Edificando Filadelfia
  Los vencedores y las obras
 
Capítulo 4

LOS VENCEDORES
Y LAS OBRAS

¿Un evangelio de obras?
En el primer capítulo hemos visto que la salvación no es por obras, sino un regalo eterno de Dios para los que Él antes conoció. Dice en Romanos 8:29-30. “29Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. 30Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó”. El verbo griego preoegno, conocer de antemano, no es un simple conocimiento previo de los que serían salvos, pues el Señor en cuanto Dios, conoce previamente todas las cosas, y conocía a todas las personas que nacerían en la humanidad en todos los tiempos, salvados o perdidos. Hay que tener en cuenta que todos estos verbos, para nosotros los humanos, están en tiempo pasado; que se trata de algo que Dios ya hizo en el pasado, antes de la fundación del mundo, cuando los humanos no habían hecho ni bien ni mal. Dios es el Dios de la eternidad; Él vive en un eterno presente; el tiempo existe para nosotros los humanos, no en Dios. Entonces este conocer previamente tiene una connotación más profunda que el simple conocimiento de las cosas; es un conocer íntimamente con amor; es amar a sus predilectos, a sus escogidos.
Nótese que en la misma forma encontramos el verbo conocer en Génesis 4:1, cuando dice: “Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín”. Lo mismo acontece en Mateo 1:24-25: “24Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. 25Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre Jesús”. Tanto en el caso de Adán como en el de José, hacía ya algún tiempo que ellos conocían a su respectiva esposa, pero allí no habla de ese conocimiento sino de una relación de amor, de una intimidad más allá del simple conocimiento personal; se trata de un conocimiento profundo y personal. Así nos conoció Dios desde antes de la fundación del mundo.
De manera que a los que antes conoció de esa manera predilecta, los predestinó para llamarlos y justificarlos. Ese llamamiento de Dios encierra una preparación de todos los llamados, para que el Hijo unigénito de Dios se convierta en primogénito de muchos hermanos, que conforman ahora la familia de Dios, porque ahora tienen la vida y la naturaleza de Dios, y forman ahora el Cuerpo de Cristo. El Señor era el Hijo unigénito, pero al encarnar, morir y resucitar, se convirtió también en el primogénito, dándonos la vida eterna.
Sin que mencionemos el catolicismo romano, que es la religión de la salvación por obras por antonomasia, se ha extendido en el protestantismo como una especie de evangelio de obras, consistente en tener que hacer cosas para que se vaya prorrogando en nosotros la salvación sin considerar que, por la sola obra de Su Hijo, nos la ha dado Dios. Hemos sido salvos por la cruz de Cristo. Proliferan por ahí las organizaciones con listas de mandamientos y prohibiciones, para que los hermanos las cumplan, y con lo cual, tal vez sin proponérselo, han sustituido a la auténtica transformación subjetiva y vida en el Espíritu. ¿Qué dice la Palabra de Dios? “Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado” (Gá. 2:16).
Hay otras citas bíblicas que hablan por sí solas: “Y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree” (Hch. 13:39). “Quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2 Ti. 1:9).
El cristiano, que ha recibido su salvación gratuita de Dios, debe desarrollar su vida espiritual; no quedarse como un niño; no debe estancarse bajo la guía de su naturaleza carnal, sino crecer y llegar a ser un vencedor. El niño no se preocupa por las cosas profundas de Dios, ni tiene capacidad para percibirlas, sino que se basa en los rudimentos. Leemos en Gálatas 4:3: “Así también nosotros, cuando éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo”. De acuerdo con el contexto, un niño y un esclavo en nada difieren; son esclavos de la ley, de obligaciones, de estatutos, de rudimentos. Luego dice en el versículo 9: “Mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar?” ¿Cuáles son esos rudimentos? Por ejemplo, en los versículos 10 y 11 dice: “10Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años. 11Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros”. Sutilmente se instituyen mandamientos y cargas para los hermanos; prohibiciones rudimentarias en la carne; instituciones forzosas de ciertos días, ciertas comidas y ciertas apariencias externas. Ya el Señor despojó al enemigo, a los carceleros, de todos los decretos que nos condenaban, y triunfó sobre esas potestades (cfr. Col. 2:13-15); ahora nos ha hecho siervos de Él. Aunque el creyente debe vestirse decentemente, sin embargo, la vestidura de justicia del creyente no tiene relación con los trajes que nos ponemos, sino con la vida de Dios en nosotros y nuestra obediencia a Él. Leamos en Colosenses 2:16-19:
16Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, 17todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo. 18Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, entremetiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado por su propia mente carnal, 19y no asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios”.
Nadie crece espiritualmente obedeciendo leyes y estatutos de otros, y menos de los que dicen ser muy espirituales y no lo son. Estas personas dominan a los que siguen siendo niños en el espíritu. Quien se agarra no a pretendidas cabezas, sino a la verdadera Cabeza de la Iglesia, el Señor Jesús, experimentando la normal nutrición corporativa, su desarrollo espiritual es verdadero, no aparente; esa persona llega a ser un vencedor, y nadie lo puede privar de su premio como vencedor. Aun la oración no debe ser una carga, sino un deleite, una constante comunicación con el Ser que amamos, que palpita con amor dentro de nosotros; un Ser maravilloso que se está formando en nosotros. A veces se llega a creer que es por la cantidad, que cuanto más oramos y leemos la Biblia, somos más vencedores. Luego sigue diciendo en los versos 20-23:
20Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos 21tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques 22(en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? 23Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne”.
Un creyente puede perfectamente practicar cierto ascetismo en sus costumbres morales, religiosas y rituales, y seguir siendo un niño, carnal, sometido a preceptos; pero por la Palabra y la experiencia sabemos que el cumplimiento de preceptos no libra a su alma de los apetitos de la carne. ¿Qué diremos, por ejemplo, del ayuno? El ayuno se ha convertido en un legalismo; hay mucha gente que no sabe por qué está ayunando; ¿por el simple hecho de que esté instituido en su congregación? Es posible que se haya llegado al fariseísmo al respecto; como aquel hombre que se jactaba de que ayunaba dos veces a la semana (Lucas 18:12), cuando la ley sólo le mandaba una sola vez al año, en el día de la expiación (Hechos 27:9; Levítico 16:29).
Leemos en 1 Timoteo 4:1-3: “1Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; 2por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia, 3prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad”. El Espíritu Santo mora en nuestro espíritu, en donde nos habla y nos advierte que nos guardemos de esos espíritus engañadores y de la doctrina de los demonios que trabajan con los mentirosos, a los cuales la hipocresía les ha cauterizado la conciencia. El Espíritu nos avisa de esos ataques cuando nuestro espíritu está ejercitado para escuchar la voz de Dios.
El celibato y el ascetismo son doctrinas de demonios, puesto que atientan contra la continuidad y multiplicación de la humanidad; lo mismo que abstenerse de ciertos alimentos necesarios para continuar viviendo. Nadie es más santo que otro por el hecho de ser célibe o porque se abstenga de comer algunos alimentos. Al contrario, puede caer en la trampa de severas tentaciones. Hay falsas enseñanzas religiosas que tienen apariencia de piedad, que aparentemente te impulsan a la santidad por medio de tus propias obras muertas, pero que en el fondo son obstáculos para el verdadero fortalecimiento espiritual.
Téngase en cuenta que en el mercado religioso a menudo se tiene por fundamental lo que apenas se trata de rudimentos. Por ejemplo, dice en Romanos 14:3,5,17: “3El que come, no menosprecie al que no come, y el que no come, no juzgue al que come; porque Dios le ha recibido... 5Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente... 17Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo”. Esto de las comidas y de los días de observancia religiosa son asuntos menores y secundarios para el Señor, que ni salvan ni impiden la salvación. Si Dios ha recibido a alguien mediante la obra de Su Hijo, nosotros también debemos recibirle. Todo el que ha sido lavado por la sangre del Señor Jesús, es nuestro hermano. El reino de Dios ya se manifiesta hoy en la Iglesia, que es la esfera donde el Señor ejerce Su autoridad en esta era; y lo que yo coma y beba no va en detrimento de la justicia, la paz y el gozo que me proporciona el Espíritu Santo, y la relación que yo debo mantener, vivir y expresar a los demás.

