como dice en Efesios cuando declara que el Señor va a presentarse a sí mismo una iglesia gloriosa, que no tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que sea santa y sin mancha (cfr. Ef. 5:27).
Es como si a nosotros se nos ocurriera untar nuestra casa con estiercol, nadie resistiría vivir en medio de ese olor nauseabundo. Dios también exige que Su casa esté limpia y sea santa. Por eso dice que día a día va renovándose; va haciendo todas las cosas nuevas todos los días.
La Palabra dice: “17Porque esta leve tribulación momentánea”; es decir, estoy sufriendo, dice Pablo, estoy pasando por tribulaciones, están denigrando de mí, me están pisoteando, pero aun así, dice: esta leve tribulación. ¿Por qué es leve? Aunque la tribulación sea profunda y dolorosa, sigue siendo leve; pero ¿por qué es leve? Porque, en primer lugar es corta, y además no es comparable con la gloria que nos espera. Todo lo que nosotros sufrimos aquí en esta vida terrena, no es nada comparado con la eternidad que nos espera. Todo esto que estamos viviendo va a acabarse pronto. “17Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria”. Aquí se nos revela que lo contrario de tribulación es gloria. A menudo no queremos ser objetos de ninguna tribulación; no nos gusta que nadie hable mal e nosotros, que nadie nos lleve la contraria. Hay personas que se ponen energúmenas cuando alguien les lleva la contraria, aunque sea en asuntos de muy poca importancia.
Por eso dice la Palabra de Dios: “17Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria”. En la medida en que no vivamos para nosotros sino para el Señor, y que nada de lo que a mí me haga sufrir, o traten de acabar conmigo, no me importe, en esa misma medida eso agranda, incrementa el peso de gloria que me espera; porque esta vida presente se va. En esta tierra vivimos para tener la oportunidad de servir al Señor; podamos tener la oportunidad de participar con Cristo en la edificación de la Iglesia, en la construcción del edificio donde mora Dios, que Él está formando ahora. Pero si solamente nos ocupamos en edificar nuestra propia vida, entonces no participamos realmente de lo que viene. ¿Cómo podemos pasar victoriosos por esa tribulaciones? Pablo nos lo dice a continuación: “18No mirando nosotros las cosas que se ven”; no nos miremos ni siquiera a nosotros mismos.

Miremos la realidad espiritual
Por ejemplo, acabamos de participar de la cena del Señor. Hemos participado de algo muy serio ordenado por el Señor mismo. Pero en la historia han mirado al pan y al vino; han mirado lo que se ve, diciendo que al momento de pronunciar ciertas palabras determinado oficiante, ese pan y el vino al instante se convierten en el cuerpo y la sangre del Señor Jesucristo, de tal manera que cuando yo participo de la cena, me estoy comiendo el cuerpo del Señor y bebiéndome su sangre física. Y a ese fenómeno le han llamado transubstanciación; es decir, que esas especies cambian de substancia, dejando de ser meros pan y vino. Pero la Biblia no dice eso.
Entonces surge otra escuela que dice: No, allí no ocurre una transubstanciación; la verdad es que el pan y el vino representan el cuerpo y la sangre del Señor. Pero la Biblia tampoco dice eso. Una tercera escuela dice que esas especies simbolizan el cuerpo y la sangre de Cristo, pero tampoco dice eso la Palabra de Dios. En la Cena del Señor no ocurre una transubstanciación, ni es una representación, y mucho menos una mera simbología. Entonces, ¿qué es lo que tenemos que ver? ¿Debemos ver meramente el pedazo de pan o la galleta que nos comemos y el vino que nos tomamos? No. Detrás de eso veamos al Señor, veamos Su obra, que están más allá del mero pan y vino que consumimos. Detrás de ese acto tangible hay una realidad espiritual; eso es lo que nosotros debemos ver. Hermanos, no fijemos la atención en las cosas que se ven. Por ejemplo, yo veo a Juan Carlos, y es posible que me preocupe algo de él, de su humanidad; de pronto es fácil que vea en él algo que me lleve a subestimarlo un poco, por no decir que llegue hasta a tenerlo en poco. Pero, ¿nos trae algún beneficio a él y a mí? ¿Se lucra el Señor actuando nosotros así? Lo que yo debo ver en él es a Cristo; debo ver la obra que el Señor está llevando a cabo en él; debo mirarlo como un miembro del cuerpo de Cristo. Esa es la realidad espiritual que conviene ver; lo que Dios ha hecho en la vida de un hombre, en la vida de una mujer.
Dice: “18No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven (eso es lo que hay que mirar); pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”. A mí me ven el cuerpo; me ven mis defectos humanos; pero este cuerpo se va a podrir tarde o temprano. ¿Qué sucedía con esos falsos apóstoles y judaizantes? Que veían en el apóstol al mero Pablo, pero no veían en él a Cristo y el ministerio a que Dios había llamado. Nosotros aquí en Facatativá somos un grupito en apariencia insignificante; no tenemos un templo material donde adorar, carecemos de las apariencias apoteósicas de las que de pronto disfrutan esas grandes organizaciones religiosas; y así de insignificantes nos catalogan. ¿Por qué ocurre eso? Porque uno tiene la tendencia a mirar las cosas que se ven, y de acuerdo a su apariencia, así las calificamos.