La salvación y las buenas obras
Por otro lado, tengamos en cuenta que nuestros pecados están delante de Dios, y también se hacen sentir en nuestra conciencia acusadora; y debido a esto, el hombre se ha inventado la salvación de las buenas obras. ¿Para qué? Para sobornar la conciencia, la cual constantemente le acusa que está condenado. Algunos se han inventado la teoría de la balanza, que consiste en la creencia de que Dios va a pesar en una balanza las obras de todos y cada uno de los hombres. En un platillo va a poner las obras buenas y en el otro las malas. Si las buenas pesan más, se va para el cielo, y si pesan más las malas, se va para el infierno. Hay personas que se engañan a sí mismas pensando que sus obras tienen algún mérito delante de Dios como para que Él las tenga en cuenta para salvarlas.
Estamos en la era de la gracia. ¿Qué significa eso? ¿Qué es gracia? La Biblia declara que Dios es amor (1 Juan 4:8): no meramente que ama, sino que su naturaleza es amor. Él ama al hombre, y viéndolo necesitado y perdido, pone en acción Su amor, y manifiesta Su misericordia; pero no se queda en la simple misericordia, porque Él sabe que sólo eso no resolvería nuestra miserable situación; de manera que el amor de Dios tiene una expresión que va más allá de la sola misericordia, y es la gracia de Dios para con el hombre. La gracia es la obra de Dios en favor del hombre necesitado, perdido, condenado. En el Antiguo Testamento se habla de la ley, que consiste en las demandas de Dios para con el hombre, para que el hombre haga obras para Dios; pero la gracia, manifestada en el Nuevo Testamento, es lo contrario, es la obra que Dios hace en favor de los hombres, y esa obra la hace en Su Hijo, Jesucristo. Él es el Cordero de Dios que fue inmolado desde antes de la fundación del mundo.
Es verdad que a partir del Concilio de Trento, el catolicismo romano aprobó la aceptación de la doctrina de la gracia y de la sola fe, para la salvación, pero en la práctica lo de las obras se había arraigado profundamente, tanto que aún hoy en día se exalta la santidad de algunas personas, no necesariamente con base en la gracia y obra de Dios a favor de ellos y en ellos, sino en las obras y méritos de ellos mismos, como si hubieran logrado la salvación y la exaltación con la ayuda de sus méritos personales. Entonces quizás se me dirá, ¿acaso no llegaron a ser auténticos vencedores? Eso lo sabe el Señor. A pesar de lo anotado arriba del Concilio de Trento, la teología católica en la práctica sigue sosteniendo “que el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo no fue suficiente y entonces, hay que hacer o pagar misas, responsos, penitencias, comprar indulgencias, medallas, etc., y tratar a toda costa de agregar méritos a la redención y a ganar la Salvación por obras” (Jaime Ortiz Silva. “Versiones Alteradas de la Palabra de Dios”. Ransom Press International. 1999. Pág. 55). Nosotros simplemente miramos las apariencias; sólo Dios conoce la realidad de las cosas, y no podemos juzgar antes de que llegue el día del tribunal de Cristo, en Su segunda venida, donde y cuando nuestras obras serán examinadas y juzgadas. Dios no nos hace objetos de Su gracia con base en nuestros méritos personales; es lo contrario, éstos obstaculizan la manifestación de la gracia de Dios; precisamente nuestra vida de pecado y perdición, es la que nos ha hecho necesaria de que la gracia de Dios se manifieste. La gracia de Dios tiene su fundamento en el amor y la misericordia de Dios, manifestada por la obra de Cristo en la cruz del Calvario.
Como en el Tabernáculo de Moisés, un velo separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo (Éxodo 26:33), así el pecado es un velo que nos separa de Dios; por eso cuando Adán pecó se escondió de Dios. Fue cuando Dios empezó a buscar al hombre, a llamarlo, pues el hombre jamás ha tomado la iniciativa de buscar a Dios; y cuando Dios lo encontró, el hombre estaba tapando su desnudez con hojas, escondiendo su pecado con obras humanas de apariencia religiosa. Y así ha sido todo el tiempo. Aun los creyentes, incluidos muchos de los vencedores, vivimos escondidos, nos falta transparencia delante de los hermanos y delante de Dios. Por tanto, es necesario que nos despojemos de todo tapujo de apariencia de piedad, de todo velo; es necesario que no escondamos nada a nadie. Si aquí insistimos en esconder algo por vergüenza, allá lo sabrá todo el cuerpo de los creyentes. El velo es una artimaña del alma que no ha experimentado la cruz, para esconder su verdadero estado. Mientras nuestro velo no sea del todo quitado, no puede ser completada nuestra restauración. ¿Cómo podemos ser plenamente liberados de nosotros mismos? Si nosotros no nos juzgamos ahora, y llevamos la cruz ahora y nos negamos ahora, el Señor nos juzgará en Su tribunal. Pocos creyentes comprenden que nuestra salvación no ha sido completada, y que aún no andamos plenamente en luz. Nadie puede andar en luz si no anda en unión con el Señor; en pleno acuerdo con Él.
Muchos de nosotros vivimos muy ocupados haciendo muchas cosas buenas para el Señor, pero muy pocos están haciendo lo que en realidad Él les ha llamado a hacer. Hay un constante llamamiento del Señor a Sus siervos, a que se pongan de acuerdo con Él. Tengamos muy en cuenta que ningún grupo religioso tiene la exclusividad del Señor. A menudo solemos enmarcar muy mal al Señor; desconociendo Sus legítimas dimensiones y Su corazón. Cada creyente debe vivir como los rieles de la línea férrea; un riel de nada sirve si falta el otro, y en el creyente un riel se llama creer, y el otro, obedecer.

Castigo temporal de los creyentes
No somos salvos por obras, pero no podemos tener participación en el reino venidero sino por las obras. Todas nuestras obras de ahora como hijos de Dios serán examinadas. Cuando el Señor venga va a juzgar nuestras obras, sean buenas o sean malas; y de acuerdo con las Escrituras, hay varias categorías de creyentes derrotados, luego también hay variación frente al castigo dispensacional milenario, a saber:

Tinieblas de afuera
Por ejemplo, unos no tienen pecados no resueltos, ese no es su problema; pero aun así no trabajaron adecuadamente, fueron descuidados, o no obedecieron los principios para la edificación de la casa del Señor, y si hicieron algo, lo hicieron conforme a su propia voluntad humana; éstos irán a las tinieblas de afuera; no tendrán parte en las fiestas de bodas del Cordero, y estarán fuera de la resplandeciente gloria del reino, llenos de remordimiento y sentimiento de culpa. Consideremos algunos versículos. Dice Mateo 8:11-12: “11Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos; 12mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes”.
Aunque aquí se refiere particularmente a los judíos, sin embargo, nos sirve para sustentar que fuera de la resplandeciente gloria del reino de los cielos habrá tinieblas, donde mucha gente salva será disciplinada, en donde habrá remordimiento y terrible dolor por no haber hecho las cosas bien, lo cual es diferente a ser echado en el lago de fuego. Ser echado en las tinieblas de afuera no significa que la persona perezca eternamente, sino que es castigada dispensacionalmente; el creyente es descalificado y por no haber vivido una vida vencedora por medio de Cristo, no puede disfrutar del reino durante el milenio. Dice en Mateo 22:13: “Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes”. Todo creyente es llamado, pero pocos son escogidos para recibir una recompensa; sólo el que venza recibe recompensa. También al final de la parábola de los talentos, el siervo inútil es echado en las tinieblas de afuera. “Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 25:30). Aquí se ve que no se juzga la salvación del creyente, la cual no es por obras, sino que se trata del juicio de la fidelidad del siervo frente a la obra del Señor. Es un castigo temporal para un siervo salvo del Señor.

Azotes
En Lucas 12:35-40 venía la Palabra hablando del siervo vigilante; de pronto, en los versículos 41-48, habla de la otra cara de la moneda, los siervos negligentes, así:
41Entonces Pedro le dijo: Señor, ¿dices esta parábola a nosotros, o también a todos? 42Y dijo el Señor: ¿Quién es el mayordomo fiel y prudente al cual su señor pondrá sobre su casa, para que a tiempo les dé su ración? 43Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así. 44En verdad os digo que le pondrá sobre todos sus bienes. 45Mas si aquel siervo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir, y comenzare a golpear a los criados y a las criadas, y a comer y beber y embriagarse, 46vendrá el señor de aquel siervo en día en que éste no espera, y a la hora que no sabe, y le castigará duramente, y le pondrá con los infieles. 47Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. 48Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco; porque todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá”.
Allí habla de azotes a los siervos infieles, a los descuidados; y habla de castigo a esos siervos en el mismo sitio donde estarán los infieles e incrédulos del mundo. Dice Hebreos 12:6: “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo”. El Señor jamás tiene por siervos a los que no le pertenecen. El Señor mismo se sometió al Padre en todo y se hizo siervo, y en calidad de siervo no se puso a reclamar derechos y posiciones de privilegio. El Señor se sometió a sufrir la cruz sin que primara su propia voluntad sino la del Padre.  ¿Qué nos corresponde a nosotros? ¿Cuáles son los derechos que un creyente debe reclamar? Al respecto dice John Nelson Darby: “Creer que podemos mantener nuestros derechos en este mundo es olvidar la cruz de Cristo. No podemos pensar en nuestros derechos hasta que los Suyos sean reconocidos, pues no tenemos otros que los de Él” (J.N. Darby. Estudio sobre el Libro de Apocalipsis. La Bonne Semence, 1988, pág. 42).

La Gehena de fuego
Otros tienen pecados no resueltos; éstos irán al fuego temporalmente. ¿Qué es tener pecados no resueltos? El Señor Jesús murió en la cruz y derramó Su sangre para perdonar todos nuestros pecados pasados, presentes y futuros, manifiestos o no; y el pecador tiene un Abogado delante del Padre, a Jesucristo el Justo, y vence a Satanás por medio de la sangre del Cordero. Estamos ya justificados en Su sangre (cfr. Ro. 5:9). Pero se puede pecar intencional y continuamente, sin arrepentirnos; sin que rechacemos nuestros pecados; sin ni siquiera intentar eliminarlos. El pecador debe reconocer su pecado y confesarlo, apartarse y restituir. El sermón del monte ilustra al respecto.
21Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. 22Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. 23Por tanto si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, 24deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. 25Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez (el Señor Jesús), y el juez al alguacil (los ángeles), y seas echado en la cárcel. 26De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante” (Mt. 5:21-26).
En el contexto vemos tres clases de juicios escalonados de acuerdo a la gravedad del acto y mencionados conforme al trasfondo judío de los hermanos que en ese momento escuchaban al Señor. El primer juicio se realiza en la puerta de la ciudad, donde se dirimían los asuntos menores (Gen. 19:1,9; Rut 4:1-6; 2 Sam. 15:1-6); el segundo juicio era en el Sanedrín o tribunal supremo de los judíos, y el tercero es un juicio supremo, el de Dios, una de cuyas penas puede ser en la Gehena de fuego. La Gehena es el mismo lago de fuego. Si no te reconcilias con tu hermano ahora, es posible que pases una temporada larga en el lago de fuego, hasta que pagues el último cuadrante, hasta que tu corazón sea limpio de todo odio. No vas a sufrir la muerte segunda, pero sí te tocará un tiempo.
Nosotros somos el pueblo del reino y tenemos un Rey que ha de venir, y compareceremos delante de Su tribunal. Un hijo de Dios no necesariamente peca cuando comete el acto, sino cuando en su corazón ya tiene la intención, el deseo, la actitud. Si no vivimos la calidad de vida espiritual que exige nuestra condición de nuevas criaturas, ya estamos en pérdida, estamos derrotados. El contexto nos dice que se trata de hermanos de la Iglesia. Dice en los versículos 29-30: “29Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. 30Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno”. Si algo es para mí de mucha atracción y me es ocasión de pecado, con ello ofendo a Dios y a otras personas, debo cortar con eso. Recomendamos también leer Mateo 10:28; 18:9; 23:15,33; Marcos 9:43,45,47; Lucas 12:5.