Los dos vestidos
Comenzamos ahora el capítulo 5 de la segunda carta de Pablo a los Corintios. “1Porque sabemos que si nuestra morada terrestre (¿cuál es esa morada terrestre? Este cuerpo mortal es la morada terrestre), este tabernáculo (esta casita que Dios me ha dado para que viva mientras permanezca en esta tierra), se deshiciere (no quedamos sin abrigo, sin techo y sin nada, no), tenemos de Dios un edificio (que Él está construyendo), una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos”. Ese es el cuerpo glorioso e incorruptible que Dios nos va a dar en la resurrección de la Iglesia. Ya lo tenemos; pero dice aquí en el siguiente versículo: “2Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial (¿por qué gime Pablo y gimen los apóstoles?); 3pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos”. Porque cuando uno muere, antes de la resurrección hay un tiempo en que las personas que han muerto en Cristo, están en el Paraíso, pero están desnudos; todavía no tienen el cuerpo glorioso. La falta de cuerpo lo hace verse desnudos; su alma y su espíritu están sin el tabernáculo actual y sin el cuerpo glorioso futuro. Al morir, este cuerpo es separado del alma y del espíritu, y empieza un proceso de descomposición acá en la tierra. Pablo dice aquí que él no quisiera pasar por ese tiempo de desnudez, sino que prefiere ser revestido enseguida.
Por eso en el versículo siguiente declara lo siguiente: “4Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos”. Haciendo una analogía, vemos que los hebreos, cuando salieron de Egipto, cada familia construyó su tabernáculo. Iban marchando, avanzando por el desierto mientras Dios los guiaba por medio de una columna de nube o de fuego, conforme fuese de día o de noche. De pronto Dios se detenía; eso era señal de que todo el pueblo iba a acampar en ese lugar; enseguida cada familia se ocupaba en armar su respectivo tabernáculo; su tienda de campaña. Pero cuando llegaron a ocupar las ciudades de la tierra conquistada (Jericó, Jerusalén, Belén, Nazaret, y demás), todas las familias hebreas habitaron su respectiva casa. Eso es una simbología de lo que estamos hablando en este momento, nuestros dos vestidos personales. Lo mismo ocurrió con la casa de Dios. Primero era un tabernáculo en el desierto construido por Moisés. Ya en la tierra prometida hubo un tiempo en que ese tabernáculo no fue usado. Después Salomón construyó un templo en Jerusalén; pero aun este templo era una simbología del verdadero templo de Dios, que somos nosotros.

Andando por fe
4Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida”. Aquí se refiere a la vida eterna “5Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu”. ¿Qué significa las arras? Ilustremos: Cuando se hace un contrato entre dos partes, para mayor seguridad en el cumplimiento de lo pactado, una de las partes le entrega a la otra un adelanto; de manera que las arras es una prenda o señal de la veracidad de algo. Otrora en los matrimonios se usaba que el novio le entrega a la novia unas moneditas llamadas las arras, como señal de que todos sus bienes eran también de ella. Dios nos garantiza la propiedad de todo lo que nos ha dado, dándonos las arras de Su Espíritu, quien mora ahora en nosotros.
Por esa causa continúa diciendo la Escritura: “6Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque nosotros, hermanos, tenemos un cuerpo imposibilitado para entrar en las esferas celestiales, no resistiría) 7(porque por fe andamos, no por vista)”. Andar por fe y no por vista significa que andando en Cristo, no ponemos nuestra confianza en las cosas materiales, en lo que se ve. Una persona puede pensar que come porque tiene un trabajo que le proporciona una entrada fija; bueno, hoy la tiene, pero mañana la pueden despedir. Otro puede pensar: yo soy una persona muy sana; pues mañana puede amanecer enfermo. O se puede decir: tengo una casa donde vivir, pues por la noche puede ocurrir un terremoto u otra catástrofe que la puede destruir. Nosotros los creyentes debemos acostumbrarnos a pensar que no andamos sino por fe; debemos andar por fe y no por vista. Al fin y al cabo somos ciudadanos del reino de los cielos. No debemos andar por lo que yo soy en esta tierra, no por mis conocimientos. No por lo que poseo materialmente. Debemos andar por fe; somos hijos de Dios en Cristo, y ese es nuestro tesoro.

Delante del tribunal de Cristo
Miren cómo lo expresa Pablo: “8Pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor. 9Por tanto (es decir, por haber creído en lo que acabamos de estudiar) procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables (a Dios). 10Porque es necesario...”. Mientras nosotros estamos en este tabernáculo, hay un proceso de vida, hay un proceso de conducta; y de todo lo que hagamos, de todo paso que demos, sea firme o en falso, de todo pensamiento que tengamos, de todo, un creyente tiene que rendirle cuentas al Señor. Habrá un día en que Él venga, y nos encontraremos con Él en el aire; luego bajaremos con Él a la tierra. No sé si en el aire o ya en la tierra, pero delante de Él, delante de Su tribunal, seremos juzgados. Él juzgará nuestra conducta mientras permanecimos en este tabernáculo. Por eso ese versículo dice: “10Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno (tanto creyentes espirituales como no espirituales, pues se refiere a toda la Iglesia) reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo”. Ahí no va a ser juzgada la salvación. Nadie va a perder la salvación en ese juicio, pues la salvación es un regalo de Dios, inmerecido de nuestra parte. Todo el que esté ahí será porque es salvo; y si resucitó con el resto de la Iglesia, es porque hace parte de la Iglesia eternamente. Pero debemos dar cuenta de esta nuestra manera de vivir mientras estamos habitando en este tabernáculo terrenal. Si aprovechamos el tiempo ahora, allá lo iremos a ver con suma claridad, si en verdad lo aprovechamos o no lo aprovechamos. Pero lo debemos hacer con beneficio no para nosotros, sino para que se beneficie el Señor.

Los talentos y los dones
Antes de que se aboliera la esclavitud en el mundo (hoy la hay pero con otras modalidades), el amo era dueño de la vida y de los bienes de sus esclavos; él podía disponer de todo cuando quisiera. Claro, el esclavo se alimentaba; lógicamente, ¿cómo iba a vivir si no comía? Entonces comía, dormía, descansaba; de pronto disponía de su camita donde dormir y hasta de un cuarto más o menos confortable; también podía tener su mujer e hijos. Eran esclavos, pero, bueno, tenían el gozo de tener su esposa e hijos; se vestían; a lo mejor les daban por ahí cualquier respiro de esparcimiento. Pero todo lo que trabajaban, hacían y producían era para su amo, su señor, el esclavo nada hacía para su propio provecho. Hoy en día nosotros somos esclavos del Señor mientras estamos aquí, y es un gran mérito ser esclavos del Señor; de manera que todo lo que hagamos, toda oportunidad que tengamos en la vida, debe ser para que Él se beneficie; y luego nosotros vamos a rendir cuentas delante de Él. Ahí se determinará nuestra entrada en el reino milenial del Señor Jesucristo.
Cuando ya se destruya este tabernáculo, y llegue el día del juicio de la Iglesia, nos presentaremos delante del Señor a darle cuenta de lo que hicimos. Tal vez Él nos dirá: “Yo te di muchas oportunidades y te di talentos”. Y Allí veremos con claridad todas las oportunidades y los talentos y los dones que el Señor nos ha dado. Y de acuerdo con eso, antes de que partamos, tenemos nosotros que actuar y poner a rendir lo que hemos recibido del Señor. Nosotros somos muy dados a hacer planes para esta vida, pero rara vez hacemos planes para la vida eterna, que es lo verdadero. Hermanos, lo verdadero, lo más importante es hacer planes para que se beneficie el Señor. Hacer planes solamente para esta vida es una necedad, es una tontería. Es necio el que solamente hace planes para este tiempo. El Señor nos lo advierte claramente, y Él siempre tiene la razón: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mt. 6:33). Nosotros nos enfrascamos en otras justicias, cuando primeramente debemos buscar el reino de Dios y su justicia. ¿Qué es lo demás? Lo demás son cosas muy importantes en la vida de una persona, pero para un hijo de Dios deben ser menos importantes que el reino de Dios. Ahora de pronto nos parece que el reino de Dios es algo muy remoto, pero no. Entonces lo demás es el estudio, el grado, el trabajo, los amores, formar un hogar, procurar el alimento y el abrigo, recrearse, celebrar las fiestas familiares; y en muchas cosas malgastamos el dinero, el tiempo, la salud, y no nos da pena con el Señor hacer tantas cosas sin tenerlo en cuenta a Él.
11Conociendo, pues, el temor del Señor...”. No es que el Señor tenga temor; somos nosotros los que debemos temer al Señor. Nosotros no debemos temerle al diablo, pues el diablo está vencido. A quien debemos temerle es al Señor. “11Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres (insistimos a los hombres, les rogamos); pero a Dios le es manifiesto lo que somos; y espero que también lo sea a vuestras conciencias”. El Señor habla, y uno que tenga la dicha de estar exponiendo una palabra de parte de Dios, puede incluso arrodillarse, y exponer esa palabra de rodillas, buscando que los hombres se arrepientan, pero si la persona no quiere, ni el mismo Dios lo obliga. El Señor no obliga a nadie. Allá tendremos que rendirle cuentas.
12No nos recomendamos, pues, otra vez a vosotros (es decir, no tengo necesidad de recomendarme, ya ustedes saben quién soy yo, dice Pablo), sino os damos ocasión de gloriaros por nosotros, para que tengáis con qué responder a los que se glorían en las apariencias y no en el corazón”. Hay religiosos que se glorían en las apariencias. Se glorían en la aparente importancia de su sinagoga; se glorían en su elocuencia y sapiencia; se glorían en sus apoteósicos templos y liturgias; se glorían en sus famas y bienes materiales; se glorían en sus centenarias y sacratísimas tradiciones y nombres, y van por el mundo al son del tintineo de campanas, y anunciándose al son de bocina.