Cárcel
De acuerdo con la gravedad de nuestra condición espiritual, así seremos juzgados cuando venga el Señor. Otros irán a la cárcel. Leemos en Mateo 5:24b-26: “24Reconciliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. 25Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. 26De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante”. Aquí el camino representa la edad actual en esta tierra, el juez es Cristo y el alguacil es el ángel, y es posible que la cárcel sea el lago de fuego. Nótese que no se trata de condenación eterna; el siervo va a salir de la cárcel cuando haya cumplido su castigo, de acuerdo a la magnitud de la falta.
Dice Mateo 24:48-51: “48Pero si aquel siervo malo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir; 49y comenzare a golpear a sus consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos, 50vendrá el Señor de aquel siervo en día en que éste no espera, y a la hora que no sabe, 51y lo castigará duramente, y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes”. Observamos también que la Escritura nos revela aquí que el siervo no es castigado eternamente, sino sólo que tendrá su parte en el mismo lugar donde irán los hipócritas; es un castigo sólo dispensacional. Observe que el siervo es creyente, es un santo, pues llama al Señor: “mi Señor”, pero se puso a tratar mal a los hermanos en la fe y a juntarse con gente mundana y a participar en lo que el mundo participa.
El cristiano es juzgado por su obediencia, por su servicio, por su fidelidad. ¿Qué caracteriza a un vencedor hoy? El cristiano vencedor, más que obrar, sirve, porque el servicio genuino involucra el amor, la disponibilidad, la comprensión, pero sobre todo la obediencia. El que obra sin amor, se vanagloria, se envanece. Cuando Cristo tiene la preeminencia en todo en nuestra vida, le servimos con amor. Cuando Cristo tenga la preeminencia en todas tus cosas, tanto en la experiencias dulces como en las amargas, eres vencedor, porque Cristo es nuestra vida. Un creyente no llega a ser pobre en espíritu, o humilde o amable, porque meramente se lo proponga; sin Cristo no podemos hacer nada bueno. La carne no puede producir algo meritorio. Toda bondad carnal es hediondez para el Señor. No se trata de que Él nos complete lo que nos hace falta; se trata de Su vida en nosotros. ¿Por qué eres un vencedor? Porque te has negado, ya te consideras débil, ya tú no vives; ahora tu vida es Cristo, tu fortaleza es Él, y Cristo es el que vence en ti. Al momento en que empieces a jactarte (de poder espiritual, de tus obras para el Señor, por ejemplo), y confiar en ti mismo, empiezas a ser un derrotado. Si eres consciente de que eres débil y que no puedes esperar de ti nada bueno, te consagras al Señor de manera absoluta, poniendo en Él toda la confianza y fe, y permitiéndole que sea el Señor de toda tu vida y de tu andar. ¿Qué es negarse a sí mismo? Leamos una magnífica, sencilla y elocuente definición que nos proporciona el hermano Paul Cain:
Pero ¿qué significa morir a ti mismo? Un bloqueo o interrupción del curso normal de tu vida por la intervención de Dios, eso es morir a ti mismo. Cuando todos te olvidan o te descuidan, o a proposito te colocan de lado, y tú no alimentas tu dolor, ni permites al insulto o al desprecio herir tu interior, sino que por el contrario, consideras una honra el poder sufrir por Cristo, eso es morir a ti mismo. Cuando aun aquello que haces bien es criticado, y tus deseos son contrariados, tu consejo despreciado y tu opinión ridiculizada, y sin embargo así tú te rehúsas a dejar subir la ira a tu corazón y no tomas ninguna iniciativa para defenderte, sino que lo aceptas todo con paciencia y amor, eso es morir a ti mismo. Cuando nunca haces cuestión de ser citado o reconocido por otros, o de divulgar tus buenas obras, sino que verdaderamente tienes placer en ser desconocido, eso es morir a ti mismo. Cuando ves a tu hermano prosperar y que sus necesidades sean suplidas, y tú puedes honestamente regocijarte con él en el espíritu, sin sentir envidia, ni cuestionar a Dios, a pesar de tener tú necesidades mucho mayores que las de él y estar en circunstancias mucho más desesperantes, eso es morir a ti mismo. Cuando puedes recibir corrección y reprensión de personas que tienen una estatura y madurez menor que la tuya, y puedes someterte humildemente por dentro y no tan sólo por fuera, sin que surja resentimiento ni amargura en tu corazón, eso es morir a ti mismo” (Paul Cain. Alerta para la Iglesia. Mensaje en Kansas, USA, diciembre./98).

Las cuatro etapas de la obra de Cristo
El Señor está edificando su casa; ese es su gran propósito. Y para ello Dios se ha venido revelando por etapas. En la Biblia vemos un proceso ascendente de esa revelación divina al hombre. Al comienzo, cuando el hombre pecó, Dios dijo (a la serpiente): “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gé. 3:15). Ahí aparece un comienzo de revelación de Dios para el curso de la historia y de la economía divina. Esa serpiente antigua se ha hecho sentir en la historia de la humanidad, y se ha desarrollado tanto que llegó a ser un gran dragón con siete cabezas y diez cuernos. Pero Dios también ha venido desarrollando sus propósitos; y formó para sí la nación de Israel, por medio del cual manifestarse al mundo y dar testimonio de su unidad, de su poder, de su palabra, de sus propósitos eternos, y de la encarnación de Su Verbo. En cuanto a la manifestación del Hijo de Dios, el Salvador, podemos ver cuatro etapas definidas:

Primera etapa. Su eternidad como Dios
El Verbo divino estaba con el Padre (Juan 1:1,2); con Él estaba eternamente. “1En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. 2Éste era en el principio con Dios”.

Segunda etapa. Su encarnación
Históricamente el Verbo de Dios toma carne por obra del Espíritu Santo en una mujer hebrea de una familia oriunda de Belén, descendientes del rey David. “14Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”. “20Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. 21Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1: 20-21). Creció como hombre, es bautizado, ejerce su ministerio público.

Tercera etapa. Su muerte. resurrección y glorificación
El Verbo se somete a la muerte en la cruz, es sepultado y resucita al tercer día; fue ascendido y glorificado. “3Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 4y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Co. 15:3-4). “Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (He. 10:12).

Cuarta etapa. Morando en la Iglesia
Su Espíritu desciende a morar en nosotros los creyentes. “16Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: 17el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (Jn. 14:16-17). “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hch. 2:4). “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Co. 3:16). Esto se refleja tanto en el judaísmo como en la cristiandad.
1. Para los judíos aún no ha venido el Mesías; se puede decir que ellos siguen en la primera etapa. Los judíos creen que vendrá un Mesías pero no Dios encarnado.
2. Con relación a los católicos romanos, ellos no se sienten que son morada de Dios. Es algo completamente ajeno a su práctica religiosa y ritual. Sus sacerdotes y teólogos viven y enseñan la segunda etapa.
3. Las organizaciones cristianas denominacionales por lo general viven la tercera etapa. A menudo piden que descienda el Espíritu Santo sobre ellos.
4. Pero hay un grupo de hermanos que vivimos en la cuarta etapa. Somos morada de Dios en el Espíritu. Ahora Cristo se está formando en nosotros; Él es nuestro Señor y Salvador, luego a Él le pertenecemos, y ha venido a morar dentro de nosotros, en nuestro espíritu. Eso significa que hemos creído en Cristo como el fundamento de la edificación de la casa de Dios; pero ¿qué había en nosotros antes de que eso ocurriera? Si éramos religiosos, ¿en qué etapa estábamos? Para poder edificar sobre el único fundamento, primero hay que destruir lo que antes había, derribar lo viejo, tanto a nivel personal como en lo institucional.
Por ejemplo en Marcos 13:1,2 dice: “1Saliendo Jesús del templo, le dijo uno de sus discípulos: Maestro, mira qué piedras, y qué edificios. 2Jesús, respondiendo, le dijo: ¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada”. Tal vez los discípulos esperaban que Jesús dijera algo elogioso de lo que Herodes había construido y embellecido; pero no; para poder edificar la iglesia hay que derribar el judaísmo; y no solamente al judaísmo, sino también a todos los sistemas que se han desviado del verdadero modelo de la iglesia bíblica. Ese antiguo templo de Jerusalén ya no podía dar morada a Dios, pues ya sólo se trataba de la sombra o la maqueta de lo que es el verdadero edificio (Hebreos 8:5: 10:1).
Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios” (1 Co. 3:9). Cuando Pablo dice nosotros se refiere a los apóstoles, en este caso como los maestros de obra. “11Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, 12a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef. 4:11,12). En esa edificación de la casa de Dios, cada santo tiene alguna responsabilidad. ¿Por qué somos colaboradores de Dios? Porque hacemos parte de la casa de Dios, somos morada de Dios y templo de Dios. “16¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? 17Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Co. 3:16). Destruir el templo de Dios es dividirlo. Al entender una persona que somos el cuerpo de Cristo y templo de Dios, puede ver la realidad de esa unidad; pero si busca la división, lo está destruyendo. El Señor está edificando su Iglesia, El fundamento ya está puesto, es Cristo; una persona ya tiene el fundamento cuando ha recibido a Cristo por la fe. Y estamos siendo “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Ef. 2:20). En el Nuevo Testamento nosotros somos edificados tanto individual como corporativamente. Somos un cuerpo y formamos el templo del Señor.

El vencedor y las recompensas
Una vez más dejamos claro que no hay que confundir la vida eterna, o salvación eterna, con el reino de los cielos. No hay que confundir el don con el galardón. La vida eterna se recibe del Señor por fe, como un don gratuito. No hay que hacer nada para merecer la salvación eterna. En cambio el reino de los cielos es temporal, mil años, y sí se gana por obras. Hay que trabajar para merecer el reino de los cielos. Dice 2 Juan 8: “Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo”. Esto significa que debemos estar vigilantes por nosotros mismos, para que no se arruine el fruto de nuestro trabajo. También en Colosenses 3:24-25, nos dice la Escritura: “24Sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís. 25Mas el que hace injusticia, recibirá la injusticia que hiciere, porque no hay acepción de personas”.
La Palabra del Señor no registra ni una sola vez que el reino de los cielos se reciba por gracia por medio de la fe. Por ejemplo, si lees las bienaventuranzas en Mateo 5, encontrarás que para entrar en el reino de los cielos se necesita, entre otras cosas, ser pobres en espíritu, y sufrir persecución por causa de la justicia; en cambio la vida eterna se recibe por fe, inmerecidamente, sin que uno deba hacer nada para recibirla, ni bueno ni malo; al contrario, dice que no es por obras para que nadie se gloríe.
No se nos tilde de cansones si no dejamos de repetir que la salvación es un regalo de Dios; pero que también debemos trabajar para participar en el reino. Si trabajamos conforme el plan de Dios, recibiremos recompensa; pero si no trabajamos, o si lo hacemos en la carne, recibiremos castigo.

Jesucristo, el fundamento
Leemos en 1 Corintios 3:8-10: “8Y el que planta y el que riega son una misma cosa: aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor. 9Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. 10Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica”.
En estos versículos la Escritura habla que el que trabaja recibe su recompensa, que es como un incentivo para los siervos del Señor que trabajan en Su obra. Dios está trabajando en Su labranza y nosotros somos Sus colaboradores, porque la Iglesia es la tierra cultivada por Dios donde Cristo fue plantado; y esa tierra hay que regarla, abonarla, limpiarla, para que produzca el fruto previsto en la Palabra. Además de labranza, la Iglesia es el edificio de Dios, la casa de Dios, la cual se está construyendo; el Señor está trabajando en esa construcción con la colaboración de nosotros. ¿Quiénes trabajan en esa edificación? Nosotros, unos más que otros, aunque algunos no hacen nada. Pero muchos trabajan usando métodos, planos y materiales que no son de Dios. Pablo puso el fundamento, la base de la enseñanza; las cartas de Pablo son la revelación de la Iglesia. Cada uno debe saber cómo sobreedifica sobre ester único fundamento de la Iglesia. Alguien puede estar ocupado sobreedificando sobre el fundamento de Jesucristo pero obedeciendo, no a la Palabra, no al evangelio, no a las cartas de Pablo ni al resto del Nuevo Testamento, sino a otra directrices diferentes, otras corrientes doctrinales, otras tradiciones, ideas, estatutos, leyes y normas de organizaciones y liderazgos de factura humana. La casa de Dios la edifica el propio Señor; sin Él toda edificación es inútil. Dice el Salmo 127:1: “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia”.