El amor de Cristo nos constriñe
Por eso me gusta repetir la frase de Pablo: 12No nos recomendamos, pues, otra vez a vosotros, sino os damos ocasión de gloriaros por nosotros, para que tengáis con qué responder a los que se glorían en las apariencias y no en el corazón. 13Porque si estamos locos (seguramente lo habían acusado de loco), es para Dios; y si somos cuerdos, es para vosotros. 14Porque el amor de Cristo nos constriñe (¿qué es constreñir? Es procurar que algo se ajuste a ciertos límites, que no se desborde de esas medidas, de cierta meta asignada y determinada; no debemos divagar, sino hacer realmente lo que Dios quiere hacer contigo), pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; 15y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos”. Él ya murió por nosotros; ese amor de Dios es tan grande, que el Señor murió por nosotros. Por ti Cristo murió. Eso tenemos que considerarlo permanentemente. “15Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí (nosotros no debemos vivir para nosotros mismos. Él murió y nos compró con Su vida, y debemos vivir para Él; nos debe dar vergüenza no vivir para Él. Algún día, si no lo hacemos ahora, ya cuando nos vayamos a arrepentir, ya será tarde. Entonces tendremos que encarar un proceso lejos de Él, hasta que lo reconozcamos y lo vivamos), sino para aquel que murió y resucitó por ellos. 16De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así”. Al mismo Cristo ya no lo conocemos así. Como hablábamos respecto de la Cena del Señor, tenemos que mirar más allá de lo que ven nuestros ojos y perciben nuestros sentidos; debemos ver una realidad espiritual. A Cristo ya no lo conocemos en la carne. Cristo es el Señor de la gloria, Aquel que murió por nosotros, pero resucitó, y ahora está sentado a la diestra del Padre.

Ahora somos nuevas criaturas
17De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es”; en consecuencia debe mirar las cosas como las mira Dios, porque es nueva criatura; ya no es un mortal del montón; ya somos parte de Dios; ya somos de la familia de Dios, somos hijos de Dios; somos una nueva raza, que nos estamos preparando para reinar con Él, si es que ahora le ponemos cuidado a lo que Él quiere. “17De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. Todo es hecho nuevo en un creyente, pues el Señor quiere que tengamos un pensamiento renovado; debemos tener una nueva forma de decidir las cosas; debemos tener unos sentimientos (emociones) renovados, santificados, a fin de ser motivados conforme a la voluntad de un Dios santo y glorioso, que es nuestro Padre. Todas las cosas, pues, son nuevas en nosotros. Que el Señor nos ayude por Su misericordia.
 
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