Materiales de la construcción
Seguimos leyendo 1 Corintios 3: “11Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 12Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosa, madera, heno, hojarasca”.
En la edificación de la casa de Dios hay un único fundamento, que es Su Hijo Jesucristo, la piedra angular. Aquí figuran seis elementos con los cuales se está edificando. Los tres primeros, oro, plata y piedras preciosas, simbolizan la Trinidad divina: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los tres últimos, madera, heno y hojarasca, simbolizan lo humano en esa sobreedificación; el último grupo se contrapone al primero, pues los pensamientos del hombre no son los de Dios. Dios quiere edificar su casa con los tres primeros elementos. El oro se refiere a la naturaleza divina, a la voluntad de Dios, lo eterno, lo que jamás se envejece, lo más glorioso; en cambio la madera es la naturaleza humana, lo que perece. Por ejemplo, en el tabernáculo lo principal es Cristo, el arca, la cual estaba hecha de madera de acacia (la humanidad de Cristo) recubierta de oro (la divinidad de Cristo). De manera que si se edifica en oro significa que se está obedeciendo la voluntad de Dios consignada en el Nuevo Testamento; pero si es en madera, es porque se está obedeciendo otras opiniones; es lo que ha hecho la cristiandad a partir del siglo V de esta era. Pero si seguimos al Señor Jesús, debemos hacer su voluntad, y Él vino a hacer la voluntad del Padre que lo envió. “Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Jn. 4:34). Antes de que el Señor naciera en carne, el Padre ya tenía preparado todo, galaxias, sistemas solares, mares, continentes, todo lo necesario para que hombre pudiese vivir en la tierra y se pudiese encarnar su hijo y salvar a la Iglesia. Dios no va a dejar el cumplimiento de sus propósitos al criterio de los hombres. El primer Adán falló, pero segundo Adán vino a vencer, a obedecer a Dios. A partir de Él, Cristo vino a preparara para Dios una nueva raza humana, el verdadero hombre a la imagen de Dios.
El Padre le dijo al Hijo lo que debía hacer. “No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre”. ¿Por qué insiste el Señor Jesús en esto? Para darnos ejemplo de obediencia. “38Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. 39Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió. Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero”  (Jn. 6:38-39).
Volvemos a Efesios 2:19-22: “19Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, 20edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, 21en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; 22en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”. ¿A qué se refiere aquí con el fundamento de los apóstoles? Se refiere al Nuevo Testamento. Estamos en plena edificación del templo, y el Señor quiere terminar ese edificio con personas obedientes. Recuérdese que cada uno de nosotros es una piedra vida, con las cuales el Señor está edificando su casa. Él no busca montones de piedras muertas, ni siquiera que haya montones de piedras por allá y otras por acá; Él busca es que todos estemos juntos para poder ser edificados. Cuando Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, el Señor le dijo: “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán sobre ella”. El que edifica la Iglesia es Cristo, y nosotros somos colaboradores; Él con nosotros y nosotros con Él. Si no edificamos con Él, sólo estaríamos edificando con madera. Ya no sería Su Iglesia; de pronto estaríamos edificando nuestras pequeñas iglesias.
¿Qué es la Iglesia? La palabra iglesia viene del griego ekklesia [ἐκκλησία] (de ek, fuera de, y klesis, llamamiento). Se usaba entre los griegos de un cuerpo de ciudadanos reunido para considerar asuntos de estado (Hch. 19:39). La iglesia de Jesucristo (Mt. 16:18), la cual es su cuerpo (Ef. 1:22; 5:22) es toda la compañía de los redimidos a través de la era presente. la Iglesia universal del Señor es la misma que nació el día de Pentecostés, diez días después de haber ascendido el Señor a la diestra del Padre.
Entonces vemos que en esa construcción de la Iglesia, nosotros somos Sus colaboradores, quienes estamos sobreedificando, “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”. Esa sobre edificación, cuando se hace sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, es decir, de acuerdo con lo que ellos predicaron y escribieron, debe ser en oro, plata y piedras preciosas, lo cual es la obra de Dios. Allí el oro, el metal precioso por excelencia, representa la naturaleza de Dios Padre, Su vida, Su gloria, Su justicia, Su obra, Sus propósitos con la creación; la plata se relaciona con la redención, la obra del Hijo, por el precio asignado por el Señor (Zacarías 11:12; Mateo 16:15), y las piedras preciosas tienen que ver con la manifestación y obra del Espíritu Santo en la Iglesia y en la vida de cada uno de nosotros en particular. Las piedras preciosas son carbones purificados y trabajados a través del tiempo con alta presión y temperaturas elevadas.
Infortunadamente, sobre ese mismo fundamento, Jesucristo, a menudo también se suele trabajar por iniciativa propia, valiéndonos de nuestro propio punto de vista, excluyendo la voluntad del Señor; se abandonan los principios del fundamento apostólico, de lo que ellos dejaron registrado por la voluntad de Dios, y es cuando aparecen otros tres elementos que de alguna manera se relacionan con los tres primeros: madera, heno y hojarasca. Si se edifica en madera, que representa la naturaleza del hombre, esa obra se destruye, se convierte en basura. Tenemos por ejemplo, el arca del pacto. Fue hecha de madera de acacia recubierta de oro, pues era un tipo de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. También dice Juan el Bautista en Mateo 3:10: “Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego”. Si se edifica en heno, que es una planta de utilización periódica, esa sobre edificación también fenece y no es eterna en comparación con la salvación eterna que nos aseguró el Señor Jesús en la cruz.
Por último, puede ser que se edifique en hojarasca, que son hojas secas, muertas, que caen de los árboles cuando sus tejidos se marchitan y ya no les llega la savia; eso simboliza las cosas de vistosa apariencia pero de una fragilidad impresionante, son las cosas inútiles y de poca sustancia, aunque a nosotros nos parezca que lo estamos haciendo muy bien, especialmente en las palabras y promesas; o esa demasiada e inútil frondosidad de algunos árboles y plantas, todo lo inútil con que creemos que estamos agradando al Señor, despreciando el verdadero trabajo del Espíritu Santo en nosotros, comparado con las piedras preciosas. La madurez de un creyente se da a través de un proceso y un laborioso trabajo del Espíritu del Señor en nosotros y con nosotros, llevando la cruz, negándonos a nosotros mismos, pasando por pruebas.
Dios nos dio su vida en la regeneración, el oro; también nos ha redimido por la obra de Su Hijo, la plata, y también forja dentro de nosotros las piedras preciosas, para que seamos la imagen de Su Hijo. Dios no cambia las piedras preciosas por hojarasca. La vida que Dios nos ha dado no es afectada por el fuego. Los tres primeros, lo de Dios, son materiales duraderos, y los tres últimos son materiales combustibles, perecederos, por cuanto simbolizan la obra del hombre. A continuación podemos intentar hacer una comparación un poco más detallada entre los tres elementos de Dios y los tres elementos del hombre:
Oro
El oro es el primer elemento indicado para la sobre-edificación de la iglesia. El oro se relaciona con la obediencia a la voluntad del Padre. Ya hemos visto que el Señor ha establecido y ordena que la edificación de su casa se efectúe sobre el fundamento puesto por los apóstoles y profetas. “Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero”  Ap. 21:14). El testimonio de los doce apóstoles del Cordero es fundamental, pues por medio de ellos el Señor nos dejó en el Nuevo Testamento los detalles sobre esta edificación del templo. El modelo, pues, de la Iglesia del Señor está en el Nuevo Testamento. La edificación de la iglesia del Señor debe ser sobre la base de la unidad del Espíritu, no de la carne; la unidad sólo se puede realizar en el amor en la iglesia de una localidad. Obedecer la voluntad de Dios para edificar la iglesia, es sobreedificar en oro. El oro, por tanto, se contrapone a la madera. El oro y la madera se juntan en la construcción del arca del tabernáculo, auténtico tipo de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. “10Harán también un arca de madera de acacia, cuya longitud será de dos codos y medio, su anchura de codo y medio, y su altura de codo y medio. 11Y la cubrirás de oro puro por dentro y por fuera, y harás sobre ella una cornisa de oro alrededor”   (Éx. 25:10-11). Esos dos versículos nos hablan de lo central del tabernáculo. Ahora nosotros somos el tabernáculo de Dios, y el arca (Cristo) lo llevamos dentro de nosotros, en nuestro lugar santísimo (nuestro espíritu regenerado).
Madera
La madera es lo que se contrapone al oro; la madera es la naturaleza humana; el hombre mortal. Pero en esa madera viene Cristo a morar y trae el oro de la naturaleza divina. Cristo se va desarrollando en nosotros. “Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da fruto es cortado y echado en el fuego”  (Mt. 3:10). No se refiere a los árboles del campo, sino a los hombres que no den fruto de arrepentimiento. Mateo 7:19 lo repite en palabras del Señor Jesús. Él quiere que cada uno de nosotros demos abundante fruto; pero fuera de su voluntad no podemos dar fruto. Dios quiere que nos capacitemos para un trabajo en su obra. Nosotros en nuestra vida natural podemos ir adquiriendo conocimientos, escalando logros, incluso posiciones desde donde nos enaltecemos; pero a medida que Cristo se forma en nosotros, el Espíritu Santo nos va mostrando qué hay dentro de nosotros, y podemos ver los rezagos supersticiosos, los fundamentos filosóficos y religiosos. La religión del mundo se fundió con la cristiandad; de Babilonia pasó ese espíritu a formar al papado romano y del papado pasó al anglicanismo y de allí a los bautistas, a los presbiterianos, etc. La iglesia del Señor quedó cautiva en una maraña de sistemas construidos con madera, y el Señor decidió sacarla de allí, y continuar su construcción con oro, plata y piedras preciosas. Todo lo que no edifica la casa de Dios en unidad del cuerpo de Cristo, es construido con madera; y se quemará. Nosotros somos la asamblea de los santos; somos santos porque hemos sido apartados para Dios. En la cristiandad infiel se ha metido mucho fundamento filosófico, mucho judaísmo, mucha construcción de templos materiales, muchas leyes y preceptos estatutarios, mucho nicolaísmo, mucha religión babilónica, mucha magia, comercialización con la Palabra de Dios, visualización, mucho piense y hágase rico. Al comienzo se formaron las grandes denominaciones en torno a doctrinas; hoy se organizan en torno a liderazgos y “ministerios”.
Plata
Se relaciona con el Hijo de Dios, con la redención en la cruz. Tipifica la vida del hombre redimido; en la plata estamos involucrados los redimidos; la sobreedificación con plata tiene que ver con nuestro andar con Cristo. El Cordero de Dios está íntimamente ligado con su cruz. Cuando en Apocalipsis Juan vio el trono de Dios, allí estaba el Cordero inmolado. Los hechos más relevantes de la historia de la humanidad son: la encarnación del Verbo de Dios, su crucifixión y resurrección en cuerpo glorioso. Cristo resucitó para jamás volver a gustar la muerte. Durante su ministerio Él resucitó a Lázaro y a otros, pero ellos volvieron a morir. Cristo está edificando a través de la cruz; si nosotros no llevamos nuestra cruz y experimentamos la negación de nuestro yo, no podemos edificar con Cristo. A través de ese proceso hay revelación en nuestras vidas, pero antes debe haber revelación del Padre acerca del Señor Jesús como Salvador; si no hay revelación nadie puede creer en Cristo. ¿Quién es Cristo para ti? Nadie busca al Señor; es el Señor el que nos busca. Él siempre toma la iniciativa, nosotros jamás.
Mateo 16:15: “Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Surge una pregunta, ¿cuál es la roca que menciona el Señor? “16Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. 17Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. Conocer quién es Jesús es una revelación del Padre. Ya que el Padre te reveló quién soy yo y tú lo confiesas, entonces “18Yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”. Ahora dejas de ser Simón; ahora eres una piedra viva para la construcción de mi casa. La construcción no es material; es una casa espiritual. Sobre esta roca, sobre lo que acaba de confesar Pedro “edificaré mi iglesia”. Ahí está el fundamento. La roca es Cristo, y Pedro es una piedra vida. “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo” (1 Pe. 2:5). Cristo es la piedra viva, la piedra angular, y nosotros somos piedras vivas en Cristo. Nosotros somos “20edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, 21en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; 22en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Ef. 2:20-22). El fundamento de los apóstoles y profetas es el Nuevo Testamento; ellos fueron testigos de la encarnación del Verbo de Dios, de su vida como hombre, de su muerte, de su resurrección, de su ascensión al cielo. Unos ángeles de Dios se les presentaron y les dijeron: “Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hch. 1:11). El apóstol Pablo también lo vio, y también fue llevado al tercer cielo, y allí recibió toda esa información que nos transmite en sus cartas; y Pablo fue apóstol, profeta, evangelista, pastor y maestro.
Entonces, ¿quiénes sobreedifican? Los creyentes en Cristo; pero esa sobreedificación puede ser errada; algunos pueden estar edificando con madera, heno y hojarasca. De modo, pues que la sobredificación con plata tiene que ver con el Hijo, con la redención; la plata tipifica la vida del hombre redimido, el andar con Cristo. Con la plata se paga un precio. José, el hijo de Jacob, es un tipo de Cristo; él fue vendido como esclavo por sus propios hermanos por veinte piezas de plata (Génesis 37:28). El Señor fue vendido por treinta piezas de plata, como está profetizado en Zacarías 11:12-13 y su cumplimiento en Mateo 26:14-15.
La plata se relaciona con el hecho de que nuestra vida está unida al Señor. Él pagó el precio con su preciosa sangre. La plata tiene que ver con la vida de Cristo en nosotros. Es necesario que Cristo se forme y crezca en nosotros (Gá. 2:20); nosotros en Cristo ya fuimos a la cruz, por eso ahora es necesario que Él viva su vida en mí. Si no es así, no estoy sobreedificando con plata. Si Cristo vive en mí, ya yo no vivo; el vivir en la carne (comer, dormir, laborar, hablar), lo vivo no en mis propias ilusiones e intereses. Cuanto más viva Cristo en mí, se van de mí las antiguas costumbres, porque Él trae otras costumbres a nuestras vidas. La edificación en plata, como en Cristo, puede incluir en nosotros el sufrimiento. “1Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado, 2para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios” (1 Pe. 4:1-2).
Heno
Si no se edifica en plata, la contraparte negativa es el heno. El heno es una gramínea que simboliza al hombre caído, el hombre no redimido, el hombre carnal, no regenerado. Cuando se trata de un creyente, es un bebé espiritual y nunca deja de serlo (1 Co. 3:2,3), de manera que su edificación lo hace en sus egoísmos, mal carácter, ambiciones y avaricia; pretensiones de que lo puede todo. Cuando la vida de uno no ha pasado del hombre viejo, está en la hierba, en el heno (1 Pe. 1:24); el hombre viejo atrae la gloria de los hombres. Muchas veces al hombre le gusta recibir la gloria terrena, las miradas de aprobación, las felicitaciones. Pero el que así obra, todo lo está haciendo en heno; muchos viven pendientes de los hombres. La gloria y el vivir humano se seca cuando sale el sol (la venida del Señor), la flor se cae (Sant. 1:9-11) y perece. El verdadero tesoro debe ser el Señor; los demás tesoros enceguecen y apartan de Dios. Hay una gran diferencia entre el vivir de Cristo y el vivir carnal. Entre la plata y el heno podemos ver la relación entre la hierba y el vivir de Cristo.
Piedras preciosas
Tenemos aquí la obra transformadora del Espíritu Santo en nosotros. Los creyentes hemos pasado por un proceso. El Padre nos hizo del barro de la tierra para vivir en este mundo físico (Gé. 2:7; Ro. 9:20,21); el Hijo, al creer en Él, nos convirtió en piedras vidas a fin de vivir en Su casa y hacer parte de ella (Jn. 1:42; Mt. 16:17,18; 1 Pe. 2:5), y el Espíritu Santo vino a convertirnos en piedras preciosas para entrar al reino y a la Nueva Jerusalén, la ciudad celestial (Ap. 21:18-20; 2 Co. 3:18; Ro. 12:2). Como barro somos vasos; como piedras vivas construidas somos casa, y como piedras preciosas haremos parte de la ciudad de Dios. En la naturaleza las piedras preciosas se forman a través de un prolongado proceso de altas temperaturas y presiones; algo parecido nos sucede a nosotros. (Mt. 16:24) Nadie quiere someterse a la cruz, y a la negación de su ego. Pero sólo la acción de la cruz aplicada por el Espíritu realiza esa transformación. A la Nueva Jerusalén no puede entrar nada que no sea precioso. Para ser precioso hay que pagar el precio.
Hojarasca
Es lo opuesto a la piedra preciosa. Hojarasca es lo que no tiene vida, está seca. La hojarasca es el obrar y vivir proveniente de una fuente terrenal. Es el proceder de un alma sin la debida transformación y vida por parte del Espíritu Santo. Es cuando en nuestro ser natural no somos piedras sino barro. Todo lo que se construye con hojarasca, cuando no sale de una vida transformada por el Espíritu Santo, no está firme, se va hacia cualquier corriente (Salmo 83:13); todo se quema fácil (Isaías 33:11).
12Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosa, madera, heno, hojarasca, 13la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cual sea, el fuego la probará. 14Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. 15Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego”  (1 Co. 3:12-15).
Pero llega el día del juicio de la Iglesia. El Señor vendrá a probar todas nuestras obras; vendrá a ver cómo utilizamos nuestros talentos. ¿Qué sucede, pues, con los que sobreedifican en oro, plata, piedras preciosas, madera, henos hojarasca? Que el fuego lo probara todo. Ese fuego es el juicio. El fuego del juicio del Señor a la Iglesia en Su venida, entra a probar si lo que hemos sobreedificado ha sido en oro, plata y piedras preciosas. Si es así, en todo eso se sale victorioso, y hay recompensa; unos más, otros menos, pero hay, y se entra a participar con el Señor en el reino. Si es con oro, playa y piedras preciosas, habrá recompensa, la cual es el reino milenial. Pero al llegar a los que han edificado en madera, heno y hojarasca, todo cambia. Pero si se quema la obra, sufrirá pérdida del reino, y entrará en una disciplina. Habrá, pues, un período de pagar el precio así como por fuego (Mat. 5:21-26). Nadie pierde la salvación, pero todo eso se quema, pues nada de eso fue conforme a Dios. Entonces el Señor dice en su Palabra: "14Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. 15Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego" (1 Co. 3:14-15).
Mateo 5:27-30. Si algo es para mí de mucha atracción y con ello peco, debo cortar con ello. Está hablando a la Iglesia. En Apocalipsis 20:11-14 habla de la muerte segunda, el Gehena. El lago de fuego es el mismo Gehena. El juez es el Señor, los alguaciles son los ángeles. Si no te reconcilias con tu hermano ahora, vas a pasar una temporada en el lago de fuego hasta que pagues el último cuadrante.
Apocalipsis 2:9-11. El que venciere no sufrirá daño de la segunda muerte. La primera muerte es la muerte física, la separación del alma del cuerpo. La segunda muerte es la separación de la persona de todo contacto con Dios y lanzado en el lago de fuego, la perdición eterna. Se debe buscar vivir una vida de obediencia y sometimiento al Señor para ser un vencedor y no sufrir daño de la segunda muerte.
A menudo hay diferencia entre servir a Dios y trabajar para Dios. Dice el hermano Watchman Nee: “Muchos van apresuradamente de un sitio a otro para conseguir fama por sus obras. No cabe duda de que han realizado esas obras, pero en realidad no han servido a Dios” (W. Nee. “El Plan de Dios y los Vencedores”. Vida, 1977 - pág., 56), pues efectivamente, no le han servido a Dios, sino al templo y a sus propios intereses.

Cuarta promesa
"26Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones, 27y las regirá con vara de hierro, y serán quebrantadas como vaso de alfarero; como yo también la he recibido de mi padre" (Ap. 2:26-27).
Debemos vencer las tres grandes religiones tergiversadas que están reveladas en el libro de Apocalipsis: el judaísmo, el catolicismo y el protestantismo. Estas religiones le han hecho daño a la Iglesia. ¿Por qué? Debido a que las religiones se han contaminado con misterios y principios satánicos disfrazados con la apariencia de verdades bíblicas. Las organizaciones religiosas de corte institucional, al no guardar las obras del Señor, a menudo se pervierten y se revisten de un dominio mundano y temporal, inclinadas a recibir la gloria de los hombres, y hacer las cosas bajo otras directrices diferentes de las del Señor. Pero el Señor muestra otra alternativa al creyente: dejar ese camino autoritativo y dominante, dejar de morar en la tierra, donde tiene su trono el mismo diablo, y ocupar su lugar en los lugares celestiales con Cristo.
Por otro lado, hoy en día, para el cristiano hay un gran peligro en la amistad y compañerismo con los mundanos. Puede que la intención sea a veces atraer a los incrédulos. Esto, por inocente que parezca, siempre arroja pésimos resultados. ¿Por qué es tan nefasto? Porque las personas de mundo, en su ceguera y oscuridad no permiten que se les hable del evangelio; no les interesa, les estorba. Como consecuencia los resultados son inversos: el cristiano es sumergido en una lucha frente a una fuerza que lo trata de arrastrar a los vicios y costumbres propios del mundo y del pecado, de donde ya el Señor lo ha sacado. Por eso el vencedor de Tiatira se enfrenta a las tentaciones que la impía Jezabel le presenta; es el que hace con perseverancia las obras que agradan al Señor.

La carta apocalíptica a Tiatira es una profecía que se cumple con la formación de la Iglesia Católica Romana. Dice el hermano Lee: “En Mateo 13:33 el catolicismo es tipificado por una mujer que leudó ‘tres medidas de harina’, que representan toda la enseñanza acerca del elemento de Cristo en Su persona y obra. La Iglesia Católica aceptó la enseñanza neotestamentaria, pero la leudó. El pan sin levadura es difícil de comer" (Witness Lee. “Los Vencedores”. LSM, 1995. Pág.67). El vencedor recibirá autoridad sobre las naciones, y las regirá con cetro de hierro y las hará añicos como cacharro de barro, de la misma manera que el Señor Jesús ha recibido potestad del Padre celestial en el Salmo 2:8-9. Esto ocurrirá en el reino mesiánico milenario, en que el creyente fiel participará de lleno en el gobierno de las naciones, tanto en la parte regia como en la judicial. Es una promesa de carácter escatológico. En Lucas 19:16-17 dice: “16Vino el primero, diciendo: Señor, tu mina ha ganado diez minas. 17Él le dijo: Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades”.

Entonces, a los vencedores de Tiatira Dios les promete gobernar, reinar y regir las naciones con Cristo en el Reino venidero. De acuerdo con Mateo 3:2, desde hace dos mil años vino a la Iglesia el reino de los cielos, pero por la degradación de la Iglesia, el cristianismo convencional es la apariencia del reino de los cielos descrita en las parábolas de Mateo 13. Los que vencen al sistema religioso, también se relacionan con el "hijo varón, que regirá con vara de hierro a todas las naciones" de Apocalipsis 12:5, y “los quebrantarás con vara de hierro; como vasija de alfarero los desmenuzarás” del Salmo 2:9. ¿Cuándo estarán los vencedores recibiendo esa autoridad de quebrantar las naciones como vaso de barro? Durante el futuro reino del milenio. ¿Por qué relaciona el Señor las naciones y el sistema religioso dominante con vasijas de barro? Volvamos al libro del Génesis.
Satanás y sus seguidores quieren imitar la edificación de Dios, en la construcción de la ciudad terrenal, Babilonia, y su sistema político religioso, no según Dios sino según el hombre, no con piedras, sino con ladrillos (barro cocido modelado por el hombre). "3Y se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. 4Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue hasta el cielo; y hagámonos un nombre..." (Gén. 11:3-4). Los sistemas religiosos del hombre, todo lo que se encamina hacia el ecumenismo, todo lo que se aparta de Dios, es construido con ladrillo (barro cocido), es destructible. Se hacen un nombre, con el agravante de que es un nombre efímero, como todo lo que no sale de las manos de Dios.
Dios está edificando con los vencedores una ciudad celestial, la Nueva Jerusalén, la casa de Dios que es la Iglesia, con piedras vivas y preciosas. El Señor invita a vencer guardando las obras de Dios, según el plan trazado por Dios, de acuerdo con la maqueta de Dios. Las obras de los hombres a veces son muy llamativas, pero engañosas; les falta la autenticidad estampada en la Palabra de Dios. El vencedor es un creyente espiritual, y sabe captar cuando las cosas no son de Dios y las discierne por el Espíritu, y no se aparta de la voluntad de Dios. Por eso recibirá la misma autoridad para gobernar que recibió el Señor Jesús del Padre. Las obras de la iglesia apóstata se realizan bajo la influencia de Satanás.

La estrella de la mañana
"Y le daré la estrella de la mañana" (Apo. 2:28).
A los vencedores de Tiatira el Señor promete darles la estrella de la mañana. ¿Cuál es esa estrella de la mañana? Es el Señor Jesús mismo. “Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana” (Ap. 22:16). En astronomía, la estrella de la mañana es Mercurio, el astro que se vislumbra en la hora más oscura de la madrugada, próxima a la salida del Sol; es como un anuncio de que viene la luz del día; y por esa razón lo relacionan con el dios romano del mismo nombre, y con el dios griego Hermes, heraldo de Zeus, el padre de los dioses del Olimpo. Esa estrella de la mañana sólo puede ser vista por las personas que madruguen y estén atentas a contemplarla en el firmamento. De manera que podemos entender que el Señor Jesucristo, en su segunda venida y manifestación gloriosa, será la estrella de la mañana sólo para los hermanos vencedores, los que no andan dormidos espiritualmente, sino velando y esperando la venida del Señor. Para el resto de la Iglesia, el Señor no será la estrella de la mañana, sino que cuando despierten de su sueño, Él será como el sol cuando ha salido para todos. Sólo a los vencedores no los sorprenderá la venida del Señor como ladrón en la noche; es decir, no los tomará por sorpresa.
 
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